Dolia
Estévez.
La presencia de la 4T se dejó sentir en las
orillas del Potomac. Las celebraciones de la Independencia de México fueron
austeras y sencillas, con menos de un tercio de los invitados de otros años. Se
regresó al esquema de dar El Grito en el histórico edificio de mármol de la OEA
y no en el impersonal Museo Nacional de Arquitectura. La música no ensordeció.
La comida no fue un abundante bufete tipo crucero. Los músicos y cadetes no
fueron importados de México. El Salón de las Américas tampoco parecía
discoteca. Atrás quedó el show al estilo “Siempre en Domingo” amenizado por
personajes televisivos. Se marcó un antes y un después.
Pero el
cambio de mayor trascendencia fue otro. Por primera vez en la historia, el
festejo lo protagonizaron dos mujeres: la Embajadora Martha Bárcena y la
Representante Permanente de la Misión ante la OEA, Embajadora Luz Elena Baños.
Tras la arenga de vivas de Bárcena que invadió el salón de una voz femenina
profunda, Baños dio los campanazos con igual aplomo (video). Bárcena sumó a la
lista de vivas a Ortiz de Domínguez y Leona Vicario (una de las primeras
periodistas de México). Nunca antes el representante ante la OEA había tenido
un papel activo. Siempre en segundo plano. Las mujeres por lo general somos más
solidarias.
No fue
fácil alcanzar el peldaño donde están. Se lo ganaron escalafón por escalafón.
Golpe a golpe. Ambas son diplomáticas de carrera no a la carrera. Fueron
momentos emocionantes para los que vivimos fuera de México y para esta
periodista comprometida con la equidad de género. Grito con perfume de mujer.
Otro
cambio fue el atuendo. Con excepción de las esposas de los militares–que en
Washington tienen la presencia más nutrida de todo el mundo–las mujeres, sobre
todo las mexicanas, suelen ir con vestidos “fifí” o de diseñador. Bárcena lució
orgullosamente un imponente huipil de gasa de algodón blanco con hilo matizado
guinda, rosa y amarillo muy fino, elaborado con la técnica del telar de cintura
por las mujeres amuzgas del municipio de Xochistlahuaca, en la costa rica de
Guerrero. Parecía flotar cuando dio la media vuelta para tomar la bandera que
le entregaba la guardia militar. En las celebraciones comunitarias del fin de
semana también vistió huipil. Me animé a rescatar el mío del baúl de los recuerdos.
Lo compré hace 20 años. No lo había usado porque se decía que era ir
disfrazada. Me acordé de Chavela Vargas. “Hermoso huipil llevabas…”.
La
celebración mostró el poder de convocatoria que ha logrado la Embajada en la
corta vida del Gobierno de López Obrador. Un secretario de Estado interino
(Trabajo), dos subsecretarios, de Seguridad (McAleenan se disculpó a última
hora), y de Defensa; el segundo de USTR y el equipo completo que negoció el TMEC;
la subdirectora de Protocolo del Departamento de Estado; la subdirectora para
América Latina en el NSC; funcionarios de los departamentos de Justicia y de
Estado. El vicepresidente de la Cámara de Comercio, el director de OPIC, el
presidente de la Asociación de Transportistas; staffers de la oficina de Nancy
Pelosi y del Comité de Medios. Los ex embajadores Wayne y Jacobson, la esposa
del Embajador Landau; embajadores de Latinoamérica y Rusia; el director general
de la OEA, el director del Colegio Interamericano de Defensa, periodistas y
representantes de think tanks.
El número
de invitados se redujo de 2 mil a 640. Se dejó fuera a casi todo el personal de
la Embajada y del Consulado en Washington lo que provocó malestar. Bárcena
compensó la exclusión con una recepción con motivo del día de los Niños Héroes
en el Instituto Cultural Mexicano exclusivamente para el personal y sus
familias. Además, hubo criticas de propios y extraños porque las invitaciones
fueron individuales, sin acompañantes, como en el pasado.
Por
primera vez un Embajador salió de la capital para dar el grito ante comunidades
mexicanas en los suburbios de Washington. Solían darlos los cónsules. Bárcena
dio gritos en Bladensburg, un pequeño poblado con una enorme clase obrera
mexicana, y en Baltimore, la capital de Maryland. Se oyeron vivas a López
Obrador.
Con la
partida extra por 16 mil dólares que recibió la Embajada para el festejo se
cubrieron la renta del salón y la comida. Se contrató a un servicio de comidas
que ofreció una variedad de antojitos mexicanos (tacos, tamales, flautas,
elotes y pambazos). Los aguacates fueron donados por los productores de México
y el postre por el restaurante Oyamel. Las bebidas las patrocinaron la compañía
Constellation Brands y el Consejo Regulador del Tequila.
En 2018, la
celebración costó 165 mil dólares. No fueron fondos públicos. El Embajador
Gerónimo Gutiérrez fue autorizado por la SRE de Luis Videgaray a pasar la
charola entre las empresas privadas de ambos países para crear un fideicomiso
de patrocinio para El Grito y la recepción del 5 de mayo. Alrededor de 30 empresas
fondearon la factura de las extravagancias de los últimos años del peñismo. Al
margen de quién pague, El Grito debe ser una celebración cívica y no una
pachanga multitudinaria con margaritas y comida gratis al por mayor. “Vine
porque mi amiga tenía un boleto extra, pero no sé bien para quién es la
fiesta”. Es para México, respondí. Bienvenido el cambio.
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