Adela Navarro Bello.
En el primero de dos informes de Gobierno del Presidente
Andrés Manuel López Obrador, pues es de suponer que como lo marca la
constitución, a la apertura de sesiones del primer periodo extraordinario
legislativo el 1 de septiembre de 2019, entregará el informe por escrito y
dirigirá un mensaje a la nación, el tema de la seguridad no fue, a diferencia
de otros temas relatados por el Presidente en el zócalo de la Ciudad de México
el 1 de julio, ni de triunfalismo, ni extraordinario, ni de buenos resultados,
ni de júbilo.
Aceptaría el mandatario nacional, frente a miles de elementos
de la Guardia Nacional, “tenemos pendiente resolver el grave problema de
inseguridad y de la violencia. Ahí no podemos decir que avanzamos”, dijo
textualmente, y complementó: “Ahí desgraciadamente prevalecen las mismas
condiciones que heredamos de los gobiernos anteriores en cuanto a inseguridad y
violencia”.
Efectivamente las cifras de los homicidios dolosos en México,
uno de los principales parámetros para medir la inseguridad en el país, no
están muy distantes de las registradas en 2018, último año de la presidencia de
Enrique Peña Nieto. De hecho en algunos estudios, como la cifra diaria obtenida
de las reuniones del gabinete de seguridad de López Obrador, habría en México
más ejecutados en el primer semestre de este año, en relación al primer
semestre del año pasado.
Con números que van entre los 16 mil y los más de 17 mil
ejecutados en los primeros seis meses de 2019, la violencia en México se
evidencia a la alza e imparable. Mucho tiene que ver, que en efecto, las
condiciones heredadas de gobiernos anteriores prevalecen, por ejemplo, que
ninguna de las corporaciones policíacas federales, las facultadas para
perseguir los delitos relacionados con el narcotráfico y el crimen organizado,
puntos de origen de las ejecuciones en el país, no han atravesado por una real
depuración. Son los mismos elementos en nuevas administraciones, o incluso en
nuevas corporaciones, pero los mismos.
El brazo corruptor del narcotráfico alcanza desde las
corporaciones municipales en las policías de aproximación o preventivas,
pasando por las estatales y responsables de la investigación ministerial de los
homicidios dolosos, hasta llegar a las federales, sea en la secretaría de
seguridad pública o en la fiscalía general de la República, sin embargo a la
entrada del actual Gobierno federal no se hizo lo que se evitó en la
administración anterior, una limpia en las corporaciones.
Esto, aunado a la falta de capacitación, eficiencia,
herramientas y por lo tanto buenos resultados en las agencias del ministerio
público, sea estatal o federal, crea un ambiente corrupto de impunidad para
quienes desde la delincuencia organizada, producen, distribuyen o trafican
drogas, secuestran, extorsionan, y asesinan, tanto a sus competidores como a quienes
en el camino criminal les aparecen.
El porcentaje de impunidad en los casos de homicidios en
México, según datos presentados por organizaciones de la sociedad civil pues la
Fiscalía General de la República no lo tiene aún clasificado, ronda el 90 por
ciento. En México los asesinos no son llevados a prisión, muy pocos son
detenidos y muchos menos procesados. El mensaje es clarísimo. No prevalece el
Estado de Derecho, y mientras esto no cambie, mientras el combate a la
impunidad no sea una prioridad para la cuarta transformación, las cifras de la
violencia, como es evidente en el primer semestre de este año, seguirán
incrementando.
Otro factor tiene que ver con la impunidad de la que gozan
los líderes de cárteles y células del narcotráfico y el crimen organizado. En
diversas ocasiones, tanto el Presidente de la República como su secretario de
seguridad, han declarado con la aprehensión de estos criminales de alto impacto
no son la prioridad en la estrategia para lograr la paz y la tranquilidad en el
País. Han reducido esta obligación de llevar ante la justicia a quienes
delinquen en la alta escala criminal, a actos mediáticos en los que no caerán
por ponderar estrategias de reconstrucción del tejido social y operativos
disuasivos con la presencia de los miles de elementos de la Guardia Nacional por
las calles de las 150 regiones de México clasificadas como zonas de inseguridad
y violencia.
Sin embargo es necesario atacar todos los frentes de la
criminalidad organizada, y los liderazgos criminales son la punta de una madeja
que llevaría, en investigaciones científicas, policíacas, de inteligencia y
criminales, a desarticular las bandas de narcotraficantes que sostienen a las
bandas de asesinos que se nutren de los grupos delincuenciales del trasiego de
la droga y el secuestro, a partir de estructuras de lavado de dinero en alta
escala.
Estos temas no han sido debidamente atendidos tampoco por
este Gobierno de la República. La política del Presidente Andrés Manuel López
Obrador se basa más en dádivas, apoyos y asistencia para dar oportunidad a una
sociedad, y no en complementar estas acciones con la aprehensión de quienes en
muchas regiones del país, impiden el crecimiento de la sociedad desde la
criminalidad, con impunidad con actos de corrupción, a sangre y plomo.
Sin caer en los actos de abusos del pasado desde las
corporaciones policiacas, el Gobierno federal podría perseguir y castigar a los
criminales organizados basándose solo en la investigación para desarticular a
los cárteles de la droga y a los grupos de la delincuencia organizada. Pero esa
no es una tarea que en estos momentos estén emprendiendo con dedicación y
ciencia.
Ya no existen en los estados de la República las áreas de
inteligencia, fuera en el CISEN, en la Policía Federal, o incluso en las
Fuerzas Armadas, que tenían identificados en las zonas, a los objetivos
principales detonadores de violencia en las ciudades. No hay registro de los
mismos, porque no los están persiguiendo para encarcelarlos. Los asesinos, las
bandas de secuestradores, los traficantes, gozan de la impunidad que les da una
política fallida de combate a la inseguridad. Crea este ambiente
narcotraficantes impunes al brazo de la justicia, que tienen años sin ser
aprehendidos y que desde la clandestinidad siguen manejando los hilos de los
cárteles de las drogas en distintas partes del país, desde las sierras donde se
ocultan, siembran y producen drogas, hasta las costas que utilizan para el
traslado de sus cargamentos y los fronteras, convertidas en zonas de trasiego
de drogas.
Ciertamente en materia de seguridad el Presidente Andrés
Manuel López Obrador no tuvo avances como lo reconoció frente a las tropas de
la Guardia Nacional, y ciertamente, con una política disuasiva en la cual
utiliza a policías militares, marinos y federales para patrullar las calles,
pobre será el resultado cuando lo que hace falta es justicia. Llevar a los
tribunales y a las prisiones a quienes cometen delitos relacionados con el más
grande lastre de la inseguridad en México, el narcotráfico y el crimen
organizado.
El despliegue que a partir del 1 de julio se hizo de los
elementos de la Guardia Nacional, podrá aminorar la presencia criminal en las
calles de México en tanto no sean cooptados por el brazo corruptor, pero no
disminuirá la actividad criminal que sustenta un negocio multimillonario como
es el de las drogas, que no está siendo debidamente combatido.
A siete meses de iniciado el Gobierno del Presidente López
Obrador, a dos meses de su segundo y oficial informe de Gobierno, efectivamente
no hay avances en materia de seguridad. Y de persistir la impunidad, la
corrupción, que en este sector no han sido atacadas eficientemente en esta y en
las últimas dos administraciones federales, ni los asesinatos disminuirán, ni
el trasiego de drogas se reducirá. Los cárteles, origen de la violencia en
México, ahí siguen. No han sido desarticulados ni combatidos ni con
inteligencia ni con investigación.
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