Salvador
Camarena.
Las
elecciones son procesos imperfectos. Se les puede regular al máximo, pero nunca
estarán a salvo de las trampas, que están lejos de ser una característica
exclusiva de la democracia mexicana. Con el affair Biden-Ucrania, Trump es un
ejemplo en tiempo real de cómo se intenta manipular la voluntad ciudadana.
En el caso
de México, y como se sabe, pero al parecer hoy se olvida, la democracia
electoral tuvo un hito en 1989, cuando el partido Acción Nacional ganó por
primera vez la gubernatura de Baja California.
Lo que
representó esa elección fue puesto en estos términos por el estudioso Wayne A.
Cornelius:
“El
significado histórico y contemporáneo de esta acción difícilmente se puede
exagerar. Ceder el control presidencial sobre el gobierno de un estado hace añicos
un tabú con sesenta años de edad. Al reconocer la pérdida de un estado
fronterizo políticamente sensible, económicamente en crisis, se le envía una
poderosa señal a cada estado y a cada líder local del Partido Revolucionario
Institucional: ‘sus candidatos seguirán contando con todos los formidables
recursos económicos y organizativos de la maquinaria nacional del PRI y del
gobierno federal, pero si fracasan para ganar clara y limpiamente, sus
‘victorias’ ya no serán garantizadas por la Ciudad de México’”. Nexos. Agosto
de 1989.
Treinta años
después, parte de la clase política mexicana parece decidida a desandar la
historia. Con la tolerancia del presidente Andrés Manuel López Obrador, y la
complicidad de su partido, el candidato ganador de los comicios bajacalifornianos
de este año pretende manipular su propia elección. Sería un caso para Ripley si
no fuera una cosa tan seria, que puede vulnerar a la democracia del país.
Este domingo
se montó un remedo de consulta mediante el cual Bonilla pretende ensuciar una
elección que no sólo ganó, sino que representaba, en sí misma, otro giro
electoral de nuestra historia, uno que en principio era saludable.
Con su
victoria, Bonilla se convirtió en el primer no panista en ganar la gubernatura
de BC, probando una vez más que los electores mexicanos castigan a los malos
gobiernos, incluso a aquellos a los que han preferido en cinco ocasiones
consecutivas (hay esperanza para la alcaldía Benito Juárez de Ciudad de
México).
Lo que era
una nota positiva ha quedado opacada por la terquedad antidemocrática de
Bonilla, que ha emprendido una lucha por la vía legal y por la vía política en
su pretensión de aumentar de dos a cinco años el término para el que fue
elegido.
El
gobernador electo ha cabildeado su idea en la capital del país y ha llevado el
tema al grado de la pantomima de ayer, cuando en Baja California se instalaron
urnas para “consultar” a la “ciudadanía” sobre la pretensión de Bonilla.
Hay que
poner comillas porque esta consulta no pasa la prueba de la ley o de la risa y,
por supuesto, no existe garantía de que quienes hayan votado sean
representativos de la población bajacaliforniana.
Este
episodio maltrata un elemento central de todo proceso electoral. Los ciudadanos
votan en la confianza de que el resultado será no sólo legítimo sino respetado.
Toda elección debe conllevar la posibilidad de la incertidumbre sobre el
resultado, pero la certeza de que sin importar éste, los políticos acatarán la
voluntad traducida en votos. Y a México le ha costado muchos muertos, mucho
dinero y mucha frustración llegar a un escenario en que las elecciones son más
o menos así.
Hoy, sin
embargo, a Bonilla, a López Obrador, y a casi todos los de Morena les parece
válido no respetar en todos sus términos una elección consumada. Les parece
legítimo pisotear la decisión ciudadana.
En su texto
de hace 30 años, Cornelius destacaba que “al reconocer una victoria de la
oposición a nivel estatal, Salinas de Gortari ha llevado a México hacia una
nueva era en la política… (una de) modernización”.
Medido
contra ese referente, si López Obrador insiste en permitir el socavamiento de
una elección, si ayuda a que se devalúe la confianza en las elecciones, estará
llevándonos “hacia una nueva era en la política”, hacia la regresión
democrática. Eso, ni más ni menos, significa el caso Bonilla. Ojalá se conjure
tal peligro.
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