Raymundo
Riva Palacio.
La
fotografía en Palacio Nacional es histórica. El presidente Andrés Manuel López
Obrador, todo poderoso, con el empresario más rico de México y uno de los más
acaudalados del mundo, Carlos Slim, a sus pies y bailando la música que le
tocaban en el Salón de la Tesorería. El poder económico, como tantas veces lo
ha dicho López Obrador, subordinado ante el poder político. La mañanera del
martes es, en este sentido, una nueva prueba material del argumento, que se
comenzó a construir en la praxis cuando de un manotazo sobre la mesa, canceló
la obra del nuevo aeropuerto internacional de Texcoco. Desde ese momento, López
Obrador estableció los términos de su relación con el sector privado, que ha
sido consistente, congruente y clara.
Aquello fue
una demostración de fuerza. Nunca más los empresarios volverían a formar parte
de la toma de decisiones, ni mucho menos, como dejó entrever, ser ellos quienes
gobernaban al Presidente. Cuando canceló Texcoco, contra el consejo de sus
cercanos, Slim ofreció una conferencia de prensa donde criticó la decisión y
dijo que eso sería frenar el crecimiento. Este martes, dijo que el crecimiento
era “intrascendente”, y que lo que se necesitaba era una inversión masiva en
proyectos públicos. Notable la maroma del ingeniero, quien, pese a conocer hace
casi 20 años a López Obrador, no lo conoce. O no cree lo que dice, y trata de
endulzarle el oído con un objetivo particular, sin entender que la abyección es
una actitud que el Presidente no aprecia.
Slim fue el
invitado de honor en la mañanera, donde se anunció el acuerdo gasero. Una de
sus empresas era una de las cuatro que fueron amenazadas por el director de la
Comisión Federal de Electricidad, Manuel Bartlett, con llevarlas a un litigio,
pero su contrato era tan marginal en cuanto al total de los siete gasoductos en
conflicto, y tan baja la escala del negocio para su conglomerado, que era la
que menos presionaba. Pero la ascendencia de Slim sobre los empresarios tenía
otro peso, que fue el que utilizó el Presidente, como símbolo de consenso y
concordancia, durante el evento en Palacio Nacional.
Ahí, el
Presidente lo llamó al atril cuando quiso, y le pidió que hablara. Slim se fue
de más en sus declaraciones, como el calificar de “intrascendente” el crecimiento.
Si el ingeniero lo hubiera dicho a lo largo de su vida, como otras de sus
posiciones polémicas, como la que tiene sobre la informalidad, habría mostrado
congruencia. Pero sus expresiones han estado en las antípodas y, más en
prejuicio de su imagen, dio la impresión de haber querido quedar bien con el
Presidente, respaldando su dicho del viernes pasado en Tabasco, donde en
reacción al informe del Inegi sobre el crecimiento en el segundo trimestre,
declaró que el crecimiento no importaba porque había desarrollo, mejor
distribución de la riqueza –donde Slim también tiene puntos de vista
divergentes–, y mayor poder adquisitivo.
“¿Qué tiene
que hacer entonces un empresario?”, preguntó un miembro del Consejo Coordinador
Empresarial. En primer lugar, no pelearse con el Presidente, tenga su empresa o
no relaciones comerciales con el gobierno. En segundo lugar, tener una
comunicación fluida y franca. Un empresario sí puede contribuir a la buena
marcha del gobierno y del país, pero no mediante la adulación, sino a través de
una comunicación abierta y honesta, no de sumisión sino de interlocución.
En parte
tiene razón López Obrador al desconfiar del sector empresarial, y no sólo por
sus prácticas. Hubo muchos gobiernos donde algunos empresarios sentían que eran
ellos quienes gobernaban, no el presidente, pero el presidente se dejaba
intimidar. No es fácil confrontar a alguien cuyo poder económico puede mover el
PIB, pero no puede haber nadie por encima del jefe del Ejecutivo. Este tipo de
relación puede no ser siempre fácil, para ninguna de las dos partes, pero es de
respeto mutuo y de certidumbre: cada parte sabrá que lo que le dicen es lo que
piensan y no tratan de engañarlo y engañarse a sí mismo.
Pero moverse
un empresario por el camino del buscar quedar bien, lisonjero y agachado, no
los lleva por el buen camino. Un gran ejemplo es el de Claudio X. González
Laporte, una de las figuras más notables del empresariado mexicano durante más
de 40 años, con quien ha tenido fricciones López Obrador desde hace años, y a
quien lo llegó a considerar miembro de “la mafia del poder”. La antipatía entre
ambos siempre ha estado presente, pero en las últimas reuniones con el Consejo
Mexicano de Negocios, en las fotografías y en las declaraciones González
Laporte se ha mostrado meloso. Poco le ha servido. No hay ningún empresario
como él y su hijo Claudio X. González Guajardo, fundador de Mexicanos Contra la
Corrupción y la Impunidad, que hayan sido identificado más veces por el
Presidente como enemigos a su gobierno y saboteadores de su proyecto.
Hay
empresarios que en el último año han intentado por diferentes maneras ser bien
vistos por el Presidente, comprando equipos de beisbol, el deporte de López
Obrador, o pagando coberturas en revistas del corazón para algunos de sus cercanos.
Hay otros que le han dado cobertura retórica, justificando todo lo que hace,
por qué y cómo lo hace. En el péndulo de la interlocución, se fueron hasta la
genuflexión. No se ayudan. Esa actitud no cambiará lo que López Obrador nunca
ha sido. Pero tampoco ayudan al Presidente, porque muchos de ellos no son
sinceros. Si quieren contribuir realmente por el país, que dejen de lanzar
besos y recurran a otras fórmulas. Por ejemplo, un diálogo respetuoso y
sincero, sin alabanzas ramplonas.
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