Martín Moreno.
Hace un año, Andrés Manuel López Obrador ganó, de manera
contundente, la elección presidencial. 30 millones de votos legitimaron su
triunfo.
Prácticamente desde el día siguiente – 2 de julio de 2018-, AMLO
comenzó a gobernar en la praxis, a hacer planes, a amenazar a sus rivales
políticos, a embestir contra sus críticos, a culpar de todos los males del país
al neoliberalismo, a prometer un crecimiento económico del 4 por ciento, a
decir que con él en Palacio Nacional se iba a acabar la inseguridad, a
crucificar a quienes no compartías sus ideas, a decir lo que sus fanáticos le
aplaudían, a arremeter contra la prensa. A asumirse, prácticamente, como el
salvador del país.
AMLO ocupó prácticamente todos los espacios del poder
político sin que nadie lo contradijera o lo corrigiera, aun antes de asumir
formalmente la Presidencia el uno de diciembre de 2018, gracias a un factor de
poder a su favor: Enrique Peña Nieto, quien renunció a seguir gobernando desde
las mismas horas en las que su Gobierno fue arrasado en las urnas. Peña se
dedicó, desde el 2 de julio hasta el 30 de noviembre del año pasado, a medio
administrar la presidencia, cediéndole todos los espacios y decisiones al
Presidente electo.
Derrotado por su pésimo Gobierno, arrinconado por la
corrupción que él mismo fomentó y solapó, Peña Nieto fue una figura decorativa
en Los Pinos, dedicándose a tres cosas esencialmente: a negociar con AMLO
protección después de que dejara la presidencia, a entregar el poder sin
chistar ni protestar, y a solucionar sus problemas maritales, divorciándose de
Angélica Rivera para salir de Los Pinos soltero, libre y sin compromisos. La
frivolidad siempre ha acompañado a Peña Nieto.
“Gracias…”, le dijo López Obrador a Peña Nieto durante la
toma de posesión del tabasqueño.
En esa sola palabra –“gracias”-, se encerraba un enorme
significado: nada menos que el agradecimiento por entregar el Gobierno desde el
2 de julio de 2018, horas después de haber perdido Peña la elección y, al mismo
tiempo, también la presidencia de la República, que le fue entregada de facto a
AMLO desde el día siguiente de haber ganado la elección presidencial.
Por ello, AMLO, en la real política, comenzó a gobernar desde
la misma noche del uno de julio de 2018, cuando hizo su verbena popular en el
Zócalo capitalino y desde ahí configuró lo que sería su Gobierno.
En la praxis política, López Obrador arrancó su Gobierno no
el uno de diciembre de 2018, sino el uno de julio del mismo año, cuando durante
las horas poselectorales arrodilló a Peña Nieto – como también lo haría durante
los 5 meses restantes del Gobierno peñista -, y se asumió como el Presidente en
funciones, sometiendo a EPN y a sus colaboradores durante la llamada etapa de
transición.
Así, la llegada de AMLO al poder político tiene prácticamente
un año de haberse consumado, y no los siete meses formales que registra la
historia reciente, de diciembre de 2018 a junio de 2019.
Bajo esta reflexión, ¿cuál es el balance del Gobierno de AMLO?
Más allá de filias y fobias. Más allá de fanatismos y odios.
Más allá de verdades y mentiras, están las cifras irrebatibles. Las cifras
contundentes. Las cifras reales – no los “otros datos” ficticios que esgrime
AMLO cada vez que se ve atrapado por la realidad económica y de inseguridad que
sufre el país-, que dan espacio a la interpretación sustentada.
¿Y qué dicen las cifras desde que López Obrador asumió
formalmente la presidencia?
Echemos un vistazo:
ELECTORAL. En la elección del pasado 2 de junio, Morena
perdió 3 millones de votos, lo cual refleja un desencanto ante las urnas del
voto registrado por AMLO y su partido casi un año antes (elección
presidencial). Así, en los estados donde hubo elección hace un mes, Morena
solamente obtuvo un millón 567 mil votos, cuando el uno de julio de 2018
registró 4 millones 511 mil sufragios a favor. Casi 3 millones de votos menos,
equivalentes al 65% menor de su votación en solamente un año.
