Jorge Javier
Romero Vadillo.
Rompo el
hilo de mis temas habituales para escribir sobre un asunto especialmente
sensible para mí, aunque involucra cuestiones sobre los que mi conocimiento es
superficial, pues no soy experto ni en medio ambiente ni en ingeniería. Sin
embargo, conozco bien la península de Yucatán, la región del país de donde
proviene toda mi familia, sobre todo Campeche, el estado donde arraigaron mis
tatarabuelos y donde aún hoy vive buena parte de mi parentela. He recorrido una
y otra vez la península desde niño y le tengo especial afecto a sus selvas, sus
playas, sus zonas arqueológicas, sus pueblos y sus ciudades. Conozco sus
riquezas y su pobreza, que llega a extremos, y he pensado mucho sobre el tipo
de desarrollo necesario para impulsar su economía sin destruir su patrimonio,
su naturaleza y su cultura.
Desde niño,
sin embargo, he visto cómo se ha ido deteriorando la zona y cómo el
desarrollismo ha arrasado con sus selvas, su fauna y su riqueza arquitectónica.
Cuando nací la ciudad antigua de Campeche ya había comenzado a ser alejada del
mar, con el propósito de ganar terrenos para la especulación inmobiliaria. El
viejo recinto amurallado había perdido parte de sus fortificaciones desde el
porfiriato, pero por fortuna salvó parte de ellos, y, junto con otros tres
barrios de origen virreinal y arquitectura decimonónica, sobrevivió a la ola
destructiva que le pasó por encima a la mayoría de las ciudades del país a
partir de la década de 1940. Su lejanía, su pobreza y un temprano decreto de
protección de los tiempos de la Presidencia del general Cárdenas impidieron que
la piqueta demoliera un patrimonio arquitectónico que hoy es patrimonio de la
humanidad por decreto de la Unesco. Sin embargo, la especulación hizo que la
antigua ciudad portuaria quedara rodeada por un desastre constructivo que, sin
ton ni son en oleadas sucesivas, se apropió de la costa.
Hasta mi
adolescencia me bastaba con caminar una calle para salir al malecón frente a la
iglesia de Guadalupe, aunque ya el centro de la ciudad había sufrido el relleno
de su ribera para la construcción de un Palacio de Gobierno y un Congreso
inspirados en Brasilia y había sido sitiado por horrendos edificios de hoteles
y oficinas “modernos”. En 1979 la debacle le cayó también a mi barrio, pues al
Gobernador en turno no se le ocurrió mejor destino para los recursos de la
derrama petrolera que seguir rellenando el mar. Hoy lo que antes era un paseo
marítimo frente a la iglesia del siglo XVII y las casas pensadas para bajar al
mar es una fea avenida que da paso a lóbregas construcciones de hormigón a
medio terminar, mientras el nuevo malecón se encuentra a más de un kilómetro.
Mi infancia
estuvo llena de narraciones sobre las explotaciones chicleras de la selva –la
“montaña”, en el lenguaje local– donde trabajaron mis tíos. Esa selva que había
ido desapareciendo desde la construcción del Ferrocarril del Sureste y que
terminó de ser devastada por los “nuevos centros de población ejidal”, donde los
gobiernos de López Mateos y Díaz Ordaz les repartieron tierra a los
solicitantes provenientes de estados tan lejanos como Nayarit o Jalisco. Cada
viaje de México a Campeche por carretera era ir viendo cómo se perdía selva, e
iba siendo sustituida por potreros ganaderos de cebúes famélicos.
En 1971
conocí la costa de Quintana Roo, una línea turquesa de playas deshabitadas, con
apenas algunos campamentos de buceo, como Acumal Caribe. Tulum era una
impresionante fortaleza maya rodeada de selva frente al mar más hermoso que
podía imaginar al final de mi niñez; Xel–ha una caleta que hacía pensar en
aventuras de otra época. Cancún era ya entonces la cabeza de playa de la
destrucción turística, aunque todavía se llegaba por terracería y no se había
concluido la construcción del puente que une la punta con tierra firme. En
aquel proyecto se estaba por cometer el mismo error que a partir de la década
de los cuarenta había arrasado a la bahía de Acapulco: la construcción de
hoteles sobre la playa, lo que aniquiló al sistema de dunas y que ya está
dejando aquel paisaje paradisiaco sin sus arenas albas, ahora enrojecidas por
el sargazo.
Por los
desastres vistos, no soy de modo alguno un entusiasta del Tren Maya. Coincido que es una de las ocurrencias sin
sustento que forman parte del programa de Gobierno –es un decir– de López
Obrador. No encuentro justificación económica en un proyecto que tiene como
suelo presupuestal alrededor de 150 mil millones de pesos en una región donde
viven menos de cinco millones de personas. Esos mismos recursos invertidos en
trenes suburbanos en la zona metropolitana de la Ciudad de México, en Monterrey
o Guadalajara beneficiarían a mucha más gente y tendrían un efecto económico
superior, aunque también creo que el Estado debe invertir en la promoción del
desarrollo de las zonas más atrasadas del país, siempre y cuando esa inversión
no sea depredadora del entorno natural y cultural.
A pesar de
todo, creo que, si bien sería un despropósito mayúsculo hacer un tren que pase
por las dos reservas de la biosfera de la península –la de Sian ka’an, atacada
ahora por un terrible incendio forestal, y la de Calakmul, amenazada
permanentemente por la tala clandestina–, creo que la construcción de un tren
moderno por la ruta del antiguo Ferrocarril del Sureste podría ser benéfica,
siempre y cuando se haga con un cuidado extremo y se convierta en un proyecto
de desarrollo integral, como lo ha planteado ONU Hábitat.
Si en lugar
de cerrar el circuito, el Tren Maya solo se construyera en la vía actualmente
existente y, cuando mucho, llegara a Cancún, el impacto ambiental sería
controlable. Escárcega, base ferroviaria desde su origen, podría ser un “hub”
para el turismo ecológico de bajo impacto, desde donde se llevare por carretera
a los turistas a Calakmul y el resto de las zonas arqueológicas de la zona y se
penetrara en la selva sin devastarla. La deforestación de la zona se aceleró
precisamente con la construcción del ferrocarril hace siete décadas. Hoy es de
vida o muerte salvar la mayor reserva selvática del país y evitar los errores
del viejo desarrollismo, que tienen al planeta en vilo.
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