Javier Risco.
“Elucidación del genoma del frijol. Atención del cáncer pancreático
y colorrectal. Ayuda en desastres naturales. Genómica evolutiva humana y de
poblaciones. Avances contra el dengue. Seguridad Nacional. Rescate de la
papaya. Cemento sustentable. Cultivo de piel humana. Contra el cáncer de mama.
Secuenciación del genoma del maíz. Agricultura sostenible y reducción del uso
de agua. El control de la epilepsia. Preparatoria y Universidad en línea.
Microorganismos benéficos para la agricultura”.
Son las investigaciones que han impreso en pancartas y que
alcanzo a leer en las fotografías que circulan en Internet de la protesta de
investigadores y científicos del Centro de Investigación y de Estudios
Avanzados del IPN (Cinvestav). Veo mujeres que apenas comienzan sus veinte y
otras que llevan un camino recorrido en la investigación. Veo hombres de poco
más de treinta y otros que rozan los sesenta. Algunos han llevado a sus hijos
porque han salido de vacaciones. Se dieron cita en Palacio Nacional con la
finalidad de darle una carta al presidente López Obrador, una carta que hace
cinco peticiones: La exención al Cinvestav de la aplicación de la Ley de
Remuneraciones, que en sus cláusulas contempla la posibilidad de exentar a
aquellos trabajos de alta especialización, cuyo desempeño exige una
preparación, formación y conocimiento excepcionales; la restitución del Seguro
de Gastos Médicos Mayores; la autorización para que se mantengan los apoyos a
la ciencia de fundaciones privadas, bajo las estrictas revisiones académicas
con las que han operado hasta ahora; la no aplicación de recortes al
presupuesto de la institución, que en su operación no ha aumentado desde 2013;
la elaboración de una estructura jurídica adecuada para la institución que
permita mantener y estimular el trabajo que se desarrolla en la misma. No piden
nada más que lo justo, lo digno para seguir realizando su trabajo que es
investigar, descubrir y difundir. Entiendo los recortes en tantos rubros del
gobierno, concibo esta nueva forma de gobernar, este ímpetu por “arrancar de
raíz al régimen corrupto”, que se acaben los privilegios, incluso que se
apueste por una distribución antes que caer en la puerta del crecimiento, son
cambios necesarios que aplaudo, pero ¿qué daño hace la ciencia? ¿Por qué
ahorcar a investigadores y científicos?
La carta la redactaron a inicios de junio, tiene fecha del 6
de aquel mes. Nadie los escuchó, nadie les contestó, nadie los peló. Ayer
protestaron, tienen la esperanza de concluir sus investigaciones, de seguir con
trabajo, de no perderlo todo.
Los investigadores tienen un gesto de preocupación. No es la
primera vez que se ven en apuros, llevan una década luchando y mendigando
presupuesto. Los gobiernos mexicanos han dejado a la ciencia en el último cajón
y el gobierno actual ni siquiera eso… todo indica que la quiere desechar. En dos
años el Cinvestav llegará a 60 años, no puedo imaginar un México sin la
generación de conocimiento de este Centro de Investigación, diverso, capaz de
dibujar el mapa de la piel y contribuir a una discusión con argumentos sobre la
Seguridad Nacional, así de variopintas son las mentes que trabajan aquí.
“Que se paguen su propio seguro, mantenidos”, leo en redes
sociales sobre su exigencia de un seguro de gastos médicos mayores. Su
respuesta a esta petición deja callado a cualquiera: “El Seguro protege a los
investigadores que trabajan con materiales peligrosos como organismos
patógenos, compuestos radiactivos o tóxicos y con equipos de emisión de altas
energías, todos ellos potencialmente dañinos para la salud”, la exigencia del
sentido común. Ojalá el Presidente apele a esto último, al sentido común. Creo
que nadie le debe recordar la importancia de la ciencia, él la sabe, no se
entiende el progreso sin ella, no se entienden refinerías, trenes, su operación
de corazón que le salvó la vida… sin la ciencia nada hubiera pasado ni pasará.
Ojalá llegue pronto el sentido común de este gobierno con su trato a la
ciencia, sólo eso.
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