Diego
Petersen Farah.
El miércoles
fue en Guadalajara, en Plaza Galerías un restaurante de hamburguesas; la semana
pasada en Ciudad de México en Plaza Artz, un centro comercial que en las
mañaneras calificaría perfectamente como “fifi”. Dos enfrentamientos a tiros en
medio de gente inocente que, más allá de los sucesos, de por sí espeluznantes,
muestran que el problema de la violencia es mucho más que un tema de
policías y ladrones y que está profundamente enraizado en un sistema podrido y
corrupto.
Todos los
cadáveres hablan, dice Beto Zaragoza. En ambos casos son los muertos quienes
nos han permitido asomarnos y enterarnos de la corrupción del Gobierno
mexicano.
En el
caso de Plaza Artz resultó que la víctima era un israelí, Benjamín Sutchi, que
venía de purgar una condena en ese país por asesinato. A México llegó como
asesor de seguridad y tuvo visa de trabajo.
El muerto en
Plaza Galerías en Guadalajara, Martín Arzola Ortega, apodado el 53 y
señalado como líder de una de las células violentas del Cártel Nueva
Generación, tenía dos pasos por la penal, el primero por robo a transporte de
valores; el segundo por asesinato. Por este último fue sentenciado a 24 años de
prisión en 2015, y tres años después estaba en la calle ejerciendo como líder
de una célula criminal.
El otro
asunto que llama la atención es la cantidad de armas que hay ya en nuestras
calles. En los dos casos hubo más de un grupo armado. El enfrentamiento en Guadalajara, al
parecer fortuito, de dos bandas enemigas, terminó de complicarse por la presencia
de escoltas armadas de la esposa del Gobernador de Nayarit que también
dispararon. De acuerdo con las estimaciones más recientes (Small Arms Survey,
2018) en México hay cerca de 17 millones de armas de fuego en manos de
civiles. Nada que ver, es cierto, con las cerca de 400 millones que hay en
Estados Unidos, con una diferencia: las de nuestro país son ilegales, están
en las calles gracias a la corrupción de las aduanas y no están registradas.
Que los
criminales se comporten como criminales no sorprende a nadie.
Que
alguien le dé visa de trabajo en seguridad a un asesino; que un juez libere a
un sentenciado a 24 años de prisión por homicidio; que el sistema de aduanas
permita la entrada de armas todos los días es doblemente criminal.
Podemos
verlo de dos formas. Una es que el crimen organizado tiene cooptado al
Estado mexicano; la otra es que el crimen existirá mientras el Estado lo
proteja. Esto es, la solución al problema de la violencia no es cuestión de
policías y ladrones, pasa fundamentalmente por recuperar el Estado de derecho.
La Guardia
Nacional, las nuevas policías, la compra de armamento para las fuerzas armadas
sirven, cuando funcionan, para enfrentar y en el mejor de los casos contener el
crimen, para ganar batallas puntuales: la guerra hay que librarla y ganarla
en la recuperación del Estado.
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