Javier Risco.
Cuando
termine de leer esta historia, usted va a querer no sólo pintar el Ángel de la
Independencia, sino derribarlo; seguramente por la desesperación de esta
maldita impunidad tomará el aerosol y escribirá la palabra “justicia” en más de
tres estaciones de metrobús, o por lo menos se desquitará con un semáforo ante
la desesperación de que el abusador esté caminando tranquilo por las calles de
Hidalgo.
Hace un par
de días la periodista Nayeli Roldán contó en Animal Político la historia de una
niña de siete años que vive en el municipio de Tezontepec de Aldama, Hidalgo.
Hija de Mónica (un nombre cualquiera para cuidar la identidad de la verdadera
madre), una mujer de 36 años que trabaja como empleada doméstica y estudia la
preparatoria abierta, la pequeña asistía a la primaria del pueblo con la única
esperanza de ser de esa minoría en el municipio que termina la educación
básica.
En marzo de
2018, llegó a la escuela donde estudiaba la menor el maestro Juan N., se hizo
cargo del grupo de primer año de primaria y siguió con los mismos alumnos
cuando pasaron a segundo.
En abril de
2019, la niña comenzó a tener pesadillas y una noche le contó a su madre lo que
le hacía el maestro a ella y a otras tres compañeras del salón: “Fue después
del 14 de febrero, mami”, dijo la niña. La periodista de Animal Político cuenta
el momento del abuso: “A nadie en la escuela le pareció raro que Juan N.
moviera su escritorio a una esquina al fondo del salón de clases y pusiera
videos a los alumnos durante las clases, pero ahora cobra sentido. Mientras los
alumnos sentados observaban la pantalla al frente, él llamaba a alguna de sus
alumnas para sentarla en sus piernas. ‘Yo me quería soltar, mami, pero él me
apretaba fuerte las manos. Fueron cinco veces, mami’, le contó la pequeña”.
La niña no
se atrevía a decir nada porque el agresor había amenazado a las demás alumnas
con matar a su familia si contaban algo.
La madre
escuchó la historia y, por consejo del pastor de la iglesia cristiana a la que
asiste, acudió a la escuela a denunciar el hecho. El agresor ni siquiera lo
negó, tanto la directora como el supervisor de la escuela le sugirieron
denunciar penalmente tras la reacción del profesor.
Al siguiente
día Mónica acudió con el padre de la niña, de quien se separó, al Ministerio
Público de Tula, a dos horas de Tezontepec de Aldama. La valoración psicológica
de la niña fue un infierno, tuvo que ser interrumpida en tres ocasiones; sin
embargo, se concluyó que la pequeña presenta “estado emocional alterado en
relación con los hechos que se investiga, caracterizado por miedo, angustia,
ansiedad, temor, sentimientos de inadecuación, ya que carece de defensas
psicológicas por su edad para hacer frente a la invasión a su cuerpo, lo que
genera alteración psicosexual. Se siente insegura, tensa, bajo presión y
amenazas”. Aunque también fueron agredidas otras tres niñas, la periodista
Nayeli Roldán señala que las familias de éstas prefirieron no denunciar porque
podrían “afectarles” su futuro en el pueblo al ser catalogadas como mujeres que
no tenían el mismo valor porque fueron tocadas.
A finales de
junio se integró el examen psicológico a la carpeta de investigación y se giró
orden de aprehensión contra Juan N. El juicio tuvo tres audiencias. En la
primera, la defensa del acusado señaló que la niña caía en contradicciones en
las fechas de los abusos, que incluso una de las fechas era un día inhábil. Eso
fue suficiente para que, en la tercera audiencia, la jueza del Tercer Circuito
de Tula, Xóchitl Rodríguez Camacho, decidiera que Juan N. no fuera vinculado a
proceso, y que fuera dejado en libertad.
Pese a que
está suspendido en funciones por parte de la SEP, pese a que él mismo no negó
los hechos, pese a que el examen psicológico acreditaba el abuso, Juan N. está
libre.
El caso
llegó hace dos semanas a la Fiscalía General de la República. Es uno de los
últimos recursos de la abogada de Mónica y de la niña, ella no tira el caso, y
tampoco nosotros debemos de soltarlo.
La impunidad
se erige otra vez como el común denominador de la justicia mexicana: una niña
de siete años abusada, una madre desesperada, una jueza miope o comprada y un
agresor que hoy lee tranquilamente este periódico. Gracias Nayeli Roldán por
escribir esta tragedia.
¿No vale
esta historia la palabra “justicia” pintada de rosa en un monumento para que no
se nos olvide lo que le DEBEMOS a esta niña de siete años? Que Beatriz
Gutiérrez Müller nos conteste.
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