Si los
legisladores y el Gobierno de Morena cumplen lo prometido, en las próximas
semanas México se convertirá en el tercer país del mundo que legalice el uso
adulto del cannabis, junto con la regulación de sus usos médicos y
terapéuticos, y dejará atrás la absurda prohibición del cultivo del cáñamo para
usos industriales. En los días por venir, se tendrán que dictaminar las
diversas iniciativas sometidas al Senado, aunque también en la Cámara de
Diputados se han presentado proyectos de ley para ser tomados en cuenta.
Un año
después de que la actual Secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero,
presentara su iniciativa para una regulación integral no prohibicionista de la
planta, los legisladores parecen finalmente dispuestos a dar un paso
fundamental para dejar atrás una de las políticas públicas peor diseñadas e
implementadas de la historia mundial, la que durante un siglo ha impuesto la
prohibición de un conjunto de sustancias psicoactivas que se consideran dañinas
para la salud de los individuos y peligrosas para la sociedad. Una estrategia
que alcanzó un alto grado de consenso internacional, a pesar de que desde el
principio mostró que causaba muchos más males que aquellos que pretendía
evitar.
Exactamente
un siglo después de su prohibición en México, la mariguana parece estar a punto
de salir de la clandestinidad a la que se le condenó con base en prejuicios y
teorías a medio cocinar sobre los supuestos daños causados por su consumo. Una
prohibición completamente ineficaz para erradicar su uso, tanto terapéutico
como personal, pero que, en cambio, ha dejado una enorme secuela de corrupción
y violencia, ha carcomido al Estado mexicano y ha favorecido a organizaciones
delictivas, que se han armado y han reclutado ejércitos para enfrentar la
prohibición gracias a las ingentes ganancias que el mercado clandestino les ha
generado.
Finalmente,
el consenso prohibicionista se ha roto en México y se está abriendo paso la
sensatez, pero, llegada la hora de regular, es el momento de hacerlo con
prudencia y fijarse en los detalles, para evitar los riesgos que una mala ley
sobre una sustancia que, a pesar de no ser demoniaca, como durante décadas se
le estigmatizo, y de tener un potencial de peligrosidad menor que el alcohol y
el tabaco –desde siempre legales en México– no es inocua, pues tiene potencial
adictivo y su consumo implica riesgos a la salud y al entorno social de los
consumidores. De ahí que los legisladores deban hacer un trabajo fino, para
evitar tanto una regulación insuficiente en su capacidad de acabar con el
mercado clandestino, como una que acabe por generar incentivos para que las
empresas mercantiles promuevan su uso y abuso.
La ventaja
con la que cuentan los legisladores mexicanos es que ya hay suficiente
experiencia internacional acumulada como para no regular a ciegas. En distintos
estados de los Estados Unidos se han puesto en marcha modelos regulatorios con
características específicas y diferentes resultados. Por supuesto, las
experiencias de Uruguay y Canadá, cada una con sus concreciones propias,
también deben ser evaluadas para armar el entramado legal más apropiado para
México.
En los
Estados Unidos, como era de esperarse, el modelo de regulación del cannabis ha
sido esencialmente comercial. Sin embargo, no se ha tratado en ningún caso de
una liberalización absoluta del mercado. Los dos primeros estados en legalizar
el uso personal, Washington y Colorado, siguieron patrones distintos y
obtuvieron resultados diferentes. Washington, más restrictivo, dio pocas
licencias y puso impuestos muy altos, mientras que en Colorado se otorgaron más
licencias y los impuestos fueron menores. En el primero, después de un par de
años solo el treinta por ciento del mercado era legal, mientras el 70 por
ciento seguía siendo controlado por organizaciones clandestinas. Los
porcentajes en Colorado eran los inversos a los dos años de haber terminado la
prohibición, pues solo el 30 por ciento del consumo se hacía en el mercado
gris, mientras la recaudación fiscal permitía al Gobierno local contar con
recursos sustanciales para proyectos educativos.
Con todo lo
exitosa que parezca, la experiencia de Colorado también sirve para poner
atención en los riesgos de la comercialización, pues incluso en un país con un
Estado de derecho tan sólido como Estados Unidos, el peligro de captura
empresarial del regulador puede debilitar la capacidad estatal para poner por
delante de los intereses comerciales la prevención y la protección de la salud
de los consumidores. Por su parte, la experiencia canadiense muestra los
riesgos de una integración vertical de la industria, de manera que sean las
grandes empresas, y no los pequeños productores y comerciantes, hasta ahora
víctimas de la prohibición, las que acaben sacando provecho de las nuevas
condiciones de legalidad.
Hace unos
días, el coordinador de los diputados de Morena, Mario Delgado, presentó una
iniciativa más para regular el cannabis. En ella propone la creación de un
monopsonio estatal –una empresa intermediaria encargada de comprar toda la
producción de los agricultores con licencia autorizados a sembrar, cultivar y
cosechar los diferentes tipos de cannabis, y canalizarla a los empresarios
autorizados para transformarla y venderla– que evitaría la integración vertical
y la creación de empresas privadas con la fuerza suficiente para dominar el
mercado y capturar al regulador. De inmediato el modelo, inspirado en la
experiencia uruguaya, fue objeto del escarnio mediático y en las redes; la
columna de trascendidos de Reforma acusó a Delgado de proponer la creación de
una suerte de CONASUPO de la mariguana. Pero la propuesta de Delgado no es
ningún despropósito, en un país donde los órganos reguladores suelen ser
endebles y atrasados, como lo muestra cotidianamente la COFEPRIS, cuyo director
actual está anclado en la tradición sanitarista decimonónica en lo que a
cannabis se refiere.
Si no se
quiere crear la empresa estatal, entonces se deben establecer mecanismos
regulatorios eficaces para evitar la integración vertical de la industria del
cáñamo para uso personal y medicinal, pues si surgen empresas que controlen
desde el cultivo hasta la comercialización final será más difícil que el Estado
ponga por delante la salud de los consumidores, como lo prueba la industria del
tabaco, dominada por un oligopolio que ha obstaculizado una regulación
realmente eficaz.
La hora de
la regulación ha llegado. No es aceptable ya que el Senador Julio Menchaca,
presidente de la Comisión de Justicia del Senado, siga deshojando la margarita,
como lo ha hecho durante meses, ni que pretenda hacer pasar su iniciativa, la
cual evita la regulación integral y se queda en un mero simulacro limitado al
autocultivo, pues eso no le haría nada al mercado clandestino ni generaría
instrumentos de reducción del daño como eje de la política pública hacia el
cannabis.
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