Raymundo
Riva Palacio.
Ante la
violencia desatada durante las marchas en las últimas semanas y la crítica por
la inacción de la Policía, la jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Claudia
Sheinbaum, respondió con una estrategia ilegal e irresponsable, con la cual
volvió a incumplir con su responsabilidad prima como autoridad: el uso de la
fuerza, no para reprimir, sino para que, dentro de la ley, haga respetarla a
quien pretenda violarla. Utilizó a civiles como carne de cañón contra los
violentos para que suplieran el deber del gobierno. Y para que no hubiera daños
en propiedad privada o inmuebles públicos, tapió con vallas de metal todo el
Centro Histórico, afectando la vida económica, la libertad de tránsito y el
orden público.
Esta
solución no caminará en el tiempo. La forma como respondió a la crítica por
permitir que grupos anarquistas realizaran desmanes, causaran daños y se
adueñaran de las calles del centro, es insostenible. Utilizar civiles en lugar
de Policía para que enfrenten a los anarquistas o a quienes irrumpan con
violencia en la vida cotidiana es un acto cobarde, no de gobierno. Pretender
que con ese tipo de estrategia evitará que siga escalando la tensión y que las
posibilidades de un enfrentamiento entre civiles y anarquistas crezcan con cada
marcha, es ingenuo al dejar que el azar resuelva el dilema.
La idea para
contener la violencia fue crear 'cinturones de paz', mediante una orden girada
el martes a todas las dependencias capitalinas para que aportaran 300
trabajadores, vestidos con camisetas blancas, para que sirvieran de colchón
entre los manifestantes, en este caso por la conmemoración de la matanza de
Tlatelolco en 1968, y los grupos anarquistas. Ninguna fuerza pública mediaba
entre ellos. Fueron personas no entrenadas para contener, a quienes se obligó a
cumplir una función por la cual no fueron contratados. Peor aún, la disposición
de Sheinbaum violó el artículo 135 de la Ley Federal del Trabajo que prohíbe a
los trabajadores “ejecutar cualquier acto que pueda poner en peligro su propia
seguridad, la de sus compañeros de trabajo o la de terceras personas”.
Hubo golpes,
algunos heridos y mucha suerte para las autoridades, porque los grupos de
anarquistas que llegaron al Centro Histórico a cumplir con la agenda que sigue
el anarquismo insurreccional desde hace 20 años, provocar y llamar la atención
de los medios como forma de protesta contra el modelo económico global y
neoliberal, no incluían su parte más experimentada –que se vio a plenitud en la
violencia que desataron cuando Enrique Peña Nieto tomó posesión como presidente
en 2012–, ni tampoco su capacidad de ataque regular, que incluye bombas
molotov. No está claro si a través de los vasos comunicantes de los anarquistas
con miembros de los gobiernos de Sheinbaum y del presidente Andrés Manuel López
Obrador, con quienes comparten objetivos, hubo una negociación para que se redujera
el nivel de violencia.
Utilizar a
burócratas como escudo humano frente a los violentos, es idéntico a los escudos
de mujeres y niños que utilizan los cárteles de la droga para impedir que sean
atacados por la Policía. A la utilización de civiles para cuidar que la Policía
no interviniera en su contención, que al final ese fue el resultado, se le
agrega la forma como tapiaron las fachadas de comercios e inmuebles creando una
trampa en la ruta por donde avanzó la marcha. Esto planteó un escenario de alto
riesgo, producto de otra falla estratégica, al haber creado embudos para los
civiles en caso de que hubiera estallado la violencia dentro de esos caminos de
metal.
En la
planeación de operativos donde el objetivo es dispersar a quienes violentan el
orden público, nunca se les encierra para emboscarlos, sino se deja una puerta
de escape, deliberadamente, para que por ahí puedan huir, reduciendo de esta
forma el grado e intensidad de la violencia. Las autoridades capitalinas no
hicieron eso, y levantaron muros de metal, prácticamente imposibles de saltar,
con cordones de policías en las calles donde no se había tapiado con las
vallas. Si no hubo consecuencias que lamentar, se debió a que los anarquistas
no tenían la intención de escalar los enfrentamientos –como se puede ver al
analizar sus comportamientos en otras marchas a lo largo de los años–, no como
resultado de una buena estrategia policial.
Tapiar
resuelve coyunturalmente, para Sheinbaum, el problema del vandalismo en
comercios, pero no es una solución de corto, mediano o largo plazos. No puede
recurrir al mismo ejercicio cada vez que haya marcha, porque como en el caso de
los 'cinturones de paz', transferir a la sociedad una responsabilidad de
gobierno, y pedirle indirectamente que sea ella la sacrificada porque la
autoridad no quiere pagar costos políticos al tener que cumplir con sus
obligaciones de ley, es insostenible. El pozo donde se ahogó el niño no se tapa
cada vez que haya niños merodeando; se cancela y punto. En este caso, no se
trata sólo de evitar que se dañen comercios sacrificando a comerciantes y
consumidores, sino que se impida que terceros afecten sus derechos, su libertad
y su vida cotidiana.
Sheinbaum
tiene que dejar atrás sus dogmas de oposición y asumir los costos de
gobernante. No es reprimiendo a quien violente la ley, sino aplicando la ley.
Para reforzar esa acción, el uso de la fuerza pública siempre debe ser opción,
no para reprimir, sino para restablecer el orden de las cosas. Para eso existen
protocolos para la Policía y organismos de derechos humanos que pueden
acompañarlos en sus tareas para impedir abusos, y trabajo de inteligencia. Por
encima de ello se necesita actuar con responsabilidad y valor, dos cualidades
de las que hasta ahora carece Sheinbaum.
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