Javier Risco.
Supongamos
que se llama Enrik, que es noruego, que es padre y abuelo. Supongamos que hace
unos 10 años, sus jefes en la empresa productora de aluminio en la que
trabajaba desde siempre, lo llamaron para decirle que, a pesar de que aún le
quedaba un par de años para jubilarse, lo mejor sería que se retirara inmediatamente,
ya que, a partir de ese momento, la labor que desempeñaba sería asumida
totalmente por un sistema informático de última generación. Supongamos que
pidió que lo dejaran seguir, que él aprendería rápido lo que fuese, dijo, que
su hija ya le había enseñado a mandar mails, e incluso ya tenía cuenta de
Facebook. No le hicieron caso. Enrik no tuvo otra opción que dedicarse a
envejecer en su casa y disfrutar de su pensión de primer mundo.
Supongamos
que el tiempo pasó muy rápido y que la llamada la recibió a finales de marzo de
2019. Lo llamaban de la empresa para pedirle que volviera, ya que temporalmente
tendrían que volver al antiguo sistema y nadie conoce el viejo método, y la
empresa, mejor que Enrik. Él lo piensa unos minutos y finalmente dice que sí.
La historia
no es real, pero podría perfectamente ser cierta, es más, estoy seguro que algo
así sucedió.
La empresa
metalúrgica líder de Noruega y la cuarta más importante del rubro en todo el
mundo, con oficinas en 40 países, llamada Norsk Hydro, sufrió en marzo un
ataque informático gigantesco y se ha visto obligada a cerrar algunas de sus
plantas, mientras que las que aún mantiene operativas han debido volver a
funcionar manualmente con la ayuda de trabajadores retirados como mi ficticio
Enrik.
El ataque,
en realidad, se trató de un secuestro informático con un sofisticado sistema
llamado ransomware, que tomó la información de 22 mil computadoras en las 170
sedes repartidas en los 40 países. Dicha información sería liberada sólo si la
empresa accedía a pagar una cifra, seguramente descomunal, de dinero convertido
en bitcoins para evitar su rastreo. Los noruegos ni siquiera accedieron a
negociar con los cibersecuestradores y prefirieron invertir su tiempo (y su
dinero) en reconstruir su vulnerado sistema. Ya han pasado tres meses y, según
publica El País, ya se han gastado 50 millones de euros sólo en informática,
pero las pérdidas en la bolsa y la repercusión en el mercado puede ser
exponencialmente mayor. Desde la empresa argumentan que, si no pagan, no habrá
negocio y, por lo tanto, esta dañina práctica dejará de existir. Ilusos los
noruegos.
Lamentablemente,
esto es más común de lo que pensamos. De hecho, la noticia de esta semana es
que dos pequeñas ciudades estadounidenses, en el estado de Florida, Lake City y
Riviera Beach, sufrieron este tipo de ataques y ambos consejos municipales,
yendo en contra de las instrucciones federales, accedieron a pagar cifras
moderadas, pero importantes. Este hecho ha destapado que Estados Unidos es, hoy
por hoy, el blanco más común de estos sofisticados secuestros.
Las dos
pequeñas ciudades se suman a una lista en la que están otras tan importantes
como Atlanta, New Jersey o Baltimore, siendo este último el caso más insigne,
ya que en el estado de Maryland se encuentran las oficinas centrales de la
Agencia Nacional de Seguridad. Podría decirse que si entraron ahí, pueden entrar
en cualquier lugar.
Aquí es
donde se pone buena la cosa, ya que, según lo leído, los ransomware, para
propagarse rápidamente, necesitan de otras herramientas, y en el caso de
Baltimore fue una llamada EternalBlue, creada en 2012 por (¡sorpresa!) la propia
Agencia Nacional de Seguridad, con la finalidad de infiltrarse sin ser
descubiertos en cualquier computador que usara Windows.
Imagino la
presentación de EternalBlue y a un general lleno de medallas golpeando la mesa
diciendo: No quiero ni pensar lo que podría llegar a suceder si esto cae en las
manos equivocadas…
Hace apenas
un par de días, algunas de las redes sociales más importantes tuvieron una
caída en su funcionamiento. La repercusión de esto escaló a tal grado que la
caída de las redes fue trending topic en todos lados, incluso en las que no
funcionaban, generando un bucle apocalíptico que lo único que hizo fue
confirmarme lo dependientes que somos de la tecnología. Es que me tocó ver a
gente realmente frustrada, gente que golpeaba enérgicamente el teléfono con su
índice para poder descargar un video o ver un meme. A lo mejor las nuestras
también son manos equivocadas.
Creo que
deberíamos comenzar a buscarnos un plan B, tener cada uno nuestro propio Enrik.
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