Jorge Zepeda
Patterson.
Está claro
que los delincuentes no tienen en alta estima a sus madrecitas. Asumimos que el
exhorto de Andrés Manuel López Obrador a los criminales hace unas semanas para
que no hagan sufrir a sus progenitoras no forma parte de la estrategia de la 4T
contra la inseguridad, porque está claro que no hizo ninguna mella.
No los voy a
aburrir con el recuento semanal de ejecuciones, ajusticiados, fosas
encontradas. Las cifras de sangre hace mucho que no son un argumento para
llamar la atención sobre el problema. Pero ya han dejado de ser una estadística
para convertirse en otra cosa. Dicen en el cono sur que todo aquél que sostiene
que las cosas no pueden empeorar por lo mal que están, tendrían que ir a
Argentina (dicho por los argentinos, que de tangos saben bastante). Lo mismo
podríamos argumentar los mexicanos; aquellos que consideran que ya no podríamos
caer más bajo en materia de inseguridad tendrían que darse una vuelta a
Tamaulipas, Michoacán o Acapulco.
Los números
de muertos y desaparecidos siguen siendo similares e incluso mayores que los de
hace años, pero en términos cualitativos hay cosas que están cambiando. Y no
precisamente para bien.
Hace algunos
lustros se pusieron de moda los videos que provocaban el ridículo sorprendiendo
a personas cazadas en infraganti. Por desgracia han sido reemplazados por
videos mucho menos divertidos, si es que aquellos lo eran; los que ahora
circulan por las redes muestran cómo saquean una tienda en solo dos minutos,
asesinan a un dependiente de manera absurda, una mujer es jaloneada y sacada de
su auto o tres tipos enfundados en gorras desvalijan a los comensales en un
restaurante. La oferta de imágenes es interminable, aunque rara vez el guión
tiene alguna variante. A la ansiedad que provoca la inseguridad se suma ahora
la angustia que despierta la impotencia por la impunidad y el cinismo que se
nos restriega en los ojos por la pantalla de un teléfono o una computadora.
Se dice que
sometidas a un progresivo calentamiento en una olla de agua, las ranas terminan
por sucumbir sin intentar escapar pues se van acostumbrando gradualmente al
agua hirviendo hasta que es demasiado tarde. Me pregunto si estamos cayendo en
una debacle irreversible sin que lo estemos advirtiendo.
En Nuevo
Laredo trascendió que bandas locales habían quemado alguna gasolinera por haber
desobedecido la orden de no vender combustible al ejército o a la Guardia
Nacional. Otra docena de establecimientos decidieron cerrar para no quedar mal
“ni con dios ni con el diablo”. Estos empresarios saben que el señor podrá
estar en Palacio Nacional, pero eso no los protege en un lugar tan cerca de los
infiernos. La extorsión en restaurantes y antros de los centros turísticos ya
es prácticamente generalizada, con la novedad ahora de que está llegando a la
colonia Roma o la Condesa de la Ciudad de México, a tiro de piedra del asiento
de los poderes nacionales
¿Cuánto
tiempo pasará antes de que se aparezca un fulano a la puerta de nuestra casa a
exigirnos una cuota mensual por encontrarnos en su territorio? ¿Creemos que
nunca va a suceder? Díganselo a alguien en Uruapan o en Playa del Carmen. ¿En
qué punto de la ebullición del agua nos encontramos?
El cambio de
Gobierno no ha modificado ni para bien ni para mal la tendencia expansiva que
ha seguido la violencia y la inseguridad en México. Es un fenómeno demasiado
arraigado y a partir de causas variadas y profundas que tomarán tiempo y
acciones a muchos niveles para tener un efecto. Los protagonistas de la escena
pública intentarán convertirlo en botín político echándose la culpa unos a
otros, pero lo cierto es que se trata de un asunto endémico en el que estamos
metidos todos.
No se si la
Guardia Nacional y las reformas judiciales que intenta la nueva administración
son las mejores medidas para atender el problema; lo que está claro es que lo
realizado en los últimos dos sexenios fracasó rotundamente. Es necesario exigir
y cuestionar porque es mucho lo que está en juego, pero tendríamos que
asegurarnos de no boicotear las propuestas por razones mezquinas, partidarias o
mera miopía. Una aproximación crítica que al mismo tiempo de el beneficio de la
duda es mucho mejor alternativa que mantenerse en el agua tibia que ya ha
comenzado a hervir.
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