Julio
Astillero.
El
accidentado proceso de ajustes laborales, recortes presupuestales y cambios de
directrices en la actual administración pública federal, respecto a sus
antecedentes inmediatos (el peñismo y el calderonismo, sobre todo), desembocó
ayer en un retumbante escenario de protestas públicas por parte de policías
federales que no aceptan, en los términos que les han sido propuestos o cuando
menos esbozados, su paso a la Guardia Nacional, el cuerpo militarizado que
constituye la máxima apuesta del obradorismo para tratar de recuperar
paulatinamente la seguridad pública y el imperio del derecho.
Las escenas
vistas ayer muestran la textura fibrosa y rijosa que pueden alcanzar
determinados conflictos que habría de suponerse podrían haberse atajado con más
oportunidad y precisión: policías federales agredieron a su coordinadora,
obstruyeron vialidades estratégicas de la capital del país, forcejearon en
distintos momentos y con diversos motivos circunstanciales y colocaron en jaque
a la secretaría civil de seguridad, a cargo del sonorense Alfonso Durazo, y, de
manera aún indirecta, a la propia Guardia Nacional y a su virtual Estado Mayor
conformado por los jefes del Ejército, la Marina y la Policía Federal (PF)
insubordinada.
La demanda
de respeto a derechos laborales se instaló corporalmente en el centro de mando
de la PF en Iztapalapa y llevó al mencionado secretario Durazo y al equipo de
comunicación social de Palacio Nacional a difundir información con banderita
blanca de paz, en busca de bajar el tono de la protesta y de ofrecer algún tipo
de alternativas a los policías. A la hora de cerrar esta columna continuaba la
tensión, con agentes federales exigiendo la presencia del secretario Durazo en
el centro de mando de Iztapalapa.
El
presidente de la República (quien luego aparecería en fotografías en las redes
sociales jugando beisbol) había dicho en su conferencia mañanera: “La Policía
Federal estaba mal, se echó a perder, sobre todo cuando pasó a formar parte de
Gobernación, ahí se relajó la disciplina y se cometieron abusos… Estaban mal
acostumbrados algunos, por eso protestan, sobre todo los de arriba”. Por la
noche, tuiteó que el asunto de la PF no tiene fundamento aunque respetaremos el
sagrado derecho a manifestarse.
La lista
principal de esos funcionarios que habrían echado a perder a la PF ha de
entenderse que estaría formada por el propio usuario de la banda presidencial,
Enrique Peña Nieto; el entonces secretario de Gobernación y ahora senador
priísta, Miguel Ángel Osorio Chong; el jefe de dicha Policía Federal desde el
principio del peñismo y hasta los sucesos de Nochixtlán, Oaxaca, que lo
tumbaron, Enrique Galindo Ceballos (ahora metido al negocio del periodismo como
franquiciatario en San Luis Potosí de un exitoso portal nacional de noticias),
y el último de los comisionados generales de esa policía, Manelich Castilla
Craviotto.
La protesta
policiaca esgrime razones administrativas, laborales y humanitarias como
móviles de su manifestación pública. Apenas el pasado 25 de junio el flamante
titular del Instituto Nacional de Migración (INM), Francisco Garduño, hubo de
pedir disculpas a esos policías federales luego de haberles llamado fifís por
denunciar sus condiciones deplorables de alimentación, hospedaje y trabajo en
general. Garduño aseguró que esos agentes están acostumbrados a dormir en
hoteles y comer en servicio bufet, sin entender que las cosas han cambiado: Es
la Cuarta Transformación. Eran fifís y quieren seguir como fifís.
Por lo
pronto, en un ambiente cargado, con insinuaciones de que podría haber
motivaciones extralaborales, casi de desestabilización intencional en ese
movimiento de policías, se anunció la posibilidad de armar un paro nacional
este jueves. En el ámbito de la PF han participado demasiadas manos
especializadas en tretas políticas mayores y, en las circunstancias actuales,
el estallido de estas protestas se inscribe en el marco general de los
problemas, genuinos o creados, que enfrenta en distintos tableros el
obradorismo.
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