Jorge Javier
Romero Vadillo.
México
está a punto de dar un paso trascendental, de impacto mundial, para dejar atrás
la prohibición de las drogas, que durante el último siglo ha sido la estrategia
con la que se ha pretendido enfrentar los consumos potencialmente riesgosos de
sustancias psicotrópica, con resultados desastrosos para la salud, la libertad
y la seguridad de los consumidores y con secuelas catastróficas para las
instituciones estatales, debido a la cauda de corrupción y violencia que ha
dejado.
Ha sido en
torno a la marihuana donde se han dado los pasos más notorios para el
desmantelamiento de la estrategia prohibicionista, desde el experimento pionero
de los Países Bajos, donde desde la década de 1970 ha existido tolerancia al
comercio al menudeo y al consumo de cannabis. Desde la última década del siglo
pasado en los Estados Unidos comenzó a avanzar la regulación de los usos
médicos del cannabis y ahora ya son 33 estados donde esto ha sido regulado.
Desde 2012 con los referendos de Colorado y Washington, también ha avanzado la
regulación para el uso recreativo y ya son hoy once estados donde los adultos
pueden consumir legalmente marihuana.
Casi con
toda probabilidad México será el tercer país del mundo, después de Uruguay y
Canadá, que legisle para regular de manera integral la marihuana, con lo que
dejaría atrás cien años de absurda y contraproducente prohibición.
Probablemente hoy mismo se vote en comisiones del Senado un dictamen de Ley
General para la Regulación y el Control del Cannabis, además de reformas a la
Ley General de Salud y al Código Penal Federal. De la manera en la que se
concrete esa legislación dependerá si se logra acabara exitosamente con el
despropósito prohibicionista y si, además, se logra proteger la salud, prevenir
y atender los consumos problemáticos, se evita que la regulación acabe siendo
controlada por grandes empresas que pongan por delante sus intereses
mercantiles, aun a costa de los consumidores y si le hace justicia a los miles
de víctimas de décadas de persecución de consumidores, vendedores al menudeo y
productores, que han sido extorsionados y encarcelados por delitos no
violentos.
El riesgo
de una mala legislación, sin embargo, ha aparecido en los últimos días con un
predictamen impulsado por el presidente de la Comisión de Justicia de la Cámara
de Senadores, Julio Menchaca, con disposiciones que deformarían en su
nacimiento el mercado legal del cannabis y lo dejarían en manos de las grandes
compañías que se han desarrollado en el mercado legal de Canadá. La legislación
canadiense ha favorecido el surgimiento de una industria integrada
verticalmente, con alta inversión en semillas modificadas y especificaciones
técnicas que limitan fuertemente la participación de pequeños productores
artesanales, en condiciones climáticas y productivas muy diferentes a las de
México.
Aquí, en
cambio, existe una larga tradición de producción campesina de marihuana a campo
abierto, aunque hasta ahora esos productores han estado bajo el yugo del
narcotráfico y han sido las víctimas más débiles de la persecución estatal del
cultivo. Esos campesinos han acumulado un gran conocimiento tácito sobre las
mejores condiciones para el cultivo en las condiciones de la geografía mexicana
y merecen beneficiarse de las nuevas condiciones de legalidad que están a punto
de abrirse. Debería ser un acto de justicia crear condiciones para que, después
de años de clandestinidad, usen sus conocimientos para sacar provecho del nuevo
mercado regulado.
De manera
lamentable, el predictamen del senador Menchaca los excluye, en beneficio de
las trasnacionales canadienses, en las que ya han invertido las grandes
empresas tabacaleras y alcoholeras. Con una serie de barreras de entrada
absurdas, el documento en circulación genera mecanismos discriminatorios para
los productores tradicionales. La exigencia de “trazabilidad” de las semillas
implica, por ejemplo, que solo serán legales aquellas que tengan ciertas
características genéticas, es decir, las producidas por empresas con capacidad
tecnológica para desarrollarla. Los “cocos” · de las variedades tradicionales
mexicanas seguirían en la clandestinidad y no podrían acceder al nuevo mercado.
Lo mismo ocurriría, por ejemplo, con la exigencia de empaquetados “compostables
y biodegradables”, de alto costo y lejos del alcance de los pequeños
productores artesanales. Enmascarada en una pretendida preocupación
ambientalista se esconde una barrera de entrada solo superable por las grandes
empresas.
El proyecto
de Menchaca también incluye disposiciones que acarrearían discriminación a
las mujeres embarazadas y en periodo de lactancia, a las que, sin evidencia
sólida que lo sustente, se les seguiría prohibiendo y sancionando el consumo.
Una visión sesgada que ha provocado enormes injusticias en Estados Unidos,
donde a las madres consumidores se les aparta de sus hijos y se les estigmatiza.
La
regulación mexicana debería, en cambio, poner atención en las concreciones de
nuestra realidad social e institucional, de manera que evite la integración
vertical de grandes empresas que pudieran acabar capturando al regulador, en
detrimento de la salud y los intereses de los consumidores. Debería generar
incentivos para integrar al mercado legal a los campesinos hoy perseguidos, con
todos sus conocimientos de la planta y de su cultivo, como un acto de justicia
que contribuiría a sacarlos de la marginación y la pobreza al incluirlos en un
mercado potencialmente redituable, sobre todo en lo que toca a la producción de
cáñamo para usos industriales.
Hay otras
propuestas sobre la mesa, varias que plantean la creación de una empresa
estatal intermediaria entre los productores y los distribuidores. A pesar de
las burlas que ese modelo regulatorio ha provocado, un organismo público de ese
tipo prevendría la concentración oligopólica dominada por las trasnacionales
canadienses y podría fomentar la producción campesina, con estímulos a la
innovación tecnológica de los productores tradicionales, en lugar de barreras
de entrada discriminatorias. Es indispensable que las comisiones del Senado
hagan un trabajo responsable.
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