Julio Astillero.
El
ministro presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, Arturo
Zaldívar Lelo de Larrea, está más presente que ninguno de sus antecesores en el
escenario público, a través de declaraciones que pueden producir tormentas
mediáticas (como la denuncia de las presiones que habría recibido de parte de
Felipe Calderón Hinojosa cuando éste habitaba Los Pinos) y mediante
posicionamientos críticos del propio Poder Judicial de la Federación.
Durante el
sexenio administrado por Enrique Peña Nieto fue el entonces secretario de la
Defensa Nacional, Salvador Cienfuegos, quien rompió el silencio tradicional en
una de las zonas oscuras de la institucionalidad (sobre todo, para presionar
abiertamente a los poderes civiles para que hicieran reformas que legalizaran
su actuar contra el crimen organizado). Irónicamente, lo que no pudo
conseguir Cienfuegos con Peña fue alcanzado de manera colmada por el general
Luis Cresencio Sandoval en el contexto del bono popular otorgado a la llamada
Cuarta Transformación.
Zaldívar,
quien mantiene una relación de solidaridad con el gobierno obradorista en sus
aspiraciones de transformación desde las instituciones, hizo ayer señalamientos
que tienen trascendencia: En un país donde la gente nos observa a los jueces
alejados, ajenos al dolor de los ciudadanos, ajenos a los cambios sociales que
requiere nuestro país, me parece que los jueces no podemos quedarnos estáticos
y no podemos quedarnos encerrados y me parece que los ministros no podemos
seguir viviendo en una esfera de cristal a la cual no puede acceder nadie.
Lindando
con los terrenos del discurso político, que bien podría pronunciarse en una
plaza pública o en una campaña electoral, Zaldívar, tal vez con el caso del ex
ministro Eduardo Medina-Mora como referencia, propugna por la colocación del
aparato judicial en una esfera de cristal que permita visibilidad crítica. Pero
también advirtió de riesgos (¿del cristal que se puede romper?): Por eso
estamos corriendo riesgos a pesar de las críticas; los estamos corriendo al
combatir la corrupción y el nepotismo, los estamos corriendo al apostar por la
paridad de género en concursos exclusivos para juezas y magistradas, los
estamos corriendo al cambiar la forma en que se educa a nuestros jueces y
magistrados, los estamos corriendo al hacer más rígidos los requisitos para
ratificar, y lo seguiremos haciendo, porque la única forma de hacer diferencia
en este mundo es corriendo riesgos.
La
postura de Zaldívar es una inflexión: en su primera acepción en el diccionario
de la Real Academia Española, tal término se define como: Torcimiento o comba
de algo que estaba recto o plano. Pero fue el sonorense Alfonso Durazo Montaño
quien utilizó el término ayer para tratar de darle un cierto aire positivo a
los números tan bajos que presentó en cuanto al combate a la criminalidad
desatada en todo el país. Con variaciones a veces de décimas de punto en cuanto
a estadísticas necesitadas de credibilidad, el secretario de Seguridad y
Protección Ciudadana argumentó que se había dado una ligera inflexión en el
tema, aunque nada que celebrar. En su reporte, cargado de datos negativos, de
una cruda sinceridad, Durazo apenas se permitió ese asomo ínfimo de
complacencia al hablar de que se habría producido un quiebre en el crecimiento
de percepción de inseguridad, sobre todo en homicidios. Quiebre en la percepción,
no en la realidad.
La
difícil aceptación de que no se han podido cumplir las promesas de campaña de
Andrés Manuel López Obrador e incluso las hechas ya como presidente electo,
tuvieron una drástica confirmación ayer mismo en Aguililla, Michoacán, donde 14
policías fueron emboscados y asesinados.
Y, mientras,
la titular de la Secretaría de la Función Pública, Irma Eréndira Sandoval,
informaba que se han presentado 21 denuncias contra Manuel Bartlett.
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