Jorge Javier
Romero Vadillo.
El próximo
30 de abril concluye el plazo para que el Congreso de la Unión cumpla con la
instrucción de la Suprema Corte de Justicia de la Nación que lo obliga a
legislar con el fin de acabar con la prohibición de la marihuana, declarada
inconstitucional por jurisprudencia. Una vez agotada la prórroga solicitada por
el legislativo, es imperativo que se apruebe la ley correspondiente, o la Corte
podría emitir una declaratoria general de inconstitucionalidad que anularía los
artículos de Ley General de Salud afectados por la suma de amparos revisados y
concedidos por el alto tribunal.
Hace unos
días, la Comisión de Justicia del Senado, que encabeza el proceso de dictamen
de las diversas iniciativas sobre marihuana presentadas en esta legislatura,
circuló un proyecto que apenas cambia respecto al que había hecho público su
presidente, el senador Julio Menchaca, en noviembre pasado y que concitó
entonces el rechazo de diversos grupos de activistas y especialistas promotores
de una regulación sensata para el cannabis. Las pegas puestas entonces fueron
aducidas como motivo para ampliar el plazo de trámite legislativo y para
solicitarle la prórroga a la Corte. El nuevo documento tiene una prolija
exposición de motivos que recupera algunas de las críticas hechas al original,
pero en el articulado mantiene todos los defectos de la versión anterior,
incluso agravándolos.
El proyecto
de Menchaca parece haber sido dictado desde las oficinas de cabildeo de las
empresas de cannabis legal que controlan ya el mercado canadiense y ven con
avidez su posible incursión en México. El diseño regulatorio propuesto en el
documento de la Comisión de Justicia está pensado de tal manera que las
barreras de entrada a la producción y al mercado legal sean infranqueables para
los campesinos que no cuenten grandes sumas de capital para invertir en las
costosas semillas registradas para ser trazables y para pasar las pruebas de
“testeo” (hasta en el uso del anglicismo se nota la mano de los cabilderos de
las trasnacionales). Los campesinos mexicanos que han sido víctimas de la
prohibición y han estado bajo el yugo del crimen organizado no tendrían
posibilidades de ingresar a la producción regulada y seguirían siendo
considerados como delincuentes en caso de sembrar sus propias semillas, esas
que han sido desarrolladas en México a lo largo de décadas de producción
clandestina, pero que no están registradas por alguna gran empresa.
Lo peor del
proyecto es que mantiene a la marihuana dentro del régimen penal y solo crea
excepciones a su prohibición, no solo en el caso de la producción y la
comercialización, sino también para los consumidores. De manera absurda, se
mantiene a la marihuana en la tabla de umbrales para el consumo personal
inmediato, aunque se aumenta de cinco a 28 gramos la cantidad no punible. Pero
arriba de ese umbral máximo, de ser detenido con marihuana no producida y
comercializada dentro de los estrechos márgenes de la ley, los consumidores
podrían ser multados y si rebasaren las cantidades establecidas como posesión
simple, que también se aumentan, podría incluso ser encarcelados.
El
autocultivo, una buena opción para que las personas usuarias se provean de la
sustancia sin recurrir al mercado, también quedaría fuertemente limitado de
aprobarse el proyecto de Menchaca, pues se exigiría el registro de quienes
decidieran usar esa vía y se limitaría a cuatro plantas por persona o a seis si
son dos adultos en el mismo domicilio con registro. El libre desarrollo de la
personalidad aducido por la Suprema Corte para declarar la inconstitucionalidad
de la prohibición, y el derecho a la intimidad serían aplastados por esas
medidas.
Una ley así
diseñada no beneficia ni a los productores del sector social ni a los
consumidores, principales víctimas de la inicua prohibición que en mayo
cumplirá cien años de no abolirse antes con una legislación sensata. Y solo
sacaría a una pequeña parte de la producción y el consumo del mercado
clandestino, con lo que seguiría existiendo margen para que los delincuentes
participen de sus ganancias. El objetivo central de la ley debería ser
quitarles por completo el negocio a los criminales, al tiempo que se proteja a
los consumidores y se beneficie a los campesinos pobres con el acceso a un
mercado legal que puede impulsar su economía, con base en las ventajas
competitivas adquiridas durante años de cultivo en condiciones de
clandestinidad y opresión por parte del crimen organizado.
Lo sensato
sería eliminar cualquier vinculación entre el régimen penal y la regulación del
cannabis, pues de lo contrario las inercias institucionales llevarán a la
continuada criminalización de usuarios y campesinos. Una legislación adecuada
debería reformar el artículo 245 de la Ley General de Salud para mover al THC
de la lista II, que se refiere a las sustancias que tienen algún valor
terapéutico, pero constituyen un problema grave para la salud pública, a la
lista IV, donde están las sustancias que tienen amplios usos terapéuticos y
constituyen un problema menor para la salud pública, con el fin de sustraer al
cannabis del régimen de prohibición penal y pasarlo a uno de regulación
administrativa.
La sensatez
también debería llevar a la eliminación del delito de posesión simple en el
caso de la marihuana de la misma Ley General de Salud y a suprimir cualquier
referencia al cannabis en el Código Penal, pues a la manera del proyecto de
Menchaca los consumidores más vulnerables, seguirían siendo víctimas de
extorsión, estigmatización y criminalización, y los productores del sector
social del campo seguirían siendo considerados delincuentes, mientras que el
mercado legal estaría orientado al beneficio de grandes empresas y de los
consumidores con mayor poder adquisitivo. La regulación necesaria no puede
hacerse como si estuviéramos en Canadá o en Colorado, sino pensando en las
concreciones de la sociedad mexicana.
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