Por Arturo
Rodríguez García.
Para Carlos
Slim, Emilio Azcárraga y el compadre, Miguel Rincón, hay lugar asignado al
frente, el resto se distribuye entre colores guinda del morenismo, rojo y
amarillo del petismo, cartulinas de tinta corrida por el aguacero, y entre
todas las pancartas y cartelones, destaca por ser la más grande, una bandera
del arcoíris que ondea con fuerza por la ventisca que sigue a la lluvia
inquietante una hora después del mensaje presidencial.
Minutos
antes de las 5:00 de la tarde, el presidente López Obrador sale por la puerta
del Patio Mariano y atraviesa una valla multitudinaria de gente que lo quiere
saludar.
A su
espalda, Beatriz Gutiérrez Müller, el líder cameral Porfirio Muñoz Ledo y la
jefa de gobierno capitalino Claudia Sheinbuam; al frente, miles de personas que
son identificados con el (su) movimiento, que identifica como protagonistas de
“la hazaña colectiva” con que alude al 1 de julio de 2018.
Su idea
es refrendar el compromiso, dice, de “no fallarle al pueblo de México”.
Más allá
de las cifras en programas sociales o datos de fortalecimiento económico, López
Obrador arenga y despierta las ovaciones en sus mensajes políticos.
Y es que, en
el mensaje, acusa un “sabotaje legal” de aquellos a los que designa
“nuestros adversarios” al referirse al aeropuerto de Santa Lucía, y aunque
afirmó que será cuidadoso, las obras iniciarán a más tardar este mes.
Ahí
encomió a las Fuerzas Armadas por su “patriotismo” y les reconoció por asumir
“el desafío” de garantizar la seguridad pública respetando los derechos
humanos.
Se
refiere también a la economía que, afirma, avanza poco a poco, con signos de
crecimiento y desarrollo económico, porque en su plan, es claro, convertirá a
México en una potencia económica.
Habla
luego de los pendientes como la búsqueda de desaparecidos, justicia por
Ayotzinapa, la protección de periodistas y defensores de derechos humanos, así
como la recuperación de cuerpos en Pasta de Conchos.
Entonces
sigue con su política exterior y particularmente con su relación con Estados
Unidos, que afirma, sirvió para evitar la confrontación y presumir que ya se
ratificó el tratado comercial con Estados Unidos y Canadá.
Y aunque
asegura haber cumplido 78 de los 100 compromiso que hizo el 1 de diciembre,
finalmente, se da espacio para la autocrítica:
Falta
mejorar el sistema de salud; debe crecer más la economía y todavía se mantienen
los niveles de violencia que, dice, “nos heredaron”.
López
Obrador se dice entonces optimista y considera que a más tardar este año
arrancará “de raíz el régimen corrupto”.
López
Obrador sabe que le habla en el Zócalo a su base de apoyo y entonces declara:
“Les
confieso que mi activismo, mi loca pasión tiene un fundamento racional, aunque
no lo piensen así mis adversarios. Considero que entre más rápido consumamos la
obra de transformaciones, más tiempo tendremos para consolidarla y convertirla
en hábito democrático, en forma de vida y en forma de gobierno”.
Y entonces
sigue con la consideración política, la declaración de no querer ser un
dictador, sino instaurar una democracia, gobernar para todos sin privilegio
para ninguna facción y decretar sentadas las bases, identificando a sus
adversarios como corruptos, para un cambio irreversible:
“Creo que
debemos trabajar a toda prisa y con profundidad porque, si desgraciadamente
regresara al poder el conservadurismo faccioso y corrupto –toco madera–, ni
siquiera en esas circunstancias podrían nuestros adversarios dar marcha atrás a
lo establecido y ya logrado en beneficio del pueblo”.
Sigue la
despedida, citando la inscripción de Culhuacán, que promete la prevalencia de
México Tenochtitlán y tres vivas a México, el Himno Nacional que marca la
despedida de contingentes desperdigándose por el centro histórico, de regreso a
los camones, atestando el Metro y dejando atrás el Zócalo, sobre el que
empiezan a caer las sombras del anochecer.
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