Diego
Petersen Farah.
La voluntad
no basta. Generar un cambio, sea en una empresa, una institución o un país,
parte siempre de una necesidad más o menos consensuada y de la voluntad de un
líder dispuesto a encabezar ese cambio. Pero la voluntad no es suficiente; se
requiere además un saber y una estrategia, una hoja de ruta donde quede más o
menos claro cuáles son las acciones, quién es el responsable de cada una de
ellas y los resultados esperados para poder evaluar y corregir el rumbo para
acercarse lo más posible al objetivo.
El
Presidente tiene voluntad de cambio y una idea más o menos clara de a dónde
quiere llegar. Lo que no tiene es esa hoja de ruta y un equipo organizado para
hacerlo. El gabinete, independientemente de los perfiles (hay muy buenos,
regulares y malos) no funciona porque ellos mismos no saben cuál es el plan. Si
los secretarios de Estado decidieran no escuchar las mañaneras para no hacerse
bolas con las contradicciones y ambigüedades del Jefe del Ejecutivo (la
ambigüedad es siempre un privilegio del líder) y recurrieran al plan de
desarrollo como una guía para entender qué es lo que les toca hacer en este
proceso de cambio y cuáles son las metas por cumplir, les sería imposible. No
les queda, pues, más que avanzar a tientas, tratar de interpretar la voluntad
del Presidente e intentar algunas acciones con la esperanza de que el día
siguiente no sean exhibidos o, peor aún, que no choquen con algún otro
compañero que haya emprendido una acción en sentido contrario.
Pasan los
meses, la voluntad se cansa y los resultados no llegan. En campaña prometió
que bajaría la inseguridad en el primer semestre; pasaron siete meses y nada.
Luego, a finales de abril, dijo que en seis meses más habría resultados, es
decir que para noviembre veremos un cambio, pero no hay ninguna evidencia de
que vaya a ser así. El plan de rescate de Pemex no fue lo bien recibido que
esperaba el Presidente porque compromete los mismos recursos que estaban ya
destinados a otras cosas: quietarle la carga fiscal a la paraestatal implica
descobijar otras áreas del gobierno. La famosa venta del avión presidencial,
cuyos recursos se han comprometido para el combate a la pobreza, el plan
migratorio y la Guardia Nacional, dejará a todos vestidos y alborotados porque,
como se lo habían advertido expertos en la materia, su venta no dejará un peso,
entre otras cosas porque lo debíamos todo, por citar solo algunos ejemplos
¿Cuándo
chocará el Presidente con la realidad? Más pronto, más rápido, porque entre más
se prolongue esta etapa de voluntarismo más talento perderá el equipo
gobernante, se seguirán bajando del barco las mentes más brillantes –y por lo
mismo las más críticas– y se irá quedando solo con aquellos dispuestos seguirle
el juego.
El
problema de un Presidente que habla tanto (promedio de cuatro a cinco horas al
día) no es que sature el espacio público con una sola voz, sino que no se da el
tiempo necesario para escuchar: la voluntad sale por la boca; la reflexión
entra por los oídos.
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