Raymundo
Riva Palacio.
El discurso
presidencial continúa naufragando en contradicciones y confusiones. Con esto
enrarece más el ambiente, genera más dudas, y muestra de manera creciente que
la crisis por la humillación del gobierno en Culiacán por parte del Cártel de
Sinaloa, pegó por debajo de la línea de flotación del presidente Andrés Manuel
López Obrador, quien entre más explica su orden –dejar en libertad a una
persona que las fuerzas federales habían capturado para salvar vidas–, más
alarma lo que dice. Ahora suplantó el derecho por la justicia, alegando que
cuando se trata de vidas, la justicia está por encima de la ley. Veamos.
El martes
pasado, a preguntas de Shaila Rosagel, corresponsal del Grupo Healy, y de
Alejandro Lelo de Larrea, director de Círculo Digital, sobre la legalidad de su
acción, cuestionada en este espacio ese día, afirmó: “Por encima de las leyes
está la vida humana. No es un asunto de tipo legal, jurídico. No es un asunto
que tiene que ver con el derecho, tiene que ver con la justicia… Es el
equilibrio entre principios y eficacia, pero cuando hay que decidir, en los
momentos difíciles, los principios, no los cargos, es como cuando hay que
decidir entre la justicia y el derecho, pues la justicia”.
López
Obrador antepuso la justicia al derecho. Por justicia se entiende, de acuerdo
con la definición clásica, como un conjunto de valores sobre los cuales debe
basarse una sociedad, como el respeto, la equidad, la igualdad y la libertad.
El derecho es el ordenamiento jurídico que regula las relaciones establecidas
en una nación o entre Estados, que comprende un paquete de normas y leyes
determinadas formalmente por la jurisprudencia de cada nación. “Yo creo que no
hubo ningún delito”, respondió el Presidente a las preguntas.
Sin embargo,
olvidó el artículo 87 constitucional, que establece que al tomar posesión de su
cargo, el Presidente protesta “hacer guardar la Constitución”. La misma Carta
Magna señala, en el artículo 16, que “la autoridad que ejecute una orden
judicial de aprehensión, deberá poner al inculpado a disposición de un juez,
sin dilación alguna y bajo su más estricta responsabilidad. La contravención a
lo anterior será sancionada por la ley penal”. El jueves pasado agentes
mexicanos detuvieron a un hijo de Joaquín El Chapo Guzmán, y ante la
posibilidad de que se perdieran vidas si lo extraían de donde se encontraba
detenido, López Obrador ordenó su libertad.
Un factor
adicional de confusión es sobre la persona a la cual se refirió para emplear la
justicia ignorando el derecho. La única persona beneficiada de su decisión fue
Ovidio Guzmán López, a quien habían detenido las autoridades mexicanas en
cumplimiento de una petición de captura de Estados Unidos con fines de
extradición. A quien dejó en libertad fue a un delincuente. Su concepto de
justicia se aplicó a un miembro importante del Cártel de Sinaloa, sin haber
ordenado un operativo de seguimiento y un comando especial que lo persiguiera y
capturara una vez que no hubiera vidas en riesgo. Es decir, le extendió un
salvoconducto.
La
abundancia de eficaz retórica presidencial es perturbadora en este caso. Guzmán
López estaba siendo buscado por el gobierno de Estados Unidos por tráfico de
cocaína, metanfetaminas y mariguana, por lo que un juez federal de Washington
autorizó su captura en 2018. La decisión del presidente López Obrador
contraviene las leyes. “El derecho -respondió a los periodistas- es un medio
para que haya justicia; ese es el fin”. ¿Justicia para una persona acusada de
delitos en Estados Unidos y reconocidos por su gobierno al grado de montar un
operativo para capturarlo y extraditarlo? La forma como se expresó el
Presidente parecería sugerir que él no considera a Guzmán López un presunto
delincuente, sino una persona a la que se le tiene que hacer justicia, para lo
cual, hay que devolverle su libertad. No es así, sin embargo, pues el mismo
Presidente anunció que en algún momento en el futuro, buscarán capturarlo
nuevamente, lo que agrega a su confusión y menosprecio a orden jurídico, que
juró respetar.
Lo que queda
de ello es su aplicación del término justicia para explicar la liberación del
hijo de El Chapo Guzmán, reforzado por declaraciones reiteradas de que no va a
combatir a los cárteles con el fuego que las organizaciones criminales sí
utilizan, y que no va a cambiar su estrategia de convencerlos con argumentos
morales que pregonan que el camino que escogieron es el del mal. La
Constitución, supeditada a su cristianismo, sin importar que las leyes hayan
sido aplastadas por sus valores morales a favor de un presunto delincuente.
Hasta la ignominia ha tomado el lado de los criminales, lo que levanta cejas en
muchos lados.
En su
defensa política, el Presidente ha dicho que, si hay una denuncia contra él,
acudirá a comparecer para explicar por qué aplicó la justicia e ignoró la ley.
Podría haber fundamento legal que probara que incurrió en un delito, por las reformas
a los artículos 108 y 111 constitucionales que él mismo promovió, y que
ampliaron los delitos para que pueda someterse a proceso al Presidente, no sólo
por traición a la patria, sino por delincuencia organizada, homicidio doloso,
violación, secuestro, trata, delitos cometidos con medios violentos como armas
y explosivos, y aquellos que determine la ley contra la seguridad de la nación,
el libre desarrollo de la personalidad y de la salud.
Materia
existe para someterlo a un proceso, pero eso no va a suceder. El Poder Judicial
no es lo autónomo que dice ni lo independiente que presume. México seguirá
siendo un país que se dice de leyes, donde lo más fácil de violar, si se tiene
poder, político o por armas, es la ley.
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