Javier Risco.
Mal podría quejarme yo de la influencia que tienen las redes
sociales en la vida actual y de cómo toman lugar en nuestras relaciones fuera
de los marcos de una pantalla interactiva, pero cada vez es más habitual
sorprenderme platicando con amigos de un meme que hemos visto en la semana o
sobre un fenómeno viral de moda, y en lugar de enseñárnoslo, lo comentamos como
si fuera un libro o una película.
Si tuviera que hablar con mi gente de estos perfiles de
Instagram que encontré, sin duda lo haría como si se tratara de una película de
acción. Pero no una buena película de acción, sino una de las de antes, de las
ochenteras. Esas en las que el héroe (la heroína en este caso) era un veterano
de alguna guerra y los malos eran siempre los rusos.
El perfil promete. En su bio se puede leer que es veterana
del cuerpo médico militar de Estados Unidos, que es madre de un pequeño, que
está casada y que es amante del fitness. En su foto de perfil se la ve haciendo
un saludo militar con traje de campaña y al fondo, la inconfundible bandera a
rayas de todas las películas de acción ochenteras.
Comienzo a recorrer su timeline. En la primera foto la vemos
ya no como militar, ahora está con su bebé en los brazos y de fondo tiene unas
bellas montañas. Tanto ella como el bebé están sonriendo. La segunda foto es de
ella frente a un espejo, la típica foto para mostrar el outfit y el cuerpo
estilizado de una influencer de fitness. La tercera es una foto de su bebé y en
la cuarta la vemos en el gym. En la quinta todo cambia.
En la quinta, sólo se ve parte de su cadera y de su pierna,
ella no es la protagonista de la foto, es una pistola. En su cadera, en una
funda, hay una Glock 26 modelo pocket de 9 milímetros, una pistola que cabe en
la palma de una mano y que según su perfil de Instagram te permite hacer todo
tipo de actividades con ella al cinto.
A partir de la quinta foto la película es otra, aparece ella
con rifles, con pistolas, con ametralladoras, con lanzagranadas, vestida de
militar, hay clips en que la vemos disparando todo tipo de armas, la vemos en
loops y en cámara lenta sonriendo en medio de una lluvia de casquillos.
Su nombre es Charissa y su IG es charissa_littlejohn. Tiene
395 mil seguidores y forma parte de la nueva estrategia de la industria
armamentística para difundir sus novedades: usar mujeres influencers y burlar
las restricciones publicitarias de las redes sociales. Así de simple, cada uno
es dueño de publicar en su perfil lo que sea (mientras no se vean pezones) y
dirigirlo al campo que quiera.
El problema es que en Estados Unidos hay 393 millones de
armas por 326 millones de habitantes, más de 2 mil muertos cada año por fuego
de civiles, más tiroteos masivos que en ninguna parte del mundo y allá es más
fácil conseguir una arma que un huevo kínder.
Estas mujeres influencers no son las responsables, ser
influencer es un trabajo más. Lo complejo es que al ver este tipo perfiles se
lee también el espíritu de una industria que tiene muy bien identificado a sus
consumidores y la forma de inyectarles la necesidad.
Es increíble como en los posts nunca son las influencers las
que se refieren a las armas que usan, sino que son los propios usuarios en los
comentarios los que complementan la información, ella sólo debe responder al
ideal de consumo: ser bella, ser madre y amar a su país.
Te muestran la vida bella que tienen y cómo ellas están
dispuestas a defenderla. Obviamente no te muestran al enemigo, ese debes
ponerlo tú y casi siempre son los rusos.
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