Enrique
Galván Ochoa.
En diciembre
de 2015 el entonces secretario de la Defensa, general Salvador Cienfuegos, otorgándoles
todos los honores, pasó al retiro a cinco generales de división, el máximo
grado en el Ejército. El retiro significa que dejan de tener tropas a su mando,
pero reciben una generosa pensión. Uno de ellos, el general Carlos Gaytán
Ochoa, fue retirado sin cumplir la mayor ambición de su vida: convertirse en
secretario de la Defensa. Había sido director general del Banco del Ejército y
subsecretario de la Defensa. Su nombre ha sonado en estos días porque en una reunión
de jefes militares retirados y en activo, y ante la presencia del secretario de
la Defensa, Luis Cresencio Sandoval, expresó algunos conceptos insólitos. El
militar en retiro dijo que la sociedad está polarizada políticamente porque la
ideología dominante, que no mayoritaria, se basa en corrientes pretendidamente
de izquierda. No ofreció ninguna prueba para sostener su opinión. Es explicable
su posición hacia la izquierda: recibió entrenamiento en la Escuela de las
Américas del Ejército estadunidense y sirvió a presidentes del neoliberalismo,
de Zedillo a Peña Nieto. Además, sin referirse a un hecho concreto, añadió: Nos
sentimos agraviados como mexicanos y ofendidos como soldados. Tendría que
precisar a qué se refirió específicamente. El gobierno de López Obrador ha dado
un giro hacia la búsqueda de la pacificación sin continuar la guerra que ha
dado pocos resultados y tiñe de sangre al país, sino atacando las estructuras
financieras y mejorando las condiciones de vida de la gente. Ese vuelco tiene
un efecto que no se ha analizado suficientemente: disminuirá el negocio de la
compra de armas y equipos militares. Afectará los intereses de los que hacían
negocios con el sector militar desde adentro y desde afuera. Como en el caso de
las medicinas y los laboratorios, hay perdedores. El general Gaytán Ochoa, que
alguna vez manejó miles de millones de pesos desde Banjercito –con
cuestionamientos de la Auditoría Superior– debería ser más explícito sobre el
origen de sus inconformidades, que pudieran ser justificadas, pero falta
claridad a sus palabras.
Chamaqueada.
Cuando
creíamos que íbamos a tener un fin de semana tranquilo, dedicados a la
conmemoración de los difuntos, un hashtag se hizo tendencia en Twitter:
#OlgaExigimosTuRenuncia. Sucedió que la secretaria de Gobernación, Olga
Sánchez Cordero, asistió a la toma de posesión del gobernador de Baja California,
Jaime Bonilla. Terminada la ceremonia, pasaron a una sala privada y ahí fue
filmada cuando decía que, de acuerdo con la norma, había sido legal que
protestara para un periodo de cinco años. Antes, en el Senado, había dicho que
extender el periodo de dos a cinco años sería inconstitucional. Se disculpó
diciendo que no sabía que estaba siendo grabada. ¿Si hubiera sabido, habría
dicho otra cosa? ¿Qué? Olga perdió la oportunidad de acogerse al artículo un
millón de la Constitución que da el derecho a cerrar la boca. ¿Y el que ordenó
la grabación? La gente que lo conoce opina que es un rufián, y no lo oculta.
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