Arnoldo
Cuellar.
La vida
ha cambiado de forma casi total en Guanajuato. El autocuidado y la creación de
rutinas para eludir el riesgo son hoy la realidad cotidiana hasta para ir a
comprar botanas a una tienda de conveniencia o medicamentos a una farmacia.
Pero no es
lo único: los ataques armados son ya una realidad casi cotidiana en
numerosos municipios de la zona sur y centro del estado. Particularmente hay una
guerra declarada de grupos delictivos en contra de los agentes policiacos de
casi todas las corporaciones.
El
milagro económico que vino de la mano de la política de industrialización, la
bandera estelar de los gobiernos panistas, no es ya lo que tiene a Guanajuato
en las páginas de los medios de comunicación, en cambio las noticias de sangre
o los análisis y recuentos sobre la violencia, nos tienen constantemente en el
aparador.
Los dos
últimos gobiernos, los encabezados por Miguel Márquez y Diego Sinhue Rodríguez,
trataron de pasar por encima del tema seguridad. El segundo aún lo hace, aunque
cada vez lo encuentra más difícil porque la realidad ha sido tomada por asalto
por otros actores políticos.
Recuerdo
a un comunicador del Gobierno marquista, todavía con influencia en el nuevo
Gobierno, que repetía como un mantra “la seguridad no vende”. El ex Gobernador
no dedicaba al tema del combate a la creciente violencia y el crecimiento de
los delitos, aún controlable, más allá de un párrafo en sus extensos informes
de Gobierno.
Sinhue trató
de seguir el ejemplo y fue más allá: contrató a una vocera de la seguridad, un
personaje que se ha vuelto el símbolo de la displicencia y la frivolidad con la
que el Gobierno ve el sufrimiento del pueblo que lo eligió.
Sin embargo,
las cosas se han puesto complicadas. La gran marcha de estudiantes del 2 de
octubre en Celaya, que no le mereció al Gobernador ni un mísero tuit; la
organización de los familiares de desaparecidos que están retomando
experiencias de grupos veteranos en el activismo contra las omisiones del
estado y que siguen sin ser recibidos por el Fiscal del estado y tampoco por el
mandatario; la fenomenal movilización de los estudiantes de la Universidad de
Guanajuato que esa si lo obligó a asistir y pronunciarse al paralizar por media
semana la sede central de la institución y varios de los campus.
Estos
movimientos emergentes le han dado la vuelta a la tradicional parsimonia de las
organizaciones que en el pasado ejercían de contrapeso y que cada vez están más
diluidas los partidos de oposición y los organismos empresariales.
Habría
que decir que Sinhue no se ha reunido en su primer año de Gobierno con las
dirigencias partidistas, a quienes solo envía a su casi testimonial Secretario
de Gobierno; con las organizaciones el diálogo es más fluido, pero se ha
convertido en un espacio de intercambios donde los empresarios ganan acceso a
las decisiones oficiales e incluso a la aplicación de presupuestos, mientras el
Gobierno los mediatiza como críticos. Quien no gana nada es la población en sus
capas amplias que solo ve desde lejos estos banquetes de influyentismo.
La
tradicional respuesta gubernamental de atender un problema con una reunión
cupular realizada con una gran producción y discursos tan rimbombantes como
reiterativos, mostró sus enormes limitaciones cuando el rector general de la
Universidad convocó al Gobernador Sinhue y al Fiscal Zamarripa a la firma de un
acuerdo de colaboración contra la violencia de género, con un muro de luces
color de rosa detrás de ellos y la presencia de la plana mayor de los
funcionarios estatales y universitarios.
Eso fue
el 25 de noviembre, en conmemoración del día internacional de la No Violencia
contra las Mujeres. Apenas nueve días después, estalló el paro de labores en la
UG que había sido precedido de una protesta por el asesinato de la joven Ana
Daniela Vega, manejado en un primer momento como suicidio y luego desligado de
la Universidad al declarar una alta funcionaria que ya no era alumna de la
institución.
De nada
sirvieron los discursos empáticos, siempre difíciles de tragar para los escépticos
que cada día somos más, ni el muro color de rosa. Lo que pasaba en las calles
nada tenía que ver con la realidad decorada a alto costo para el disfrute y la
tranquilidad de los funcionarios.
Algo
similar ocurre en el tema de la inseguridad. El Gobernador aprovechó la reunión
de un consejo estatal absolutamente disfuncional y meramente decorativo, para
lanzar sus disculpas por las omisiones del estado en el tema de la seguridad y
la erradicación de la violencia de género. Por supuesto, recibió aplausos, lo
que no había ocurrido en el Teatro principal de la Universidad de Guanajuato
cuando el rector hizo lo propio.
A pocos días
de esa reunión y a horas del anuncio de mejores sueldos para los policías de
las corporaciones estatales, la violencia se vuelve a ensañar contra los
agentes de seguridad, en Irapuato y en Villagrán.
La terca
realidad sigue ajena a los discursos, mientras los dueños de esa retórica se
instalan en la negación y dejan las calles, los campus, las colonias y los
caminos, a merced del mas fuerte.
Saben qué:
ahórrenos los discursos, nada tienen que ver con lo que pasa y, para colmo, ni
siquiera están bien redactados
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