Javier Risco.
Hace como un
año, en Así las Cosas, de W Radio, la periodista Gabriela Warkentin y yo
entrevistamos a dos mujeres que formaban parte de la asociación Abuelas de
Plaza de Mayo. Una de ellas había encontrado a su nieta en 2010, después de
varias décadas sin dormir, pero también sin dejar que pasara un día sin
buscarla; la dictadura militar de su país le podía quitar el sueño, pero nunca
las ganas de un abrazo anhelado, el de una nieta que le recordaba que alguna
vez tuvo eso llamado vida. En aquella conversación le pregunté por qué seguía
buscando, por qué asistía todavía a cada evento, a cada marcha, por qué viajaba
por el mundo buscando nietos ajenos, hijos que nunca conoció; me contestó algo
que se quedó tatuado en mi cabeza, decía que en Argentina la única manera en la
que había sobrevivido el movimiento de las Abuelas de Plaza de Mayo era haber
hecho de los desaparecidos, NUESTROS desaparecidos, apropiarse de los que
faltan. Por eso tras ocho años de haber encontrado a su nieta seguía levantando
la voz, porque le seguían faltando tantos de SUS desaparecidos. Nos dijo que
ese era el primer paso para encontrar la reconciliación, la paz y la justicia
de México, teníamos que hacer NUESTROS cada uno de los desaparecidos y
asesinados, decía que el peor error que podíamos cometer era pensar que son
ajenos, que viven en lugares apartados y que nada tiene que ver la que
desaparece en el Estado de México con la que vive en Baja California, sólo así,
adoptando y sufriendo todos juntos a los que nos faltan podíamos entender la
magnitud de la tragedia, pero también ayudar a resolverla.
En los últimos
días ha habido un debate sobre si las protestas deben incluir vidrios rotos y
pintas en monumentos históricos, no desgastemos nuestra indignación en algo que
se repara en una tarde, piedras con colores, plásticos doblados y ventanas sin
vidrios, ojalá esos fueran nuestros problemas. Urge entender la causa, la época
trágica en la que vivimos de tiempos violentos de mujeres asesinadas, violadas
y desaparecidas. Creo firmemente que a veces muchas personas se distraen en
nimiedades porque no hacen SUYAS a las mujeres que nos faltan. El problema es
que creen que son ajenas. Si logramos ver en cada una de las mujeres asesinadas
que son nuestras, estoy seguro que más de uno donaría aerosoles de colores en
cada marcha. Imaginemos el dolor de perder a tu mejor amiga, colega, a tu
hermana, a tu prima, a tu mamá y no sólo eso, saber que nunca van a encontrar
al asesino y si lo encuentran saber que NO pasará nada, que la impunidad inunda
este país como un cáncer que todo destruye: instituciones, sociedades, gobierno.
Hoy serán
asesinadas nueve mujeres, quizá más. ¿Cuánto tiempo más durará esto? ¿Cuántos
años nos quedan de violencia desbordada? ¿A qué generación le tocará contar la
historia de un México en el que alguna vez las mujeres no podían salir a las
calles sin miedo?
Pienso en
las Abuelas de Plaza de Mayo, en esa lucha compartida, en esa indignación por
el hijo o la hija de alguien que sólo tiene en común la nacionalidad, en esa
mañana en la que todo cambia y se encuentra la justicia después de 30 años.
Ojalá entendamos eso como el primer paso para nuestra reconciliación, hoy a
todos nos mataron a nueve mujeres, hoy el Ángel de la Independencia amaneció
restaurado, los locales han vuelto a poner vidrios nuevos y los postes tirados
otra vez están de pie, lo que no se ha reparado es la tranquilidad de ser mujer
en este país.
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