Raymundo
Riva Palacio.
Andrés
Manuel López Obrador asegura que reelegirse no está en su cabeza ni en sus
planes. Muchos no le creen, pero esta idea también ha sido muy consistente a lo
largo de los años. Sin embargo, el hecho de no pretender hacerlo, no significa
que la construcción de un andamiaje para la preservación de su proyecto a
través de los años, no sea de la más alta prioridad. A López Obrador le urge
establecer esas bases para levantar el nuevo edificio que eternice lo que
comenzó en diciembre. Sabe, porque así lo ha dicho, que el respaldo popular que
tiene ahora es efímero y tiene que aprovecharlo. Hay quien piensa que su ideal
es un Maximato, como el de Plutarco Elías Calles, pero no es así. Le urge
consolidar su visión de país de forma muy rápida, porque cree que su corazón no
le alcanzará para acabar el sexenio –pese a que no hay ningún indicio de que esté
mal, incluso su rechazo a viajes largos en avión tiene que ver con este temor.
Al gran plan
de López Obrador lo abraza el discurso de la cuarta transformación, pero nunca
aparece en la retórica ni se observa desde el exterior del gobierno. Es, sin
embargo, un ambicioso proyecto electoral muy inteligentemente diseñado. Está
montado sobre las 266 coordinaciones regionales y territoriales donde operará,
cuando esté desplegada totalmente la Guardia Nacional. En esos puntos no sólo
se concentrará el esfuerzo para tratar de restablecer la seguridad, sino que se
acompañará con la aplicación de la mayor parte de los programas sociales para
que, de acuerdo con la promesa presidencial, se demuestre que con trabajo y
bienestar se resuelve el problema de la seguridad y valide su estrategia. El
resto del país fuera de esas regiones, es desechable.
En esas
zonas se concentra la mayor parte de la población, mayoritariamente urbana y
electoralmente valiosa. No tienen que buscar el apoyo de todo el país, sino
basta con el voto mayoritario en esos 266 puntos. La cuarta transformación se
ancla a este proyecto. No es una tarea sencilla. Hoy la presencia y legitimidad
de López Obrador le permite tener una concentración absoluta del poder. Pero el
traslado automático de esa autoridad sobre los electores es imposible. López
Obrador ha venido haciendo un trabajo de poda para sembrar la semilla de
Morena, achatando y mediatizando a la sociedad, neutralizando y anulando a
quienes discrepan de su proyecto, y realineando a las instituciones a su modo.
Junto con
ello, la arquitectura jurídica que permitirá el cambio de régimen está
prácticamente completa, al haber sido desmanteladas las reformas energética y
educativa que deseaba aniquilar López Obrador. Por la vía de los amagos y jugando
con los tiempos, ha ido remplazando con incondicionales a los miembros de los
órganos autónomos reguladores para que operen a favor del proyecto. Con
manotazos también ha logrado que el sector privado, en muchos casos temeroso,
acceda –por ahora básicamente de palabra– a colaborar en la construcción del
México que imagina.
Con amenazas
de iniciar investigaciones penales ha paralizado a la clase política y limitado
sus posibilidades de organización opositora. Sus campañas de difamación han
buscado inhibir al pensamiento crítico. De manera clara ha iniciado el proceso
de creación de instituciones sobre las cenizas de las instituciones de la
segunda generación de reformas democráticas, como el Instituto Nacional
Electoral y la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, o para deshidratar a
las universidades públicas a través de la creación de sus 100 universidades de
adoctrinamiento para sus cuadros.
El modelo de
López Obrador es un cambio del viejo régimen por el nuevo régimen, que toma del
sistema político que se encuentra en agonía lo que le sirve para su
perpetuación, el control lineal sin disidencia, una vieja tipología autócrata,
para dirigir verticalmente el dinero de los recursos sociales a la creación de
entornos en paz y construir bolsas de bienestar de donde esperan obtener en
cada votación el apoyo a las y los candidatos de Morena. La ingeniería
electoral es la base de todo. López Obrador dice que el éxito del 1 de julio
fue haber trabajado las secciones electorales, que suman en total 68 mil 436. Y
como está el diseño para Morena, en sólo una fracción de ellas está la llave de
la victoria.
El tema
electoral es lo único que le importa a López Obrador al 100 por ciento. En sus
giras, a lo que dedica tiempo es a hablar con los líderes de Morena locales
para que le den un informe de cómo se va implantando el partido y dónde hay
alertas que tienen que atenderse. En Palacio Nacional, una de las tres personas
más influyentes en López Obrador es Gabriel García Hernández, el coordinador de
los delegados federales, quien es el cerebro de este plan. García Hernández es
quien define dónde se aplicarán los programas sociales, seleccionados por valor
electoral, y tiene superioridad jerárquica, aunque metalegal, sobre los propios
miembros del gabinete.
El diseño es
llevar el clientelismo a un nivel superior y más sofisticado, con apoyos
estratégicamente dirigidos, donde toda la estructura piramidal tiene como
cabeza de playa a los “servidores de la nación”, las brigadas desplegadas en el
país para que al alimón de los trabajos que realizan, como el Censo del
Bienestar o la entrega de programas sociales, reclutan cuadros para Morena. El
gobierno está montado sobre ese plan y debe operar en función a sus intereses.
Por ahora no hay nada que pueda enfrentarlo o vulnerarlo. Es decir, si no
sucede algo extraordinario en el país, Morena habrá para rato y López Obrador
para siempre.
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