Javier Risco.
No he dejado de pensar en la “confusión”.
Se sabe muy poco del ataque a miembros de la familia LeBarón
ocurrido en los límites de los estados de Sonora y Chihuahua. La reconstrucción
de los hechos hecha por el secretario de Seguridad y Protección Ciudadana,
Alfonso Durazo, fue deficiente y nos estamos acostumbrando a tener tres o
cuatro versiones. Desde antier por la noche, Julián LeBarón se ha convertido en
la fuente más confiable y eficaz, contestando a todos los medios desde el lugar
de los hechos y tratando de reconstruir, con ayuda de las autoridades locales,
la masacre.
Sin embargo, el motivo del ataque es el que permanece en una
nebulosa imposible de descifrar. La familia LeBarón dice que no lo entiende e
ignoran la razón de la brutalidad. El gobierno federal apunta a una “confusión”
por parte de grupos del crimen organizado.
Lo que sabemos es que en dos camionetas Suburban distintas
viajaban tres mujeres (dos como conductoras) y 14 niños y bebés distribuidos en
los vehículos. No había la presencia de ningún hombre mayor de edad, repito,
sólo tres mujeres en las camionetas acompañadas de sus hijos. El cuadro de la
masacre es devastador: una camioneta calcinada y la otra con una lluvia de
balas.
¿Cómo puede un grupo de sicarios “confundirse” al ver a una
mujer al volante y a menores de edad en los asientos de la camioneta? Según lo
descrito por Julián, las camionetas no fueron atacadas en el mismo lugar, entre
siete y ocho kilómetros de distancia separan a un hecho violento de otro, ¿por
qué se “confundieron” dos veces los elementos del crimen organizado? Tras el
ataque a la primera camioneta, ¿por qué queman la camioneta con niños y mujeres
adentro? ¿Qué pensaron los sicarios cuando vieron la escena de la masacre?
Preguntas sin respuestas que nos obligan a pensar en la
desconocida estrategia de seguridad nacional del gobierno de Andrés Manuel
López Obrador: ¿cómo combatir a grupos del crimen organizado que no entenderán
ni con abrazos ni con sermones presidenciales? Días después del operativo en
Culiacán, hablaba con un prestigiado periodista (cuyo nombre reservo porque no
recibí respuesta al preguntarle si podía citarlo) que planteaba algo que había
olvidado decir la autoridad federal al justificar la decisión de liberar a
Ovidio Guzmán. Me hablaba de la “asimetría moral” entre Fuerzas Armadas y
elementos del crimen organizado. Parecería algo lógico señalar que unos
trabajan bajo normas del Estado y los otros actúan como kamikazes de una causa
criminal, uno de los dos no tiene nada que perder y la impunidad les hace creer
que los límites de crueldad y de barbarie se disuelven en nuestra realidad. No
hay igualdad de circunstancias ni de fuerza.
Ayer pensé justo en esto, en la “asimetría moral”, en que
miembros del Cártel de Sinaloa, o del Cártel de Juárez, o de cualquier cártel
pueden matar a tres mujeres, seis niños y herir a otros seis, porque saben que
ese territorio les pertenece y porque en Coatzacoalcos, en Minatitlán, en
Aguililla, en Tepochica y en Culiacán –sólo por mencionar los de este año– NO
PASÓ NI PASARÁ NADA.
Hacía la pregunta en mis redes sociales: ¿qué nos queda si
“confundieron” a tres mujeres y 14 niños? Realmente poco, la foto final es que
cualquiera puede ser asesinado, en cualquier lugar, a la hora que sea.
La respuesta del gobierno ha sido lamentar el hecho y
prometer justicia, los discursos de siempre, las matanzas que venimos
arrastrando de sexenios anteriores y un secretario de Seguridad que no fue
capaz de visitar el lugar donde murieron seis niños y tres mujeres.
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