Salvador
Camarena.
En el
sexenio de Felipe Calderón la pieza más importante de la administración no
estaba en Bucareli, sino en Constituyentes, en la oficina del entonces
secretario de Seguridad Pública, cuya detención se supo el día de ayer, en una
fecha que marcará el fin del ciclo político del exmandatario michoacano.
La piedra
angular de la administración calderonista fue la política de seguridad. Y
aunque trascenderán en la memoria esas imágenes de Calderón con una casaca
militar que le venía grande, desaliño que entre otros el presidente López
Obrador han aprovechado para mofarse del panista, la verdad es que la
estrategia contra la delincuencia tenía en el Ejército y la Marina brazos
operativos, pero el ingeniero García Luna era a quien Felipe más escuchaba al
planificar.
La guerra
contra la delincuencia, con su terrible baño de sangre, la hizo Calderón en
hombros de García Luna. La Policía Federal recibió un impulso inédito y se
convirtió en un tercer cuerpo de seguridad, con recursos económicos, capacidad
de despliegue territorial, herramientas para inteligencia y, nada menor,
influencia de su jefe máximo en el gabinete. Si tan sólo todo eso se hubiera
usado para bien.
Calderón ató
pues su destino a García Luna. Y lo defendió en tormentas pérfidas, donde la
dignidad recomendaba capitular, corregir, aceptar que su colaborador se había
vuelto tóxico, como lo fue en el montaje criminal del caso Florence Cassez, por
el cual hoy sigue gente, cuya culpabilidad está en duda, encarcelada.
Entre una
buena relación con Francia y su policía, Calderón eligió al segundo, a
sabiendas que todo México ya había descubierto, por trabajos del equipo de
Denise Maerker, que García Luna había manipulado la verdad mediática e
histórica, y por tanto judicial, del caso de una presunta banda de
secuestradores donde la ciudadana francesa era una pieza más del montaje
prefabricado por el ingeniero Genaro.
“Me
parece difícil hallar un momento más aciago en esta historia plagada de engaños
y abusos de autoridad”, escribió hace un par de años Jorge Volpi en Una novela
criminal, libro que dedica al montaje contra Cassez y la supuesta banda de
secuestradores Los Zodiaco. Novela sin ficción, Volpi llama el “momento más
aciago” al que reemprende García Luna en contra de los detenidos en un montaje,
que incluyó a la televisión matutina, decisión que el funcionario tomó luego de
la accidentada visita del presidente Nicolás Sarkozy a México y donde la
ciudadana francesa fue tema que agrió esa gira. “El instante en que, impuesta
la razón de Estado, a un montaje se le suma otro y, para satisfacer al
presidente, el gobierno mexicano utiliza todo su poder contra una sola
familia”.
Ese fue,
ese es García Luna, que usó la fuerza del Estado para perpetuar una injusticia.
Y ese fue García Luna gracias a Calderón, que nunca le regateó apoyo en público
ni en privado.
Por eso la
bomba informativa de la mañana de ayer, cuando la periodista Ginger Thompson
reveló que tenía información de que García Luna había sido apresado por una
acusación por ligas con el narcotráfico, esa bomba revienta más allá del
ámbito del exsecretario de seguridad pública. Pega en el corazón de lo que fue
el calderonismo, y hunde las posibilidades de resurrección del político que
pretendía regresar a la arena política mediante un nuevo partido.
El
calderonismo quiere presumir su legado (es un decir), quiere anteponer su
método al del presidente López Obrador, quiere mostrarse como un camino óptimo
frente al caos actual.
O más
bien hay que conjugar esas pretensiones en pasado. Eso quería. Porque desde
ayer, desde el momento mismo de la noticia de la detención de García Luna, el
calderonismo ha quedado desacreditado por completo, desfondado sin arreglo.
El
calderonismo fue una cosa mediocre en economía y política, pero se supone que
al final le habían dado la vuelta a la inseguridad. Bueno, pues hoy el hombre
de esa “estrategia” está bajo arresto por una acusación bastante seria, que ya
veremos en qué acaba.
Mientras eso
ocurre, Felipe Calderón no podrá convencer a nadie, salvo a un irrelevante
puñado de leales, que él no supo los malos pasos de su enjuiciado y cercanísimo
excolaborador. A nadie. Menos a México. Adiós Calderón....y hunde las
posibilidades de resurrección del político que pretendía regresar
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