Guadalupe
Correa-Cabrera.
El complejo
fenómeno de las caravanas migrantes y los cientos de miles de refugiados que
buscan un hogar en el mundo desarrollado nos llevan inevitablemente al debate
entre globalistas y nacionalistas sobre la pertinencia de la apertura o cierre
de las fronteras, sobre la construcción de puentes o muros, y sobre el derecho
o no a migrar libremente. La defensa de las fronteras abiertas—que se
contrapone a las posturas de la construcción de muros o las políticas
migratorias restrictivas enarboladas por gobiernos como los de Estados Unidos,
Israel, Hungría o Polonia—es ahora la bandera de los nuevos movimientos
progresistas del mundo occidental.
La firma del
pacto mundial sobre las migraciones y la oposición al mismo por parte de
algunas naciones parece dividir hoy a dos posturas distintas que se confunden
con ideologías. Los que apoyan las fronteras abiertas y se oponen a las
políticas migratorias restrictivas comienzan a identificarse con los nuevos
movimientos progresistas o lo que llaman “la nueva izquierda internacional”.
Algunos representantes de la generación de los denominados millennials
(generación que inicia con la década de los ochenta) no parecen reconocer las
ideologías de la guerra fría y comienzan a identificarse con otros temas y con
otras ideas; con ellas justifican sus luchas y sus protestas.
Ahora ser de
izquierda en el mundo occidental significa, para muchos, apoyar el pensamiento
de las fronteras abiertas, apoyar los movimientos indigenistas (o
pseudo-indigenistas), los movimientos ambientalistas, la lucha feminista, las
protestas LGBTQI+, la legalización de las drogas y el movimiento de reducción
de daños. Desconfiar de Greta Thunberg, llamar a los antifascistas grupos
paramilitares, dudar de la espontaneidad de las caravanas migrantes y no apoyar
a Bernie Sanders o a Alexandra Ocasio Cortés y su “Nuevo Acuerdo Verde” (o
Green New Deal) no es ser de izquierda, no es ser progresista, es definirte
como ultra-conservador y apoyar los valores más despreciables de la
ultra-derecha o del proto-fascismo.
Para ser de
izquierda y pertenecer a los movimientos progresistas de hoy, representados por
“los buenos del mundo”, es también recomendable colocar una “x” después de
sustantivos clave, como latino o chicano (decimos Latinx o Chicanx en inglés);
ello con el objeto de acabar con el pensamiento binario en materia de género y
reconocer múltiples identidades. Esto es un must, o algo “que debe ser” para
definirse uno como de izquierda. También, para estar a tono con el pensamiento
progresista moderno, hay que estar en contra de las prisiones y desear un
“mundo libre de milicos (militares) y policías.” Estas son las reglas de la
nueva izquierda a comienzos de la tercera década del siglo XXI. Libertad,
liberalismo y (¿por qué no?) libertinaje son parte de los nuevos valores de la
izquierda moderna.
Y hay de uno
si tiene la osadía de criticar al movimiento anti-fascista o antifa, que en la
realidad es difícil de descifrar. Los autonombrados miembros de la nueva
izquierda pueden llegar a verlo a uno con recelo y desconfianza y pensar que,
si uno alguna vez se identificó con la izquierda, ahora le ha vendido su alma
al diablo, a la ultra-derecha o a los mismísimos hermanos Koch. Se puede llegar
a pensar incluso que uno es partidario de Donald J. Trump o de los movimientos
neo-nazis, supremacistas blancos (tales como los que representan el orgullo
machista de los Proud Boys).
Es
interesante analizar los valores de la auto-denominada nueva izquierda mundial.
En realidad, dichos valores están bastante alejados del marxismo y se acercan
más bien al laissez-faire de Adam Smith, conocido por algunos como el “padre
del capitalismo”. También, si lo pensamos bien, el nuevo progresismo
internacional se identifica, de alguna forma, con algunos aspectos del
pensamiento de los defensores del liberalismo clásico como Friedrich Hayek o
Ludwig von Mises. La idea de promover “una sociedad abierta” que debe ser defendida
de sus enemigos como lo propone el filósofo austriaco (inglés) Karl Popper
parece adoptarse con gusto por el nuevo pensamiento progresista. Todas estas
filosofías justifican y apoyan al sistema capitalista.
Es verdad
que la nueva izquierda internacional busca mayores libertados y también mayor
igualdad (objetivos a veces contradictorios), critica la discriminación en el
sistema judicial o la aplicación desigual de la justicia en base a clase o
raza, apela al término socialismo y propone, en ocasiones, medidas realmente
progresistas (como la construcción de un sistema de cobertura de salud
universal). La nueva izquierda internacional se enfoca en la defensa de los
derechos civiles y tiene como piedra angular la política de identidad.
La parte que
parecería ser contradictoria en lo que respecta a los objetivos de la izquierda
tradicional o clásica—que busca la igualdad y un cambio de sistema que
modifique las estructuras económicas para minar la explotación de las mayorías
por parte de la clase capitalista—es esta defensa a ultranza de todas las
causas del liberalismo de segunda generación (que llegan con el reconocimiento
de los derechos civiles en Estados Unidos). Esta nueva lógica, que olvida el
motor de la lucha de clases y mueve ahora las conciencias de los jóvenes en
base a la política de identidad, consolida y apoya los valores capitalistas
dentro del esquema denominado neoliberal. Karl Popper parece superar a Karl
Marx en la búsqueda de la igualdad. Y así la nueva izquierda se afianza bien en
una sociedad abiertamente capitalista.
Lo negativo
de esta nueva visión, es que representa nuevas formas de imperialismo pues
impone en el mundo en desarrollo lo que deberían ser las nuevas causas sociales
en un mundo desarrollado donde imperan los libres mercados. En un mundo de
fronteras abiertas para unos y no para otros, los migrantes seguirán siendo
explotados y las nuevas luchas identitarias no ponen en duda existencial al
gran capital. En otras palabras, parecería que el enfoque en la política de
identidad como lo propone la nueva izquierda, reprime la conciencia de clase e
inhibe un verdadero cambio en el modelo económico, es decir, un verdadero
cambio social. Las nuevas luchas de la izquierda caben perfectamente en la
visión popperiana de la sociedad abierta. En realidad, en esta sociedad no hay
mucho camino para lograr la igualdad en el nivel ingresos, que es lo que menos
importa. Importan más bien las libertades; se acepta de facto el status quo
neoliberal.
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