Gustavo De
la Rosa
La
renuncia del Secretario Urzúa nos cayó como balde de agua fría a los que
apoyamos al actual Gobierno federal y que creíamos se alcanzaría la estabilidad
económica gracias al prestigio y los recursos intelectuales del ahora ex
Secretario de Hacienda y Crédito Público. En momentos así debemos seguir el
ejemplo de Lutero.
Martín
Lutero explicaba que la impaciencia era su mayor problema al impulsar sus
ideas reformistas, que en un principio eran sólo una posición moral frente a la
vulgaridad y corrupción que se habían desarrollado en el Vaticano pero llevaron
a la gran reforma de la Iglesia Católica, y señalaba que para enfrentar lo que
se venía encima necesitaba de mucha paciencia; “paciencia con el cura,
paciencia con el obispo, paciencia con el Papa, paciencia con Josefina, mi vida
ha sido una paciencia”, decía.
Urzúa
estaba navegando en aguas difíciles y empujaba bien, aunque de repente se
observaba que las decisiones expresadas públicamente por el Presidente se
tardaban mucho en hacerse realidad, y muchas de éstas eran competencia de la
Secretaría de Hacienda y Crédito Público, como el control de la actividad del
SAT y, en particular, la operación hacendaria de la franja fronteriza como una
zona especial de desarrollo económico, que sigue sin concretarse en todas sus
partes.
Esta
transformación a medias en la frontera norte genera muchos problemas, porque
infinidad de negocios están obligados a cobrar sólo el 8 por ciento de IVA, sin embargo, los trámites de
devolución del 16 por ciento de lo que ellos pagaron en sus compras al mercado
nacional están tardando demasiado, pese a que López Obrador dijo expresamente
que se agilizaría la devolución de ese diferencial.
Otro de
los problemas que ha surgido a raíz de no acatar a tiempo las decisiones
ejecutivas es el retraso en el pago o depósito de los apoyos que se ofrecieron
desde la Secretaría del Bienestar, que ha lastimado la economía de los sectores
más desprotegidos del país.
Aun pese a
estos obstáculos, los parámetros macroeconómicos se estaban manteniendo
firmes, la economía avanzaba hacia su consolidación en el entorno internacional
y se desarrollaba una política de fortalecimiento de los negocios nacionales y
de aplicación de recursos públicos para solucionar los grandes problemas
sociales del país, y esto nos daba mucha confianza.
No tengo
la información necesaria para discutir las causas de las decisiones personales
y profesionales de los ministros que se van, porque ya son hechos consumados, y
no se gana nada crucificando o santificando a quien decidió dejar de participar
en el Gobierno Federal; pero tampoco se debe ignorar que la renuncia de Urzúa
es una denuncia y advertencia de los riesgos que puede correr el Gobierno de
Andrés Manuel López Obrador si no toma cartas en el asunto, con la precisión,
puntualidad y la frialdad que ha usado para separar a sus hijos de cualquier
participación en el Gobierno.
No
podemos esperar que los otros políticos que llegaron a puestos públicos sean
tan íntegros como lo es el Presidente, y la renuncia de Urzúa advierte la
presencia de funcionarios o negociantes cercanos al poder que se niegan a
aceptar que el Gobierno se debe ejercer con austeridad republicana y que se
deben separar los negocios de la política; muchos de ellos siguen defendiendo
sus intereses viejos o desarrollan intereses ajenos al ejercicio plenamente
republicano y apegado a los principios de honradez, legitimidad y justicia.
En mi
opinión este es uno de los momentos más críticos que ha enfrentado el nuevo
Gobierno; otras deflexiones o renuncias han sido importantes y han modificado
el esquema y visión original que al parecer tenía el Presidente acerca de las
vías sobre las cuales transitar el ferrocarril de la República, pero la de
Urzúa de una de las secretarías estratégicas, golpea a la estructura del nuevo
régimen cuando apenas se cimentaba la cuarta transformación. Afortunadamente,
al ver el perfil y la historia personal de Arturo Herrera, su sucesor,
recuperamos el aliento.
Yo sí
creo que México necesita una cuarta transformación, y que la esencia de ésta es
terminar con la corrupción, establecer un Gobierno profesional que respete el
Estado de derecho y dar fin a los negocios dependientes de los fondos públicos,
todo bajo el dictado de la ley con una interpretación desde la perspectiva de Derechos
Humanos, según lo dispone el artículo primero de la Constitución.
Si
logramos eso, habremos transformado a México y estaremos en posibilidad de
brindar a todos los mexicanos opciones legales y válidas para construir su vida
actual y el futuro de su familia.
Todas las
transformaciones del país en su primer momento han tenido grandes crisis que se
han tenido que superar con constancia y con paciencia; terminada la guerra de
Independencia, surgió el Imperio de Iturbide, que pretendía restablecer y
mantener los privilegios de la clase alta; tras la Reforma, los conservadores
se atrevieron a enfrentar con armas al nuevo Gobierno e invitar a un Ejército y
monarca extranjeros para tratar de mantener sus privilegios; la crisis
inmediata a la Constitución de 1917 empezó con una hambruna en la Ciudad de
México en 1918 y terminó con los homicidios de Zapata, Carranza, Villa y más
adelante de quienes se quisieron oponer al grupo Sonora, incluyendo al mismo
Álvaro Obregón.
No
podemos esperar que la cuarta transformación transite serenamente hacia un
nuevo país que haya terminado con los privilegios de los grandes
empresarios-gobernantes, o gobernantes-empresarios, sin sobresaltos; estos son
los primeros sustos y los que vienen pueden ser mayores. Por eso amigos morenos
sólo nos queda seguir el ejemplo de Lutero: paciencia, paciencia y más
paciencia.
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