Dolores
Padierna.
En la prensa
internacional es un lugar común que en México tenemos la democracia más cara
del mundo. Nacido de la desconfianza –de una historia muy bien documentada de
fraudes electorales, para ser claros–, el sistema electoral mexicano es
ciertamente oneroso: en la más reciente elección federal, la histórica de 2018,
el gasto fue superior a los 60 mil millones de pesos.
Una buena
parte de esos recursos va a dar a los partidos políticos y otra se queda en las
operaciones del Instituto Nacional Electoral. En este rubro, claro, están los
gastos de la burocracia dorada que se ha negado a cumplir el mandato
constitucional para que ningún servidor público gane más que el presidente de
la República.
Los partidos
políticos ahora en la oposición fueron durante décadas beneficiarios del
reparto de los recursos electorales, vía el financiamiento público de sus
actividades, determinado a partir del porcentaje de votos obtenido por cada
uno.
La fórmula
de reparto se estableció en sucesivas reformas electorales y cada tanto vuelve
a ser objeto de debate.
En diciembre
pasado, la oposición rechazó una iniciativa que proponía reducir a la mitad el
financiamiento público que reciben los partidos.
En la
discusión de las sucesivas reformas electorales se plantearon una y otra vez
las razones para privilegiar el financiamiento de los partidos en tanto
entidades de interés público. Se habló hasta el cansancio de que los donativos
privados terminaran por imponer agendas contrarias al interés general, de la
autonomía partidista, de la transparencia y de la necesidad de evitar la
entrada de fuentes ilícitas de financiamiento.
La otra cara
de la moneda es que en muchos casos se volvieron excesivas o totalmente
dependientes del erario público y que el financiamiento seguro contribuyó a que
se alejaran de sus electores. Por lo demás, ni la corrupción ni el uso de
fuentes ilícitas de recursos desaparecieron de las lides electorales.
El tema del
financiamiento nos lleva a la pregunta permanente: ¿cómo logramos un sistema
electoral confiable, democrático, imparcial, aceptado por todos, y al mismo
tiempo reducimos el costo de nuestra democracia electoral habida cuenta de que
vivimos en un país con inmensas carencias?
Y más:
¿cuántos programas, ¿cuántas acciones emprendieron los actuales consejeros
electorales del INE, o los anteriores, para reducir el costo del voto? Al
contrario, cada año, cada elección, los fondos públicos destinados al sistema
electoral se fueron abultando, incluyendo los privilegios y gastos ostentosos
de los consejeros y los altos funcionarios.
Es en ese
contexto que llega el más reciente debate que involucra a la institución
electoral.
Los
opinadores que se asumen dueños de la (fallida) transición claman como una sola
voz: la Cuarta Transformación va sobre el INE, pretenden capturar las
instituciones autónomas, viene la dictadura. Son las mismas plumas que cerraron
los ojos o defendieron con malabarismos el reparto bi o tripartidista de cargos
no sólo en el INE, sino en el resto de los organismos autónomos y en los
tribunales. Pero claro, ese es otro punto.
El punto de
hoy es que los dueños de la transición se creen investidos para pasar por
encima de la ley.
El consejero
Lorenzo Córdova decidió adelantar varios meses –estaba prevista por norma para
el mes de abril– la designación del secretario ejecutivo del INE, un puesto
clave pues se trata del personaje que coordina toda la operación del instituto
y sus pares estatales.
El problema
es que en la renovación de ese importante cargo deberían participar los cuatro
nuevos consejeros que en estos días ha de designar la Cámara de Diputados y que
Córdova adelantó el procedimiento justo para que no participaran.
En sus
explicaciones públicas, el consejero presidente ha dejado claro que su decisión
fue para evitar que desde la Cámara de Diputados se dañe al INE. Olvida el
consejero que en esa Cámara está la representación de los ciudadanos y que, al
pasar por encima de ella y sus atribuciones, atenta también contra los derechos
de los electorales.
Dicen
defender al INE y para hacerlo aplican trampas legaloides. Dicen defender al
INE porque la 4T lo quiere destruir. Y para evitarlo el mismo árbitro rompe las
reglas del juego.
No hay que
equivocarse: el INE, al torcer la ley, se destruye a sí mismo.
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