ECONOMÍA. “La economía crecerá hasta en 4 por ciento”, ha sido
promesa constante de López Obrador desde candidato y ya como Presidente. Luego,
bajo las expectativas al 2 por ciento. Pero AMLO se dio un balazo en el pie al
cancelar el NAIM Texcoco, visto desde la perspectiva estrictamente financiera,
además de hacer muy poco o nada para generar empleos: se han perdido alrededor
de 300 mil durante el sexenio, y solo creado 250 mil. El IMSS – cuyo director
es designado por facultad presidencial- reveló a mediados de junio que durante
mayo solo se crearon…¡3,983 empleos!, cifra que representó una caída del 88 por
ciento en comparación al mismo mes de 2018, lo que provocó la furia de AMLO que
quiso incluir en el rango de empleos creados a los 480 mil “ni-nis” que reciben
dádivas financieras que salen de nuestros impuestos. La mal llamada Cuarta
Transformación no ha presentado un programa eficaz que fomente a la pequeña y
mediana empresa, sostén de la economía nacional mediante las cuales se da
empleo a 7 de cada 10 trabajadores. Tampoco se cuenta con incentivos fiscales nuevos
para las empresas. Se han cancelado programas de inversión con capital nacional
y extranjero. Los resultados: México no tendrá crecimiento en 2019. Apenas
rozará el 1 por ciento, pronosticaron Citibanamex y Bank of America. Pero
podría ser peor: el Indicador Global de la Actividad Económica (IGAI), aseguró
que el crecimiento está en 0.2% tasa anual, el dato más bajo desde la crisis
financiera del 2008. Y más: la inversión pública cayó en abril en 16.8 por
ciento. La construcción (parámetro fiel de la actividad económica), bajó 2.4
por ciento. La actividad industrial disminuyó en 1.39 por ciento de diciembre a
abril. “Poco, pero creceremos”, dijo AMLO ubicado por una realidad que él
mismo, con sus malas decisiones, ha ayudado a construir.
INSEGURIDAD. Junio de 2019 fue el mes con más ejecuciones en
la historia del país: 2,249. 80 por ciento mayor que el mismo mes de 2018. Las
cifras sobre el repunte de la violencia no favorecen al Gobierno
lopezobradorista: durante los primeros cuatro meses (diciembre 2018-marzo
2019), se registraron 11,327 ejecuciones, lo cual lo ubica como el inicio de
sexenio con mayor número de asesinatos. (Fuente: Secretariado Ejecutivo del
Sistema Nacional de Seguridad Pública). 48 por ciento peor que el arranque de
EPN y 150 por ciento peor en comparación a Calderón. Empero, las cifras podrían
ser mayores: de acuerdo al Observatorio Nacional Ciudadano, en el primer
trimestre del Gobierno se cometieron 13 mil homicidios dolosos. A este baño de
sangre habrá que agregarle las cifras de abril, mayo y junio, lo cual elevaría
a niveles jamás alcanzados la violencia en México de acuerdo a las cifras
disponibles: alrededor de entre 15 mil y 16 mil ejecutados.
Allí están las cifras de AMLO y de su Gobierno:
Menos votos para Morena.
Menor crecimiento económico.
Mayor inseguridad.
A los cuadros anteriores habrá que agregarle los criminales
recortes presupuestales que han dañado, de manera severa, al empleo, a la
atención a la salud de millones de mexicanos, a las madres solteras, a la
ciencia e investigación, a la cultura, al deporte. Procesos que se han hecho a
tontas y locas, sin ninguna sensibilidad ni mucho menos estudios a fondo ni
preocupación por aquellos mexicanos que siempre ha dicho AMLO que va a
proteger: los pobres. La realidad, es que su Gobierno ha sido perjudicial para
los estratos más necesitados de la población.
Pero todo Gobierno se desgasta, no hay bono democrático
eterno, y las malas decisiones se pagan en las urnas. Ya AMLO y Morena
perdieron 3 millones de votos en solo once meses, partiendo del uno de julio de
2018. El nivel de aceptación ciudadana de López Obrador al término de junio, es
del 61 por ciento (Consulta Mitofsky), cuando en enero era del 80 por ciento.
Hay una baja muy marcada. De allí, la urgencia política de realizar su festival
el lunes pasado en el Zócalo, rodeado de fanáticos y acarreados. Los errores se
acumulan y eso se paga.
Y el 2021 – elección intermedia-, cada vez está más cerca.
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