Pablo Gómez.
Las
remuneraciones de los altos jefes del Estado mexicano siempre iban en aumento.
Cuando el Producto Interno Bruto per cápita se reducía, el presidente de la
República y toda su corte se aumentaban los sueldos. El número de salarios mínimos
contenido en la percepción total del jefe del Ejecutivo iba siempre en
incremento: llegó a estar entre los más elevados del mundo. Además, esa
misma política se aplicaba en los estados.
En el
primer presupuesto de egresos bajo el nuevo gobierno, correspondiente a 2019,
se disminuyeron los sueldos de la llamada burocracia dorada. Pero la mayoría de
las entidades federativas sigue ignorando la disposición constitucional de que
nadie en el Estado mexicano puede ganar más que el presidente.
Por eso, la
Cámara de Diputados aprobó y envió al Senado una nueva reforma de la Carta
Magna, cuyo principal objetivo es hacer valer el texto vigente. Sí, aunque
parezca mentira, México es un país en el que para hacer valer la Constitución
suele ser necesario adicionarla. Y, a veces, ni así.
El pleito
de quienes ya eran jefes por su sueldo es encarnizado. Recursos de inconstitucionalidad,
controversias constitucionales y más de dos mil amparos se han interpuesto para
tratar de impedir la sencilla aplicación del artículo 127 de la Constitución
del país.
La
Suprema Corte ha condenado al Congreso a escribir en la ley los “parámetros”
con los cuales se deba determinar el sueldo del presidente de la República y
demás jefes. El Poder Legislativo cumplirá con ese requerimiento, pero el
pleito no va a resolverse. Seguirá porque los “parámetros” no les van a gustar
a algunos funcionarios que han gozado de elevadísimos salarios.
La idea
de que los jefes deben ganar como si fueran gerentes de una trasnacional en
expansión está anclada al patrimonialismo sobre el erario. En México, el Estado
corrupto enseñó a los jefes que la recompensa tiene que abarcar el uso holgado
y beneficioso del presupuesto.
La
corrupción no consiste sólo en robar, defraudar, desviar, concesionar, regalar,
malversar, dilapidar, etc., sino también en la asignación de sueldos y gastos
excesivos, siempre de manera arbitraria o caprichosa.
Se ha
estado exigiendo a la Cámara de Diputados que diga los criterios que tuvo para
fijar el sueldo del actual presidente de la República con menos de la mitad de
lo que ganaba su antecesor. El asunto es de respuesta sencilla con sólo trazar
la ascendente curva de los aumentos de Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique
Peña Nieto, para no ir más atrás.
México no
puede pagar al presidente y miembros del gobierno como si estuviéramos en
Alemania porque los salarios mexicanos son de los más bajos del mundo.
El sueldo
de Andrés Manuel López Obrador no aumentará por más brincos que se observen en
poderes, organismos autónomos y gobiernos locales. La Cámara de Diputados es la
única instancia que puede fijar las remuneraciones en la Federación. Así ha
sido desde 1857 y no tiene por qué cambiar.
Los
consejeros del
Instituto Nacional Electoral (INE) proponen ganar al año un millón de pesos
más que el presidente de la República. Como es lógico, la Cámara de Diputados
no les concederá ese sueldo, sino que fijará sus remuneraciones en términos
consistentes con el marco constitucional y legal del país.
En la
nueva temporada presupuestal quedará claro por segunda vez que eso de respetar
la Constitución va en serio.
Se va a
acatar el artículo 127 sobre remuneraciones y también el 75. Este último señala
a la representación nacional elegida por el pueblo como la autoridad que fija
los sueldos de servidores públicos cuyos empleos están establecidos en las
leyes. Las remuneraciones de esos funcionarios son, antes que otra cosa, una
cuestión política (incumbe y afecta a todos), por lo que debe dirimirse en el
terreno de la democracia.
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