Pablo Gómez.
El
gobierno de Andrés Manuel López Obrador había anunciado una nueva política
frente a la crisis de violencia delincuencial que vive México. Eso ocurrió
desde que el ahora presidente era candidato.
Sin embargo,
cuando se produjo el incidente de Culiacán el jueves 17 de octubre, la
oposición actuó como si el país viviera bajo el gobierno de Felipe Calderón o
en la guerra continuada de Enrique Peña Nieto. Para los diputados opositores el
escándalo había consistido en el repliegue del operativo para detener a uno de
los hijos del Chapo Guzmán y no en el despliegue del cártel de Sinaloa en todo
un sector de la ciudad.
La
conducta del gobierno fue comprendiéndose poco a poco, en tanto que se
asimilaba la alternativa imperante en el momento del repliegue, así como el
costo que hubiera sido necesario pagar con el enfrentamiento armado.
La
política de López Obrador no consiste en la búsqueda del choque armado que,
como ya se ha demostrado, genera más violencia y mayores daños humanos.
La nueva
conducta del gobierno parte de analizar la crisis delincuencial en su
complejidad social y política. Ante el colapso de la estrategia neoliberal
empobrecedora y estratificadora, así como ante la crisis del Estado corrupto,
entendido éste como sistema de gobierno, el fenómeno de proliferación de
cárteles y de lucha entre los mismos reclama intentar aislar esa delincuencia a
través de una nueva política social, un combate a la corrupción, un nuevo
esquema de seguridad pública y procuración de justicia, así como una nueva
actitud frente a las drogas.
La
decisión del gabinete de seguridad en el sentido de ordenar el repliegue,
posteriormente apoyada por el presidente, fue del todo congruente con esa nueva
pauta que se tiene frente a un fenómeno que no se va a eliminar con la sola
detención violenta de un capo ni con puros enfrentamientos armados.
El
incidente de Culiacán no es algo aislado, aunque éste haya sido especialmente
grave y escandaloso. No es verdad que vaya a haber un antes y un después del 17
de octubre, ni que sea nueva la falta de control gubernamental del territorio
ante la profundidad de la delincuencia armada. Lo nuevo ha sido la actitud
asumida por el gobierno, su capacidad de repliegue para evitar una
confrontación violenta que quizás hubiera llevado a muchas muertes, tanto de
agentes del gobierno y delincuentes como de personas ajenas.
Culiacán
está por doquier en alguna medida. La crisis de violencia delincuencial es
profunda y extendida. Todos los días ocurren enfrentamientos, ya sea con la
fuerza pública o entre los mismos cárteles o pandillas que tienen sus guerras
particulares, todo lo cual conlleva daños contra la población en general.
Se ha
llegado a decir que la ley debe aplicarse aun frente al inminente peligro de
violencia y graves daños que se puedan generar. Este planteamiento es
cuestionable de por sí, aunque no sea extraño cuando lo formula la oposición
política. Pero resulta condenable cuando procede, como ha sido el caso, del
organismo nacional de defensa de los derechos humanos por boca de su
presidente. Esta ha sido una vergüenza internacional.
Ni la
elevación de penas ni la generalización de la prisión preventiva oficiosa, las
cuales siguen de moda, deberían formar parte del nuevo esquema del gobierno
para hacer frente a la crisis delincuencial de violencia. Así como se desechó
la “guerra” contra los cárteles, se tiene que admitir a plenitud que la
seguridad pública debe asentarse en reformas sociales y en una nueva política
criminal.
El
Culiacán que tenemos casi por doquier no será eliminado con el uso de las
ametralladoras, aun cuando sean muchas veces necesarias, sino con una nueva
construcción que acabe con el Estado que lo prohijó. Este camino es el que se
ha abierto. No permitamos que se cierre.
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