Adela
Navarro Bello.
Más de 30
mil asesinatos sucedidos en los primeros once meses de gobierno del Presidente
Andrés Manuel López Obrador, y que tienen originen en la guerra que libran los
cárteles de la droga –entre ellos- en México, sí ubica a estas mafias entre las
organizaciones criminales más violentas y con más resultados fatales en el mundo.
El terror
que han sembrado en el país tampoco es cualquier cosa. En agosto de este 2019
en Uruapan, Michoacán, fueron colgados los restos de 19 cuerpos en distintos
puentes de la ciudad. Los ciudadanos se toparon la mañana del 8 de agosto con
desmembrados que pendían de cuerdas en puentes vehiculares y peatonales.
Hasta el 22
de noviembre, también en los primeros once meses de gobierno de López Obrador,
los cárteles de la droga habían protagonizado 53 masacres. Actos de violencia
en los cuáles se contabilizaron un mínimo de cuatro asesinatos por evento, que
en total registraron 411 muertos, de los cuales 11 fueron niños, 20 mujeres, y
23 policías entre otras categorías.
En las redes
sociales circulan un sinfín de videos que dan cuenta de la violencia que
generan los cárteles de la droga para imponerse a partir del terror, ante otras
organizaciones criminales, ante autoridades civiles y militares, e incluso ante
gobiernos y comunidades. Ni estando en prisión se salvan los criminales
recluidos. Uno de los videos que circula es el de un supuesto motín en el penal
de Morelos, donde con extrema saña, evidentemente coludidos con las autoridades
del penal y en plena impunidad, reos dieron una sangrienta muerte a un miembro
del Cártel Jalisco Nueva Generación. Lo mataron a cuchilladas, a balazos, lo
remataron y lo volvieron a hacer como si fuese necesario. A la vista de
custodios y otros prisioneros. Al final el resultado del terror carcelario fue
de seis muertos.
Nadie está a
salvo en ninguna región de México, en ningún lado. Las masacres, 13 fueron en
calles y avenidas, 12 en carreteras y caminos, 10 en bares y lugares de
entretenimiento, 5 en la sierra, 5 en ranchos o comunidades rurales, 5 en casas
habitación, 1 en una comisaría policial, 1 en una terminal de autobuses y 1 en
un tianguis.
Los cárteles
de la droga en México se han adueñado del país. No hay territorio que no
dominen o pretendan dominar a fuerza de balas y sangre. Por lo menos unas 20
organizaciones criminales, Cártel de Sinaloa, Cártel de Juárez, Los Zetas,
Cártel de la Laguna, Cártel del Noroeste, Cártel Jalisco Nueva Generación,
Cártel de Tlahuac, Cártel la Unión, Los Rojos, Guerreros Unidos, los Beltrán
Leyva, Los Viagra, Caballeros Templarios, Familia Michoacana, Cártel Santa Rosa
de Lima, Nueva Plaza, y las bandas de La Línea, Los Salazar y Jaguares,
utilizan el terror para ganar en su ilícito negocio, sumar territorios y
fronteras para el trasiego de la droga.
En México
esos cárteles conviven todos los días con la impunidad que les da el poder
corruptor de su dinero ilícito o la amenaza violenta. Pocos van por ellos. A la
llegada del gobierno del Presidente Andrés Manuel López Obrador, y un tanto el
Nuevo Sistema de Justicia Penal que entró en vigor en 2016 en todo México,
cambió el escenario de la persecución de los sangrientos criminales y el
combate a la inseguridad y la violencia.
Aun cuando
ciertamente han apostado al desmantelamiento de las estructuras financieras
–apenas el martes 26 de noviembre Santiago Nieto anunció el congelamiento de
más de 300 cuentas asociadas al cártel de Sinaloa- también es cierto que los
líderes criminales de esas mafias actúan y se mueven con impunidad por las
calles, avenidas, carreteras y caminos del País. Descartando a los más notorios
–e impunes- capos como Ismael El Mayo Zambada García, o Nemesio Oceguera, por
mencionarle algunos, muy pocos liderazgos criminales están identificados por
Fiscalías Estatales o la General de la República, los objetivos que significaban
los generadores de violencia para los investigadores dejaron de serlo, cuando
el desmantelamiento de las estructuras financieras y el combate al lavado de
dinero son estrategias que deberían ir acompañadas de otra que se concentre en
la captura de quienes integran los cárteles de la droga y las hordas de
asesinos que comandan.
