Ricardo
Monreal.
El pasado
domingo 1 de diciembre, el presidente Andrés Manuel López Obrador informó sobre
su primer año de gobierno. No lo hizo entre paredes reforzadas, sino de manera
pública, con una apertura nunca antes vista. Las personas invitadas no fueron
elegidas de una limitada lista, se pudo asistir libremente, sin distinciones y
sin privilegios. Se trató de una escena que en tiempos del antiguo régimen
habría sido impensable, poniendo en evidencia que esta administración entiende
lo que otras no pudieron: el gobierno se debe al pueblo.
Esta nueva
realidad incomoda a quienes están perdiendo privilegios, pero, a pesar de tal
resistencia, se han empezado a demoler las injustas estructuras que mantuvieron
anclado el bienestar de la sociedad. Vamos transitando hacia la ampliación y el
respeto de los derechos de todas las personas, sin distinción. Así, el inicio
del cambio de régimen ha implicado la convivencia de procesos de destrucción y
construcción.
Durante este
primer año se han empezado a combatir, sin tregua, la corrupción, la impunidad
y la unión del poder político y el económico. Para ello se han aprobado
importantes reformas legales que dotan al Estado de las herramientas necesarias
para derribar los complejos entramados mediante los cuales algunos funcionarios
y empresarios convirtieron al presupuesto público en el más redituable fondo de
ahorro y retiro privado. La corrupción es ahora delito grave y las empresas fantasma,
que por tanto tiempo fueron toleradas, están siendo desmanteladas.
Se ha
destruido también la institucionalización de los abusos que ocurrían en la
administración pública. Se eliminaron los privilegios de altos funcionarios que
vivían muy por encima del promedio de las condiciones generales de la sociedad,
algo que los mantenía alejados de la dolorosa realidad que en teoría trabajaban
por cambiar. La austeridad republicana es, así, un principio no solamente
necesario y justo, sino congruente.
Al mismo
tiempo, se está construyendo una sociedad más equitativa y próspera; se han
creado las bases para tener un sistema laboral más justo; se ha reformado el
sistema de salud para asegurar que los recursos sirvan para salvar vidas y no
como caja chica de gobiernos locales; se ha brindado apoyo directo a quienes lo
necesitan, evitando la creación de falsos padrones que se utilizaban para
desviar el dinero, modificando la lógica de nuestra política social; se ha
reformado el sistema educativo, poniendo en el centro al alumnado y
reconociendo el rol preponderante del magisterio.
Éstos son
sólo algunos de los logros alcanzados, pero es importante recalcar que el afán
de construir una sociedad más justa, libre de corrupción e impunidad, hace que
la actual manera de gobernar sea diametralmente opuesta a los cánones
establecidos y respetados por varias décadas en nuestro país.
Cambios de
tal relevancia no son sencillos ni indoloros. En primer lugar, porque, como
cualquier excavación profunda, la transformación está sacando a flote lo que
por tanto tiempo estuvo enterrado. En segundo lugar, porque el egoísmo de las
autoridades del pasado ha dejado una herencia que no es fácil erradicar.
No se puede
ignorar que aún falta mucho por hacer, que se trata de un proceso que tomará
tiempo y que ha habido situaciones complicadas. Los momentos más difíciles han
estado relacionados con las crisis de inseguridad que venimos arrastrando hace
décadas, pero desde el inicio de la administración se ha trabajado para
transitar hacia un México en paz, para lo cual se creó la Guardia Nacional y se
puso en marcha una nueva estrategia integral de seguridad encaminada a terminar
con la espiral de violencia que hemos heredado.
Como es de
esperarse, la oposición y la reacción no han perdido oportunidad para politizar
los eventos desafortunados en torno a la inseguridad, así como a cualquier otro
tema. Las críticas son fuertes y se manifiestan de muchas maneras.
Afortunadamente, tenemos un Presidente honesto que gobierna en forma totalmente
transparente, en un ambiente de completa libertad de expresión, en el que todas
y todos estamos informados y podemos expresar nuestras ideas. Algo muy lejano a
las cajas negras del pasado en las que se escondía la realidad de lo que
acontecía.
Durante este
primer año se ha iniciado la destrucción de todos los vicios que frenaban
nuestra prosperidad, y se ha empezado a construir un nuevo régimen, basado en
los principios de equidad y de justicia. Es un cambio que confronta visiones, y
por ello actualmente vivimos un ambiente políticamente catártico; nunca antes
la sociedad había mostrado tal interés en los asuntos públicos –ya sea en apoyo
o en oposición–, signo inequívoco de que nuestra democracia se ha fortalecido,
algo por demás positivo. Sin embargo, debemos evitar que la politización se
convierta en polarización, pues, para seguir avanzando, se necesita que todas y
todos, desde distintas ópticas, ayudemos a construir una nueva y mejor
realidad.
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