Diego
Petersen Farah.
“La
dimensión del crimen –otro más que se suma a la larga cadena de horrores que no
cesa de sufrir el país—hace fracasar el lenguaje” escribió Javier Sicilia en la
claridosa y demoledora carta a su amigo y compañero de batallas Julián LeBarón.
El fracaso del lenguaje no es otra cosa que la derrota de las ideas, la
incapacidad nombrar y por lo mismo de comprender lo que está sucediendo. Cuando
las palabras se agotan o, peor aún, se desgastan, quedamos indefensos ante la
realidad que nos rodea, dejamos de ser quienes la construyen para convertirnos
en simples guijarros arrastrados por una corriente cuyo derrotero es tan incierto
como la fuerza misma que la genera.
¿Cuándo
perdimos la palabra?; ¿en qué momento éstas dejaron de significar lo que
significaban para convertirse en vocablos huecos, incapaces de generar y dar
sentido a lo que nos rodea? Me gustaría decir que fueron otros los que nos
robaron el sentido, que somos víctimas inocentes de ese hurto mayor, que, como
en un cartón de Trino, fueron extraterrestres los que abdujeron los referentes
y vaciaron las palabras. Pero no es así, el lenguaje lo desgatamos todos e
hicimos del crimen, el odio y la violencia un sinsentido cotidiano. ¿Por qué no
estanos todos en la calle protestando?, ¿Por qué el secretario de seguridad, la
fiscal de Sonora, los mandos de la Guardia Nacional no han puesto su renuncia a
disposición de sus supriores?; ¿Por qué el Presidente dice que vamos bien? ¿Por
qué los medios aceptamos respuestas falsas sin chistar? Porque palabras y
conceptos como solidaridad, responsabilidad, rendición de cuentas, derecho a la
información han sido vaciadas, vulgarizadas, anodizadas.
Los
políticos, los medios y las redes somos los principales responsables del
lenguaje vacuo. Cuando los gobernantes mienten impunemente, cuando frente a la
realidad siempre se tienen otros datos, cuando la verdad tiene alternativas o
se le llama golpe de estado a una crítica de los opositores; cuando los medios
hablamos de caos ante un problema de tráfico, de crisis cuando hay un dato
negativo en la economía, cuando confundimos un fraude con un delito electoral
aislado o usamos eufemismos como irregularidad para hablar de un acto de
corrupción; cuando las redes sociales gritan complot ante una coincidencia de
criterios o prensa vendida a quien ejerce su derecho a disentir, lo que estamos
construyendo es un mundo literalmente sin sentido.
Recuperar el
lenguaje, es lo único que nos permitirá hablar del horror y entenderlo como
tal, pensar el mundo y eventualmente comprenderlo y recomponerlo. Regresarles a
las palabras su significado es la base que nos permitirá entendernos, discutir
para llegar a un acuerdo o al menos saber en qué no estamos de acuerdo.
“Ya es
tiempo de que sea tiempo” dice Sicilia en su carta. Tiempo de poner un
verdadero alto al dolor, tiempo de que el dolor palpite de nuevo el corazón,
dice. Quizá también sea tiempo de regresarle el valor y el sentido a la
palabra.
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