Por Pablo
Gómez
Al
comentar el informe de Andrés Manuel López Obrador en la tribuna de San Lázaro,
las oposiciones se mostraron sin rumbo, sumidas en la queja más puntual y el
desconcierto sobre el tiempo que vive el país. No hubo propuesta.
La senadora
Beatriz Paredes, del PRI, y el diputado Xavier Azuara, del PAN, han presentado
un listado de preocupaciones y desacuerdos con aspectos concretos de la acción
del gobierno. Mas no fueron capaces de ofrecer atisbos de un programa, ni
siquiera de acciones legislativas para enfrentar grandes problemas nacionales.
Al acometer
la crítica de algunos aspectos de la nueva política del gobierno, aunque sin
analizar cada asunto, Beatriz Paredes se preguntaba qué hacer, cómo
resistir, cómo responder, pero nunca contestó a sus propias interrogantes.
Por su lado,
el vocero de Acción Nacional aportó también una dosis de preguntas sobre sus
propias conclusiones, pero sin hacer análisis ni proponer algo. “¿Cómo
explicarles a los mexicanos que sus libertades y esperanzas se están
desvaneciendo poco a poco?”, interrogó al Congreso de la Unión, pero como la
pregunta era un simple recurso para hacer una aseveración sin argumento, dejó
la respuesta quizá para otra ocasión.
El método
de la pregunta sin respuesta opera en esa clase de discursos como medio para
afirmar que algo está mal, pero sin tener que analizar la realidad que se
pretende someter a crítica.
Según el
PAN, “hoy la patria sufre las mieles del poder absoluto”. El diputado panista
no sólo se ahorró la presentación de los motivos de su dicho, sino que tampoco
ofreció la más simple definición del concepto de “poder absoluto”.
La doble
derrota política, la del partido gobernante (PRI) y la de aquel que estaba casi
seguro de que volvería al poder (PAN), ha conducido infortunadamente a una
desorientación de ambos. El mayor problema que tienen esos partidos es que aun
juntos no podrían controlar el Poder Legislativo, como lo hicieron durante
varios lustros.
Su acción
política se ha reducido, así, a la queja, el lamento y la diatriba.
Ninguno
de los dos partidos puede plantear abiertamente que se aplique la política de
los sexenios que van de Carlos Salinas a Enrique Peña Nieto, pasando por la
interrupción política, pero no programática, de Vicente Fox y Felipe Calderón.
En realidad, la derrota ha sido sufrida por los portadores políticos del
programa neoliberal.
Proponer
otra vez el neoliberalismo es difícil, aunque no imposible. Para ello se
recurre a exigir que todo se conserve porque es institucional y producto del
devenir nacional. Se dice que está bien combatir la corrupción, pero se alerta
que eso, como parte del discurso justificante del gobierno, puede “concluir en
la demolición de las instituciones”, según Paredes.
Es así
como el PRI exige que no se toquen estructuras administrativas y empleos del
gobierno anterior, no obstante, lo lento que ha sido López Obrador en la tarea
de renovar el aparato del Estado. El cambio político de hoy no es como fue
aquella interrupción panista entre los años 2006 y 2012, sino que busca la
ruptura del viejo régimen, luego del fracaso del neoliberalismo y la crisis del
Estado corrupto.
Lo que
discuten los opositores son cosas como la forma de entregar el subsidio a las
estancias infantiles para hijos de trabajadoras no asalariadas, pero
directamente, sin desviar fondos hacia negocios con frecuencia inescrupulosos.
También recuerdan
asuntos definitivamente resueltos como la cancelación de la obra de Texcoco, el
fabuloso aeropuerto que iba a ser, o el proyecto de construir una refinería,
como la que alguna vez fue ordenada por Felipe Calderón, pero no pasó de la
inútil compra del terreno a costa del estado de Hidalgo y el levantamiento de
la barda perimetral.
No es
posible hoy discutir con las oposiciones sobre el cambio de rumbo económico,
social y político del país porque ellas no quieren tocar ese tema. La discusión
entre partidos está ubicada, por desgracia, en el método de las pedradas, las
quejas puntuales y las injurias. “Estamos defendiendo la agonizante libertad
que nos queda”, ha dicho, muy convencido, el portavoz panista.
Las
oposiciones tardarán, en la mejor de las situaciones posibles, en proponer un
programa congruente con los intereses e ideas de ellos mismos.
La nueva
fuerza gobernante, por su parte, debe mejorar su forma de interlocución social
si quiere que se discuta su proyecto y, en consecuencia, se robustezca y
mejore.
El
soliloquio actual se está agotando, por lo cual hay que promover una amplia
comunicación en la que tome parte todo el gobierno y los legisladores. Si la
oposición no puede discutir temas de fondo, entonces hay que hacerlo con las
organizaciones sociales y la academia.
Es verdad
que se requieren respuestas puntuales a los partidos de oposición, pero sería
un error limitarse a ellas porque la sola discusión en ese terreno impide las
explicaciones de los temas de gran calado y del sentido de los cambios que se
están realizando y de los que se pretenden llevar a cabo.
Hay que
abrir el debate. El país no va a poder resistir un prolongado vacío de
discusiones políticas porque vive un proceso de cambio, cuyas realizaciones
tienen que ser ubicadas en el terreno de la controversia como una necesaria vía
para ser comprendidas por todos.
Tómese un
acuerdo en principio: es imposible que el líder de la 4T, Andrés Manuel, se
haga cargo de explicar, argumentar y replicar personalmente, sobre todo.
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