Salvador
Camarena.
Debajo de la
realidad nacional, unos creían, hay unos cimientos. El trazo de esos basamentos
no es uniforme ni ocurrió, históricamente, sin traumas. Edificar nuevos
proyectos sin respetar ese plano, o sobrecargar muros de ese croquis con una
nueva estructura, no sólo puede cambiar la forma en que luce la casa, sino
someter a estrés columnas y vigas de toda la construcción.
La nueva
administración cree que la casa aguanta un piano. Y que esos históricos
cimientos resistirán cualquier modificación, reacomodo o desgaste. Están
convencidos de que la legitimidad de su triunfo del año pasado les da también
gobierno sobre las leyes de la ingeniería de la política. De esa forma, todo
escándalo, todo despiste, todo fiasco es minimizado: nuestro proyecto da para
echarle eso, y más, encima a la casa nacional.
Hay de
cargas a cargas. Si el gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador cree
de veras que ya libró la crisis de la semana pasada en Culiacán, donde su
administración exhibió un recital de malas decisiones, puede llevarse aún
muchas malas sorpresas.
Las
lecciones de un error garrafal no surgen todas en cuestión de días. Hay males
que tardan mucho más en incubar su real dimensión. ¿De qué tamaño es el
malestar de las Fuerzas Armadas luego de ser exhibidas la semana pasada?
¿Cuánto de la relación con Estados Unidos quedará tocada? ¿Qué tan profundo es
el descrédito del todavía secretario de Seguridad Ciudadana y Protección
Pública? ¿Qué tan envalentonados quedaron los otros grupos delictivos?
El
Presidente de la República parece no reparar en la gravedad de lo ocurrido en
Sinaloa. Rápido el fiscal general sale a decir que este caso no será el
Ayotzinapa de este gobierno. Cómo sabe eso el fiscal, si aún ni da los primeros
pasos de la investigación de ocho muertes. Qué sabe él de cómo logrará, o no,
la administración procesar el deslinde de las responsabilidades.
Porque por
lo visto hasta hoy, para el Presidente de la República no hay más bujía que la
razón de Movimiento. No la razón de Estado, que es más comprensible. No, la
razón de su movimiento por encima de la razón que lleva a anteponer, sobre todas
las cosas, la salud del Estado, es decir, de algo más parecido a México que lo
que es el partido de AMLO.
El
Presidente minimiza Culiacán, sin reparar en que el episodio puede lastrar la
autoridad de su gobierno para imponer el Estado de derecho.
López
Obrador se equivocará históricamente si traduce la respuesta en las encuestas,
que le dicen que la población cree mayoritariamente que hizo bien en elegir el
mal menor de dejar ir a un detenido ante la probabilidad de una carnicería, con
un respaldo al pésimo manejo de la situación, que comienza con su
desconocimiento –en varios momentos del jueves pasado– del operativo, hasta su
aislamiento en una hora crítica del mismo.
Que al final
el resultado haya sido menos terrible de lo anticipable –ello sin minimizar que
hubo muertos y daños al por mayor– no convierte para nada en un éxito la torpe
maniobra en Culiacán, cuyas réplicas mayores están por verse en otros
operativos donde los delincuentes pongan a prueba al gobierno.
Por si eso
fuera poco, Culiacán es sólo una muestra de lo refractario de esta
administración a la hora de ver cosas que son contrarias a los cimientos de
México. Para no ir más lejos ahí están las salvajes declaraciones de Francisco
Garduño, comisionado del Instituto Nacional de Migración, que en un acto
oficial presumió que ha muerto la tradición de nuestro país como país de asilo
y amigo del migrante. A los foráneos que lleguen a nuestro país buscando mejor
destino, dijo, palabras más palabras menos, hay que mandarlos a Marte si es
necesario.
Pero el
presidente López Obrador ni se inmuta. Nada vale si menoscaba su movimiento.
Nada. Ni lo ominoso de echar gas a funcionarios municipales. Todo para sus
leales, nada para los que él decide que son adversarios. Y si la casa había
sido construida para que cupiéramos todos, los de una y otra ideología, eso no
importa: hoy sólo la razón de su Movimiento prima. A los demás, ni abrazos.
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