Jorge Javier
Romero Vadillo.
Cuando, en
febrero de 2015, el entonces Presidente Enrique Peña Nieto envió su terna para
sustituir al fallecido Ministro Sergio Valls en la Suprema Corte de Justicia de
la Nación, era evidente que las nominaciones de un profesor de la Escuela Libre
de Derecho y de un magistrado federal no eran sino el relleno para impulsar el
nombramiento de Eduardo Medina Mora. Aquella nominación despertó un inmediato
rechazo entre quienes estudiábamos los terribles efectos de la guerra contra
las drogas, declarada en el sexenio anterior por Felipe Calderón, con Medina
Mora como Procurador General de la República y pieza fundamental de la
desastrosa estrategia.
Los
antecedentes del personaje, con evidentes conflictos de interés que le impedían
ser un juez imparcial en temas que involucraban inevitablemente su actuación
como jefe de la inteligencia y efímero Secretario de Seguridad durante el
Gobierno de Vicente Fox y, sobre todo, como procurador de la primera mitad de
Gobierno de Calderón, hacían que nos pareciera escandalosa su candidatura a
ocupar un puesto de juez constitucional. Por ello, Catalina Pérez Correa, Alejandro Madrazo y yo
decidimos promover una carta–petición, difundida a través de la plataforma
Change.org, para levantar firmas contra la designación, la cual logró
rápidamente decenas de miles de adhesiones de la comunidad académica, de
activistas en temas de derechos humanos y de la ciudadanía.
El impacto
de la petición hizo que fuéramos recibidos en el Senado y que senadores de
distintos grupos parlamentarios manifestaran su coincidencia con nuestros
planteamientos, que iban más allá del rechazo a la persona concreta y
planteaban la necesidad de un escrutinio legislativo mucho más acuciosos de lo
acostumbrado ante ese tipo de nombramientos, de propuesta presidencial y
ratificación legislativa. Finalmente, Medina Mora fue designado con una
apretada mayoría calificada de 83 votos, mientras algunos senadores que nos
habían apoyado discursivamente se escabullían de la sesión con algún pretexto
para no votar en contra, lo que hubiera evitado la errada designación.
Así llegó
Eduardo Medina Mora a Ministro de la Suprema Corte. Menos de cinco años después
ha quedado claro que teníamos razón cuando pedíamos que no se le designara. Su
turbio nombramiento ha sido superado por su patética salida, en medio de la
sospecha de que lo han atrapado por su larga cola corrupta y, desde el
Gobierno, lo han forzado a renunciar por sus turbios manejos financieros. Como
siempre en la historia de México, la tolerancia sistémica a la corrupción, que
lleva a que todos los altos cargos tengan cadáveres en el armario, ha servido
como mecanismo de disciplina. Nada nuevo, solo la expresión de la persistencia
de una trayectoria institucional en la que la justicia no es más que un
instrumento para negociar la desobediencia y otorgar privilegios.
El
cenagoso proceso de renuncia de Medina Mora, un desastre tanto constitucional
como legalmente, de acuerdo con el Ministro en retiro José Ramón Cossio, pues
no se cumplió con el requisito de acreditar la gravedad de la causa que motivó
la renuncia ni por parte del renunciante, ni por la del presidente de la
República que la aceptó, ni por el Senado que la aprobó por mayoría calificada,
es muestra del poco aprecio que se tiene por la legalidad en México. Pero
mostró algo mucho más grave aún: la pertinacia de la trayectoria institucional
de sumisión al ejecutivo que sigue dominando la vida política nacional. Una
judicatura dócil y un legislativo domeñado, donde el líder de la mayoría se da
el lujo de propiciar que la aceptación de la renuncia se haga por mayoría
calificada, aun cuando ello no es requisito explícito, solo para mostrar el
dominio que tiene sobre el pleno senatorial, donde la oposición ha claudicado y
es incapaz de usar siquiera el pode mermado que tiene. El problema de México
hoy no es López Obrador y sus pretensiones de concentración de poder, sino la
desaparición del contrapeso que en una democracia constitucional deben ejercer
los legisladores de oposición. Que nadie se llame a sorpresa cuando volvamos a
los tiempos de la presidencia como encarnación única de la voluntad general.
Queda, para
desagrado presidencial, la sociedad civil. Aunque también débil, de suyo
plural, expresión de intereses y sensibilidades diversas, es de ahí donde
surgen las voces de la resistencia al derrumbe del endeble entramado
democrático que se ha construido en el país. De aquella movilización virtual
ciudadana contra la designación de Medina surgió después el movimiento
#SinCuotasniCuates, que ha exigido en los siguientes procesos de nombramiento
de ministros, tanto los que hizo Peña Nieto como en los de López Obrador,
transparencia y análisis escrupuloso por parte del Senado de los nominados a
ocupar altas magistraturas del Estado. Una causa que se reanima ante la
inminente presentación de la terna presidencial para sustituir al fallido
Ministro.
Bien dice
Alejandro Madrazo Lajous que la renuncia de Medina ha dejado en evidencia la
precaria salud de las instituciones mexicanas, pues es una cuestión muy
delicada que un Ministro del más alto tribunal del país esté probablemente
involucrado en lavado de dinero, pero también es muy grave que su renuncia
desate las sospechas sobre las intenciones del ejecutivo de controlar al poder
judicial a través del nombramiento de un nuevo Ministro o ministra dócil a sus
designios. De ahí que el foco lo debamos poner de nuevo, como en 2015 y en
2018, en el procedimiento de designación, que ya ha dado muestras evidentes de
caducidad, pues deja amplio margen para la discrecionalidad presidencial.
Si de
legitimar al poder judicial se tratare, bien haría López Obrador en atender el
llamado que le ha hecho un grupo de organizaciones civiles y ciudadanos para
presentar una terna que surja de un mecanismo de preselección, a partir de
consultas con las comunidades académicas y de profesionales del derecho y la
judicatura, para seleccionar a tres buenas candidatas que sean sometidas, ya
durante el proceso parlamentario de designación, a un amplio escrutinio público
sobre sus trayectorias y capacidades, de manera que sean estas, y no la
cercanía con la coalición de poder, las razones que sustenten el nombramiento.
Que sea
mujer la nueva integrante de la Corte es indispensable para hacer realidad el
criterio de paridad en todo que ha sido ya aprobado por el legislativo. Esa
sería la mejor ruta para desmentir las sospechas sobre la intención del
Gobierno de someter al poder judicial. El Presidente tiene una oportunidad en
sus manos.
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