Jorge Zepeda
Patterson.
Las
alegorías son útiles hasta que dejan de serlo, luego pueden convertirse en una
pesada rémora. Decir que votar por López Obrador equivaldría a votar por
Chávez o que su gobierno podría terminar como el de Salvador Allende puede ser
una frase de campaña para restarle votos a Morena, pero es un pésimo referente
para definir una línea de acción para el futuro. Inspirados por estas
comparaciones los antilopezobradoristas intentan convertir cada contratiempo
del nuevo gobierno y cada dislate del Presidente en la confirmación de la
debacle inminente, la tragedia inevitable, la desestabilización y el colapso
como destino manifiesto.
El problema
es que las alegorías no sirven después de cierto punto.
No, el
gobierno de la 4T no va a ser objeto de un golpe de militar como sucedió en el
Chile de Allende, entre otras cosas porque a diferencia del médico socialista,
López Obrador está cuidando al máximo la relación con Estados Unidos, y eso por
no hablar de su ostensible alianza con el ejército (los dos factores que
pusieron fin al gobierno socialista chileno). Y tampoco le apostaría a la
descomposición económica que ha arrasado con la vida económica y social de
Venezuela.
Como es
bien sabido, el gobierno de AMLO ha seguido con mayor ahínco que sus
predecesores políticas financieras propias de un gobierno neoliberal:
restricción del gasto, achicamiento de la burocracia, control de la inflación,
vigilancia de la deuda externa. Los cuatro jinetes apocalípticos que
desgraciaron a la economía venezolana. AMLO tampoco ha sido proclive a la
expropiación de empresas privadas o a la represión de grupos sociales, y por
cada gran empresario ofendido ha tenido el tino de congraciarse con otro de
similar envergadura. No es Venezuela lo que estamos presenciando en México.
Los
adversarios de la 4T ostentan la palabra recesión como un conjuro para invocar
la debacle económica que se nos viene encima por el simple hecho de que no ha
habido crecimiento en los dos primeros trimestres del sexenio de López Obrador.
Pero es
un dato que asusta mucho menos cuando se le pone en contexto. Primero,
porque los analistas concuerdan que el segundo semestre será positivo y
permitirá alcanzar un tasa que ronda entre 1 por cineto y 0.8 por ciento. Nada
para presumir, ciertamente, pero no es que los sexenios anteriores hayan sido
muy diferentes. El primer año de Zedillo y el primer año de Fox la economía decreció
(-6.4 por ciento y -0.4 por ciento), a Calderón le fue momentáneamente mejor
con un primer tramo de 2.3 por ciento, pero dos años más tarde sufrió la
terrible crisis del 95, con una caída de -5.3 por ciento. Incluso Peña Nieto y
su arranque en medio de fanfarrias por el pacto por México apenas produjo una
tasa de 1.4 por ciento en sus primeros doce meses.
Las
cifras de López Obrador en este año no son para hacer fiestas, pero tampoco
para invocar funerales, como han querido hacerlo los agoreros del fracaso. Es
mejor arranque que el de Zedillo y Fox y tampoco se mide mal frente al de
Calderón y Peña Nieto, y eso a pesar de que aquellos no enfrentaron la
siniestra variable llamada Trump y sus efectos desestabilizadores sobre la
economía mexicana. Y si nos remitimos a la cotización del peso frente al dólar,
es el mejor inicio de sexenio en varias décadas.
No es mi
intención citar solo las buenas para compensar a los que exclusivamente se
fijan en los negros del arroz. No se trata de sesgar virtudes donde otros solo
ven defectos. Me parece que López Obrador ha cometido errores y algunas de
sus actitudes alimentan el pesimismo de los mercados financieros. Sus encuestas
a mano alzada para (supuestamente) tomar decisiones de obra pública, la
decisión de cancelar la construcción en marcha de un aeropuerto o su
belicosidad verbal para con sus adversarios y críticos son aspectos que
seguramente han afectado la confianza de los inversionistas y tienen un impacto
en la actividad económica. Él mismo se pudo haber hecho un favor evitándose
algunas fricciones innecesarias. Solo quiero insistir que cualquier pronóstico
sobre lo que nos espera tiene que asumirse en un contexto más amplio y que la
especificidad de López Obrador (y de México) convierte en una burda caricatura
la comparación con Chávez o Allende.
En todo
caso, los que creen que las fallas de la 4T o las peculiaridades del Presidente
provocarán el fin de su régimen me parece que han terminado por ser víctimas de
la conversación circular de los ambientes en los que se mueven.
Los
habitantes de las Lomas, Polanco, La Condesa o la Roma, por hablar de la Ciudad
de México, caben en un pedazo de Iztapalapa. Millones de personas que habían
sido ignoradas por la economía neoliberal son o serán beneficiarios de alguna transferencia
pública directa; el poder adquisitivo de los sectores populares ha comenzado a
crecer en mayor proporción que la economía, algo que no sucedía en décadas. Eso
podría estimular el mercado interno y la actividad productiva.
Desde luego,
hay empresarios desencantados que inmovilizarán su dinero, pero si hay
negocio, y lo habrá, llegará otro a sustituirlo. En conclusión, a los que
asumen la debacle del régimen porque el Presidente les parece impresentable
(por alguna razón inexplicable a Peña Nieto y a Fox les veían cara de
estadistas) o porque invocan antecedentes de Chávez y Allende, yo les sugeriría
que esperen sentados.
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