Raymundo
Riva Palacio.
El Senado
discutió el martes la desaparición de poderes en Guanajuato, Tamaulipas y
Veracruz, solicitada por el PAN contra un gobierno de Morena, y por Morena
contra dos gobiernos del PAN. La justificación en los tres casos es por los
altos índices de criminalidad y la falta de respuestas adecuadas por parte de
las autoridades. Todo esto es una farsa. Están jugando con espejos para
disfrazar sus vendettas políticas, como parte de una lucha ratonera entre dos
fuerzas que avanzan rápidamente a una confrontación total. Es un juego que no está
claro dónde va a terminar y cuánto durará su pretensión de engañar a todos.
Los
revanchismos sobre esos gobiernos tienen que ver con temas que rebasan por
mucho el de la seguridad, el pretexto para destituir a Diego Sinhue Rodríguez
en Guanajuato, Cuitláhuac García en Veracruz, y Francisco Javier García Cabeza
de Vaca en Tamaulipas. Los panistas fueron por la cabeza del gobernador de
Veracruz tras la destitución forzada del exfiscal Jorge Winckler, que había
nombrado el exgobernador panista Miguel Ángel Yunes. La acción contra el de
Tamaulipas se dio como respuesta a una presunta ejecución de ocho personas por
parte de policías estatales en Nuevo Laredo. Y contra el guanajuatense, la joya
económica del PAN, aprovechando el hecho de que el robo de combustible no ha
podido ser controlado. Las razones, sin embargo, no se sostienen.
De acuerdo
con el Sistema Nacional de Seguridad Pública, esas tres entidades están muy
lejos de estar entre las más violentas del país. Guanajuato se encuentra en el
lugar nueve (mil 542 homicidios dolosos por cada 100 mil habitantes entre enero
y agosto), Tamaulipas figura en el 21 (792 homicidios dolosos), y Veracruz está
en el 28 (407). Si los senadores y senadoras estuvieran realmente preocupados
por la seguridad, serían otras las entidades donde pondrían el ojo: Colima, el
más violento, con 2 mil 315 homicidios dolosos por cada 100 mil habitantes;
Querétaro, que ha tenido mil 995; Aguascalientes, con mil 917; la Ciudad de
México, con mil 874, y Baja California, con mil 882. En Veracruz se dio la
mitad de las víctimas de delitos que en la Ciudad de México, pero el énfasis
está en Cuitláhuac García, no en Claudia Sheinbaum. Ese realmente no es el
problema de fondo.
Al pretexto
balín que anteponen, se suman lecturas incorrectas de la Constitución. Para uno
de los más reconocidos constitucionalistas, el maestro Elisur Arteaga, “las
amenazas de los panistas y morenistas son simples bravatas, (y) están
encaminadas a producir ruido. No van más allá”. Arteaga ha explicado y
documentado cómo, de acuerdo con el artículo 76 fracción V de la Constitución,
el Senado no puede desaparecer los poderes en las entidades. “A lo que lo
faculta ese precepto es simplemente a certificar la desaparición de los
poderes, cuando realmente no existen, y a declarar, con vista a esa
certificación, que es llegado el caso de designar gobernador provisional”,
abundó.
“La
aprobación de la certificación de haber sido desaparecido por poderes de una
entidad, se hace por el voto de más de la mitad de los senadores presentes, lo
que significa que los panistas, ni contando con el voto de los priistas y los
perredistas, podrían lograrla. Los senadores de Morena, si bien pudieran contar
con los votos necesarios para aprobar una declaración de esa naturaleza, no les
alcanzaría para nombrar gobernador provisional, pues de conformidad con ese
mismo precepto, el nombramiento de gobernador se debe hacer contando con el
voto aprobatorio de las dos terceras partes de los senadores presentes”.
Según
Arteaga, “ni uno ni otro sacarían provecho de su acción y, en cambio, meterían
ruido donde hay silencio y más desorden donde hay menos desorden. Si en estos
momentos esas entidades, contando con autoridades legítimas, se muestran
ingobernables por el alto índice de criminalidad, mucho más lo serían para el
caso de que resultaran gobernadas por autoridades impuestas y derivadas de una
errónea interpretación del texto constitucional”.
Arteaga
aporta la interpretación jurídica frente a la aberración jurídica en la que
están incurriendo panistas y morenistas en el Senado, y el Sistema Nacional de
Seguridad Pública contradice las intenciones políticas con los datos duros de
cómo los gobernadores que quieren destituir, no son quienes, por esas razones
de incapacidad en el combate a los criminales que provocan la violencia,
deberían de estar en la picota. Pero está claro que tampoco se trata de eso.
No son
serias nuestras legisladoras y legisladores, ni están actuando con
responsabilidad. Están dispuestos a torcer la ley para satisfacer apetitos
vengativos y manejar tramposamente las estadísticas y la información dura,
engañando a la ciudadanía. El maniqueísmo de sus acciones y declaraciones ha
contribuido a la falta de referentes sólidos en el debate público, y a la
creciente fabricación de argumentos falsos y contextos inexistentes.
La confusión
que generan refuerza la vacuidad deliberativa en la que nos encontramos, donde
la sonoridad, aún sin fundamento, es lo que domina en el ruido ensordecedor de
nuestra política. No era lo que se esperaba de ellos cuando se les dio el voto,
pero es la forma como responden, despreciando con su traición a quien los
eligió, y sumándose a una clase política ruin que contribuye a la confusión. No
estamos pasando por el momento de mayor luminosidad en nuestra vida pública,
pero sí por tiempos donde la farsa predomina en los asuntos públicos. Sus
pugnas políticas devienen vendettas y conducen a discusiones tramposas. Son
éstas signo de los tiempos, ante lo cual no se puede claudicar. La
mediatización no ayudará a nadie, empezando por aquellos que ven en ella la
nueva forma de hacer política.
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