Salvador
Camarena.
Ser
expresidente de México es una tarea ardua. Lo era antes de que le quitaran
la pensión a quienes habían ocupado Los Pinos. Pero uno supondría que lo es más
aún ahora, que por decisión del nuevo gobierno a los exmandatarios se les
retiró el ingreso económico y la nada barata cuadrilla de
ayudantes/choferes/escoltas. Debe ser arduo para todos los expresidentes, menos
para uno que lleva por nombre Enrique Peña Nieto.
Peña Nieto
tuvo el alto honor de ser presidente de la República Mexicana. Hubo quien dudó
de sus capacidades para tan complejo cargo, pero se hizo inevitable en su
partido y luego, honor a quien honor merece, sus escuderos Videgaray y Osorio
le armaron la campaña que podía ganar y la ganó.
Ya en el
puesto, era inocultable que lo suyo-lo suyo era la parafernalia del poder
(López Obrador dixit). Sí, hubo reformas; pero también hubo relumbrón,
cuatismo, indolencia, simulación de obras, impunidad, derroches y corrupción,
mucha corrupción.
Como
fuera, Peña Nieto entregó, en lo económico, un país mediocre pero estable, o
viceversa. Pero en seguridad, la sangría que heredó de Felipe Calderón la
convirtió en hemorragia de pésimo pronóstico. Con tal balance, después del 2 de
diciembre, la única opción para el mexiquense era esperar discretamente a que
el tiempo fuera benévolo con su sexenio. No lo logró.
Desde el
1 de diciembre hay dos fuerzas en pugna. Por un lado, aquellos que creen que
hay que rehacer todo, de raíz; que nada del pasado inmediato funcionaba, que
todo era frivolidad, simulación y rapiña, que las instituciones eran pretexto y
coartada para el expolio de la camarilla corrupta.
Por el otro,
están los que creen que vivíamos en el mejor de los mundos posibles, que no
éramos Canadá pero casi, que no éramos Chile sino mejor, que nos parecíamos más
a Alemania que a la Venezuela de Maduro.
Esas
caricaturas del México de uno y otro lado son incorrectas. La única diferencia
es que hoy, cuando los unos necesitan argumentos para ilustrar que el pasado
añorado por los otros fue de una frivolidad insoportable, ahí está Enrique Peña
Nieto y amigos para confirmar que la élite flota fuera de la realidad que es
dada a los mexicanos que trabajan para vivir.
¿Qué hará
Peña Nieto para vivir? Pensión, ya no tiene. Negocios (no se rían), no se le
conocían antes de la política. Rico de abolengo (así se dice, ¿no?), pues como
que no.
¿Qué hará
Peña Nieto entonces para darse la vida de Casanova que lleva, según nos
enteramos, queramos o no? Sabe.
Pero las
finanzas personales del expresidente, muy suyas. Lo que su tren de vida (qué
irónico hablar de “tren de vida” sobre quien no pudo concluir ni uno de los
tres que arrancó) le consuma, podría ser sólo del interés de su familia. Sería,
sí, si no fuera un expresidente.
Quitemos a
Fox de la lista y los expresidentes vivos de México guardan una conducta
pública más o menos decorosa. Zedillo el más.
En cambio, Peña
Nieto parece afanado en dar razón a aquellos que siempre le creyeron sólo apto
para la vida superficial.
Y, sobre
todo, no parece reparar en que se ha convertido en la imagen en tiempo real
de eso que la gente repudió el 1 de julio de 2018, en el balón de oxígeno que
da vitalidad a los que pretenden hacernos tabula rasa, en el mayor estorbo de
quienes intentan estructurar una defensa de lo que existía, en el figurín que
cualquiera agarra para llevarse al baile lo que se había construido. En el
peor enemigo de su sexenio. Oh là là.
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