Los
narcotraficantes mexicanos no serán terroristas en la concepción que se tiene
de los mismos como grupos que utilizan la violencia a gran escala y que generan
terror para imponerse, para obtener un poderío político, dominar a una sociedad
o a un estado, pero utilizan el mismo método de sembrar el terror a través de
asesinatos masivos, secuestros, y la utilización de equipo armamentista para
conquistar territorios en México, en las fronteras, y mantener su poderío
económico producto de la venta, la distribución y el trasiego de drogas en este
país, en los Estados Unidos mayormente, y en otros países.
En los
Estados Unidos, donde el Presidente Donald Trum ha anticipado que “designará” o
clasificará a los cárteles mexicanos como grupos terroristas, existen ya otras
medidas legales para combatirlos dentro y fuera de su territorio. Como la Ley
del Capo o Ley de Designación del Capo de Narcóticos en el Extranjero, o
Kingpin Act como es su nombre original, que entró en vigor en el año 2000, y
que permite a autoridades de aquel país a investigar y procesar a
narcotraficantes que desde el extranjero realizan actos en detrimento de su
sociedad y sus leyes, incluyéndolos en una lista que restringe sus actividades
económicas, y prohíbe las relaciones comerciales, de sociedad y transacciones
entre los narcotraficantes y ciudadanos y empresas norteamericanas.
Hace unos
días el Departamento del Tesoro publicó una nueva relación de las personas que
integran el cártel de Sinaloa, sumando a hombres y mujeres de México y Colombia
como los nuevos encargados del trasiego de la droga y el lavado de dinero del
cártel que comanda Ismael El Mayo Zambada. Además adicionó a la lista de
negocios que tienen relación con el cártel de Sinaloa a empresas también
domiciliadas en ambos países, en lo que respecta a México, en el estado de
Jalisco.
Ese tipo de
investigaciones y medidas en México no se realizan. La sociedad camina a ciegas
en un territorio minado por los cárteles de las drogas. Tanto los nombres de
quienes integran las mafias como los negocios cuyas cuentas son congeladas
permanecen en secreto para el mexicano en general, como información clasificada
y de resguardo oficial en las carpetas de investigación. Esa medida, adoptada
en parte por el Nuevo Sistema de Justicia Penal y en gran medida por la
política del gobierno de la República –a través de la Secretaría de Seguridad y
Protección Ciudadana- y de la Fiscalía General de la República, de no dar a
conocer los nombres de los objetivos, abona a la impunidad de los criminales
quienes desde la clandestinidad corrompen, matan, trasiegan, venden,
distribuyen drogas, amparados por el anonimato legal, y la ausencia de
investigaciones ministeriales que resulten en órdenes de aprehensión.
Independientemente
si el gobierno de los Estados Unidos designa a los cárteles de la droga
mexicanos como terroristas, aunque la expresión suena más a campaña político
electoral de Donald Trump en el preámbulo de su reelección en el año 2020,
estas mafias y los capos que permanecen impunes en México sí utilizan el terror
para someter a competidores, secuestrar o extorsionar a ciudadanos de bien, y
matar a propios y extraños.
2019 va
encaminado a ser un año violento en el País, como sucedió en cada uno de los
seis años de gobierno del priísta Enrique Peña Nieto, o en el sexenio de Felipe
Calderón Hinojosa, dando cuenta que la política de abrazos no balazos, de no
nombrar a los objetivos criminales, de no hacer detenciones espectaculares, y
de mantener una Guardia de proximidad como la Nacional, orquestada por el
Presidente Andrés Manuel López Obrador, tampoco está funcionado. México es el
país de los más de 30 mil muertos por año, producto de una guerra que libran
los cárteles de la droga entre ellos, porque el Estado no los está combatiendo
adecuadamente, lo cual no significa que deba ser a balazos. Con inteligencia
para aprehenderlos, hacer justicia y que impere el Estado de Derecho, sería un
avance.
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