Julio Astillero.
Difícil le
resultaría al Partido Acción Nacional encontrar una forma más clara de mostrar
su estancamiento, cortedad y desesperación que la ofrecida al convertir a
Vicente Fox Quesada no sólo en estrella principal de un desvalorizado festejo
cumpleañero de la agrupación derechista sino, aún peor, en presunto eje
organizador de un proyecto multipartidista de salvación nacional, en el
coordinador del presunto plan maestro para darle en la madre al proceso
autodenominado Cuarta Transformación.
Tenis en
lugar de botas e incluso una retórica en deterioro. El gran merolico de 2000 en
metamorfosis siempre caricaturesca, henchido de riqueza en su Centro Fox (luego
del estado de economía personal y familiar en crisis antes de llegar a Los
Pinos), convertido ahora en cañonero de críticas desgarbadas y ejemplo de
saltimbanqui histórico que expulsó al Partido Revolucionario Institucional de
la silla presidencial pero reprodujo sus vicios y terminó apoyando a los
candidatos de tres colores en 2012 (tapete de Peña Nieto) y en 2018, con José
Antonio Meade.
Y, sin
embargo, Acción Nacional lo ha recibido entre vítores, urgido el partido
derechista de hacerse de alguna figura que destaque entre la planicie actual en
la que Marko Cortés, el dirigente nacional formal, se redujo aún más al alzar el
brazo supuestamente victorioso de Fox. ¿El ex gobernador de Guanajuato es el
ejemplo del político de recambio que el panismo propone en lugar del tabasqueño
que hoy gobierna? ¿La ideología y el programa del panismo encarnan en la figura
del reciclado Fox? ¿Esta es la oferta de la oposición al obradorismo?
Antiguos
cómplices enlazados de nuevo en otro intento de organizar un frente eficaz
contra Andrés Manuel López Obrador: Fox, pero también Diego Fernández de
Cevallos, el abogado del poder que también ha hecho pronunciamientos sonoros
(mediante video, físicamente ausente al igual que Ricardo Anaya) contra el
manejo político andresino. Especialista en anunciar lo que luego se le habrá de
desmoronar o ni siquiera tenía realmente armado (así lo hizo durante su
sexenio), el entusiasta Vicente no guardó discreción sobre su supuesto equipo
antiobradorista: “Ya me reuní con Calderón, con Margarita, con Alito, ya me
reuní con los Chuchos del PRD y vamos a cabalgar de nuevo. Vamos a repetir el
2000 con estrategia, con inteligencia y descarando los engaños y mentiras de
este personaje”.
El
historiador Pedro Salmerón Sanginés, mientras tanto, caía de la dirección del
Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana a causa de
un escrito personal en el que habló de un comando de valientes jóvenes que,
pertenecientes a la Liga Comunista 23 de Septiembre, habrían intentado
secuestrar y habrían terminado asesinando al relevante empresario Eugenio Garza
Sada en Monterrey. Tal señalamiento de valentía juvenil fue el punto de
detonación de una andanada de críticas encabezadas por el antedicho Fox y por
Felipe Calderón Hinojosa, además de organismos empresariales y, obviamente, el
Partido Acción Nacional.
En lugar de
abrir un necesario debate acerca del periodo histórico en que jóvenes
convencidos de la cerrazón de los canales pacíficos para intentar cambios en el
país optaron por la vía de las armas, y también acerca de la contribución que
ese movimiento insurrecto hizo involuntariamente al rediseño del sistema
político (y electoral) mexicano, en un proceso que ha permitido la llegada al
poder de opciones pacifistas como el obradorismo, las cúpulas derechistas del
país aprovecharon la oportunidad para imponer su visión histórica y colocar en
predicamento el equilibrismo de la Presidencia de la República.
Salmerón se
enredó al transferir la responsabilidad de su personal renuncia al propio López
Obrador, al entregar su dimisión para que el tabasqueño decidiera si la acepta
o no, pero un rápido movimiento de la Secretaría de Cultura habilitó al
sustituto y pareció dejar el tema en el archivero de los hechos administrativos
consumados.
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