Arnoldo
Cuellar.
El
Secretario de Salud de Guanajuato, Daniel Díaz Martínez, realizó un viaje de
trabajo a Islandia, país insular del Atlántico Norte que, con una superficie de
103 mil kilómetros cuadrados, tres veces la extensión de Guanajuato, tiene
apenas poco más de 350 mil habitantes, con una densidad de 3.4 habitantes por
kilómetro cuadrado.
Islandia es,
además, el sexto país más desarrollado del mundo en la clasificación de la ONU
y el que ocupa el primer lugar en el Índice de Paz Global, lugar que ha
mantenido desde 2008.
Ese país
idílico, donde incluso el clima es menos extremoso que en otros países de su
misma latitud, gracias a la corriente del golfo, se logró enfrentar y controlar
un fenómeno de adicción de adolescentes y jóvenes a drogas legales e ilegales,
con cifras realmente impactantes.
Un reportaje
de divulgación publicado en la acreditada publicación Mosaic en Internet,
firmado por la reportera Emma Young en enero de 2017 y retomado por el
periódico El País, señala entre una amplia serie de datos y testimonios, lo
siguiente:
Actualmente,
Islandia ocupa el primer puesto de la clasificación europea en cuanto a
adolescentes con un estilo de vida saludable. El porcentaje de chicos de entre
15 y 16 años que habían cogido una borrachera el mes anterior se desplomó del
42 por ciento en 1998 al 5 por ciento en 2016. El porcentaje de los que habían
consumido cannabis alguna vez ha pasado del 17 por ciento al 7 por ciento, y el
de fumadores diarios de cigarrillos ha caído del 23 por ciento a tan sólo el 3
por ciento.
El éxito del
programa islandés no vino por un sólo programa o una medida, sino que se debió
a un conjunto complejo de interacciones que involucraron al Gobierno en todos
sus niveles, al sistema educativo, al complejo deportivo y recreativo y,
principalmente, a las familias.
Implicó
medidas tan drásticas como leyes para prohibir a los jóvenes deambular por las
calles después de ciertos horarios, en una especie de toque de queda juvenil.
Sin embargo, antes que todo se inició con un diagnóstico profundo de los
sentimientos, necesidades y preocupaciones de la población joven del país.
El sicólogo
norteamericano Harvey Milkmanquien ha participado en el proceso y da clases en
la Universidad de Reikiavik dos meses al año, lo califica como “el estudio más
extraordinariamente intenso y profundo sobre el estrés en la vida de los
adolescentes que he visto nunca”.
El
cuestionario, que buceaba en la vida de los adolescentes, su comportamiento
individual y social, las relaciones con sus padres, sus motivos de satisfacción
y de preocupación, se aplicó a todos los chicos y chicas de 14 a a 16 años en
1992 y se repitió en 1995 y 1997.
Los datos de
la encuesta y oros resultados de estudios diversos fueron el motor para que las
autoridades de la ciudad de Reikiavik y del Gobierno islandés se involucraran
de manera directa en la instrumentación de un plan que fue nombrado “Juventud
en Islandia”.
En base a
ello las leyes cambiaron, se penalizó la compra de tabaco y alcohol para
menores de 18 y 20 años respectivamente; se formaron organizaciones de padres
por mandato legal, se involucró a estos en los consejos escolares y se enfocó
en los padres la necesidad de que pasasen más tiempo con sus hijos. El “toque
de queda” plasmado en una ley prohibió a los adolescentes de entre 13 y 16 años
salir a la calle después de las 22 horas en invierno y de la medianoche en el
verano, lo que sigue vigente.
Se formó un
organismo nacional llamada Casa y Escuela que aglutinó a las organizaciones de
padres, que orientó la firma de compromisos y superviso su cumplimiento. Las
reglas se establecen por consenso peor una vez decididas se cumplen
obligatoriamente.
Además de
eso, aumentó significativamente el subsidio desde el estado a clubes deportivos
y artísticos; se respaldó económicamente a las familias más pobres para que sus
hijos no quedaran marginados de esas actividades. Además, las encuestas sobre
el sentir de los adolescentes han continuado año con año, lo que permite
recibir información fresca que propicia la flexibilidad del programa.
El éxito del
programa ha permitido que se convierta en un producto de exportación para el
Gobierno islandés y para su universidad. Sin embargo, el programa aún no
replica el éxito de su lugar de nacimiento en ninguna otra parte.
En realidad,
como dice un especialista, lo que han hecho los islandeses es aplicar “un
sentido común forzoso”. Es algo que bien podría ocurrir en otras partes del
mundo utilizando los valores y las ideas locales.
Por ello,
que la breve estancia del secretario de salud de Guanajuato en el país nórdico
sea traducida por la propaganda gubernamental, emitida por diversos medios de
comunicación que se prestan a convertir los boletines de prensa en noticia de
ocho columnas, en la instrumentación automática de un programa contra las
adicciones “como en Islandia”, nos pone de regreso en el escepticismo que suele
despertar el ánimo propagandista del Gobierno de Diego Sinhue.
Habría que
esperar a que se anuncie con datos pormenorizados lo que contendrá este
proyecto, la cantidad de recursos que se le asignarán, qué de todo lo realizado
en Islandia puede aplicarse en Guanajuato, que para empezar tiene una población
de adolescentes y jóvenes que casi duplica la del total de los islandeses.
Por ejemplo,
se aprecia muy complicado que aquí pudiera legislarse un toque de queda para
los menores de 16 años; el subsidio a las familias para el deporte y la
recreación artística puede no tener manera de fondearse y castigar penalmente a
los consumidores de alcohol y tabaco que sean menores de edad, llenaría las
cárceles.
Sin duda
algo puede y debe hacerse desde el estado y en forma conjunta con la sociedad
para frenar el crecimiento de las adicciones, pero es de dudarse que ello parta
de trasvasar la estrategia que funcionó en una realidad totalmente distinta.
Anunciar que
se aplicará “el modelo islandés” para ganar espacio en los medios es empezar
mal, pues nos lleva a uno de los vicios fundamentales de este Gobierno; creer
que se gobierna sólo con propaganda y que los problemas se atacan sólo con
percepción.
Esperaré
ansioso los detalles del programa anunciado en estos días para revisar su
viabilidad y su pertinencia. Si se logra hacer algo sensato y, además se pone
en práctica de manera disciplinada y humilde, seré el primero en reconocerlo,
aun incluso si los alcances son más modestos que los logrados en el país
atlántico.
Lo que si me
parece deplorable es echar las campanas a vuelo cuando todavía ni siquiera se
organiza la procesión.
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