Jorge Javier
Romero Vadillo.
El Gobierno
ha revivido un proyecto originalmente planteado durante la Presidencia de
Enrique Peña Nieto para entregarle el control de los puertos y de la marina
mercante, actualmente gestionados por la Secretaría de Comunicaciones y
Transportes, a la Secretaría de Marina, con lo cual sería la Armada de México
–una de las instituciones militares permanentes que forman parte de las fuerzas
armadas nacionales– la encargada de administrar la totalidad de asuntos
marítimos, pues no solo estaría a cargo de la administración portuaria, sino
también de la gestión de la flota de barcos utilizados para el comercio y el
turismo y de la educación náutica, actividades que hasta ahora han sido de
carácter civil, como ocurre en todas las democracias del mundo, con la
excepción de Corea del Sur y Chile, países que heredaron de sus dictaduras
militares el control de sus armadas militares de sus puertos y flotas
mercantes.
La reforma
revivida le daría también a la Marina las tareas de dragado de los ríos y
puertos y pondría bajo su control el fideicomiso de formación y capacitación
para el personal de la Marina Mercante Nacional (FIDENA), que involucran
licitaciones y recursos millonarios. El argumento del presidente de la República
para defender la iniciativa promovida en la Cámara de Diputados por su partido
fue que se trata de un asunto de seguridad, que tiene el objetivo de controlar
el tráfico de drogas y mercancías ilegales, pero la marina ya controla la
seguridad portuaria, mientras que las facultades que adquiriría con la nueva
ley son de carácter administrativo y financiero, por lo que con ella las
fuerzas armadas avanzarían en la captura de la administración pública y su
presupuesto, proceso que comenzó con el despliegue del ejército para combatir
el tráfico de drogas y que no ha parado durante los últimos tres lustros.
La
militarización de tareas fundamentales del Estado, que comenzó con el
desmantelamiento de las antiguas redes locales de reducción de la violencia,
basadas en la venta de protecciones particulares y en mecanismos de negociación
de la desobediencia que caracterizaron al régimen del PRI, y su sustitución por
el control territorial de las fuerzas armadas ha sido continua desde el
Gobierno de Calderón, supuestamente para combatir la corrupción que generaba
complicidades con la delincuencia. El campeón de aquella estrategia, Genaro
García Luna, ha sido detenido en Estados Unidos acusado precisamente de darle
protección particular al grupo más importante de la delincuencia a la que
pretendía perseguir.
Por lo
demás, la estrategia mostró pronto ser contraproducente cuando no solo
ineficaz, pero, sorprendentemente, tanto el Gobierno de Peña Nieto como ahora
el de López Obrador se empeñaron en continuar la sustitución del viejo aparato
estatal, corrupto y carcomido, pero que mal que bien había logrado mantener la
violencia en niveles aceptables, por el despliegue militar, con su estela de
violencia incontrolable.
El Gobierno
actual ha ido incluso más lejos que sus predecesores. El ejército y la marina
han aumentado sustancialmente su poder durante lo que va de la gestión de López
Obrador. Serán militares los que construyan el nuevo aeropuerto en Santa Lucía
y se encarguen de otros proyectos de infraestructura. De prosperar la
iniciativa de los puertos, el negocio estatal de la gestión marítima quedará en
manos de la Armada.
El pretexto
aducido por el presidente López Obrador es que la Marina Armada de México es
una organización confiable, cosa que, por lo visto, no es la administración
civil que hasta ahora ha gestionado los puertos y la marina mercante. No le
merece respeto al presidente todo el cuerpo de funcionarios de las capitanías
de puerto que históricamente han gestionado el tráfico marítimo de mercancías y
pasajeros, ni el sistema educativo de marinos civiles. Todos ellos son, desde
la perspectiva presidencial, una caterva de corruptos, mientras que los marinos
militares son un dechado de virtud patriótica. ¿Cuál es la evidencia en la que
sustenta esta percepción? No lo sabemos, porque si hay algún ámbito del Estado
mexicano que ha sido históricamente opaco es precisamente el de las fuerzas
armadas.
Desde el
pacto de 1946, cuando los militares aceptaron dejar de ser actores políticos
deliberantes en el proceso de sucesión presidencial, sobre las actuaciones del
ejército y la marina se tendió un manto protector que los mantuvo a salvo de
cualquier escrutinio público. Entre las reglas no escritas con las que operó el
arreglo institucional priista estaba la de no permitir ninguna crítica al
actuar de los militares. De ahí que la imagen de las fuerzas armadas fuera
mejor que la del resto de la organización estatal, claramente percibida como
corrupta por el conjunto de la sociedad. Sin embargo, no existe ningún elemento
para considerar con seriedad que esa parte del Estado mexicano, fundamental en
la construcción del régimen patrimonial y extractivo que surgió de la
revolución, sea distinto al resto. Por el contrario, las fuerzas armadas fueron
un elemento central del arreglo de venta de protección, característico del
Estado mafioso del PRI que la democracia no transformó.
La
ampliación de los ámbitos de influencia de los militares en la vida del país es
una regresión importante en el proceso de evolución del Estado mexicano de un
orden social de acceso limitado, controlado por una coalición estrecha de
intereses, a un orden social de acceso abierto, característico de las
democracias constitucionales avanzadas. Resulta paradójico que, mientras el
régimen del PRI, de carácter arbitrario y con una supuesta legitimidad basada
en su origen revolucionario, logró la limitación de la influencia castrense,
los gobiernos elegidos democráticamente de las últimas décadas hayan renunciado
a la creación gradual de un orden estatal civil sólido y profesional y, en
cambio, le haya ido devolviendo espacio de influencia a quienes tienen la
capacidad en última instancia de usar la ventaja estatal en la violencia.
En lugar de
emprender una reforma del Estado que sustituyera la antigua maquinaria de venta
de protecciones particulares, ineficiente y corrupta, con enormes problemas de
agencia que implicaban el abuso privado de las parcelas de poder estatal, pero
que garantizaba la reciprocidad clientelista, por una burocracia capacitada
técnicamente, relativamente despolitizada, transparente y obligada a rendir
cuentas de todos sus actos, se ha intentado tapar los boquetes que va dejando
el desmoronamiento del antiguo Estado con los militares, bajo el supuesto de
que su carácter disciplinado resolverá los problemas de agencia y de
corrupción. No hay nada en la evidencia que pruebe esa suposición. Sin
rendición de cuentas, bajo el pretexto de que se trata de temas de seguridad
nacional, lo que veremos es cómo las fuerzas armadas acaban apropiándose del
control estatal, mientras los civiles les sirven solo de fachada. Se trata de
un riesgo muy alto.
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