Por Pablo
Gómez.
Andrés
Manuel López Obrador envió al Legislativo una iniciativa para precisar y
extender los delitos por los cuales el presidente de la República puede ser
enjuiciado por el Congreso de la Unión. El Senado añadió que en esa misma
condición estarían los miembros de las cámaras. Sin embargo, los senadores,
como los diputados, durante su periodo legislativo, pueden ser acusados de
cualquier delito y no sólo de aquellos considerados graves.
Como los
diputados de todos los partidos no estuvieron de acuerdo con arrogarse ese
nuevo privilegio, reprobaron los cambios y regresaron la minuta respetando el
contenido de la iniciativa presidencial.
El
Senado, por su parte, insiste ahora en su propia redacción y reenvía el
proyecto a la Cámara de Diputados.
Ese ir y
venir de una iniciativa del presidente carece de un razonamiento de parte de
los senadores, quienes, por lo demás, no tienen derecho, en términos políticos,
a colgarse de un proyecto que no es suyo, pero con el cual buscan ser
inimputables de la mayoría de los delitos durante el tiempo de su encargo.
Quien
sufre las consecuencias del desaguisado senatorial es el iniciador del
proyecto, Andrés Manuel López Obrador, pues esto más bien parece un asalto para
sacar raja de impunidad, presionando al mismo presidente para interceder a
favor de un texto constitucional que ya no es enteramente el suyo, sino que se
ha modificado y deformado como condición para ser expedido por parte de unos
senadores que buscan su propio provecho.
Con la
iniciativa de López Obrador, el párrafo que se pretendía reformar se refiere
exclusivamente al presidente de la República (art. 108, segundo párrafo). Es el
impeachment, la acusación contra el jefe del Ejecutivo y su juicio en el
Congreso de la Unión. Nada tiene que hacer ahí la mención de otros altos
funcionarios de la Federación como son los legisladores. Es por ello que los
diputados tuvieron que regresar al Senado la minuta volviendo al texto
presidencial. Si algunos senadores, los de las minorías, quieren privilegios,
pues que presenten sus propias iniciativas. En síntesis, esa presión no es en
forma alguna legítima.
El tiempo
que vivimos en México es para que se elimine totalmente el llamado fuero y los
privilegios, es
decir, la inmunidad procesal penal de los altos funcionarios, con el propósito
de que todos ellos puedan ser sometidos inmediatamente a proceso sin pedir
permiso a la Cámara de Diputados para que ésta proceda al desafuero previo a la
imputación. Sin embargo, hasta ahora, las oposiciones han impedido la
aprobación de este proyecto que fue el primero que presentó Morena en San
Lázaro hace más de un año.
La
mayoría parlamentaria de ambas cámaras no debería aceptar el chantaje de unas
oposiciones que no proponen nada nuevo, pero son duchas en condicionar sus
votos para completar los dos tercios necesarios en las reformas
constitucionales, con el puro objeto de lograr la introducción de elementos que
no corresponden con la nueva situación del país.
La lucha
contra los privilegios políticos no podría en situación alguna admitir la
ampliación de los mismos. Eso debería ser obvio.
Es
posible hoy acusar a un senador o senadora por cualquier delito. Pero con ese
párrafo, cuya aprobación exige el Senado, sólo podría ser por delitos graves.
Recordemos que la Cámara de Diputados es la que autoriza el enjuiciamiento
penal de los miembros del Congreso. Con el insistente texto del Senado eso
únicamente podría realizarse por los delitos comprendidos en el artículo 19
constitucional, es decir, los que se consideran graves. ¿Un senador o senadora
podría robar durante el tiempo de su encargo sin que se le pudiera abrir un
proceso? Eso es lo que se busca, aunque
sin confesarlo. Algo más para historia de la hipocresía.
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