Salvador
Camarena.
La voz menos
escuchada en los debates sobre las carencias de medicinas en hospitales
públicos o por el Instituto de Salud para el Bienestar es la del secretario de
Salud, Jorge Alcocer.
Son un
subsecretario y el titular del Insabi quienes tratan de articular explicaciones
en las mañaneras o en entrevistas con medios. En este tema incluso ha sido más
protagónica la secretaria de la Función Pública que el propio doctor Alcocer.
El titular de
Salud es un ejemplo clásico del tipo de funcionario “Juanito” que Andrés Manuel
López Obrador ha usado de tiempo atrás, pero que ahora repite a nivel
secretaría de Estado. El secretario no tiene vela en el entierro que oficia el
Presidente de la República. Y el doctor Alcocer no es el único caso del
gabinete, por supuesto.
Así como el
secretario de Salud no es el jefe real de ese sector, ha quedado más que claro
que quien cobra como secretaria de Bienestar no es quien realmente lleva los
hilos de la política social. Y de la secretaria de Gobernación no valdría la
pena ocuparse si no fuera porque los que figuran, aunque ni manden ni pesen,
también pueden causar daño: además de fingir un puesto que no ejerce, Olga
Sánchez Cordero consiente en una visible subsecretaría a un entenado suyo que
no se cansa de enervar el debate y hacer estropicios. Pero regresemos a los
Juanitos.
Cuando el
presidente López Obrador ordenó que se anunciara en tiempo real la renuncia de
Carlos Urzúa a la Secretaría de Hacienda, estableció con claridad que su
gabinete es uno donde la operación de quita-pon es nada traumática porque el
poder está básicamente concentrado en un solo par de de manos. En el gabinete
sólo hay una persona en ejercicio de libre albedrío. El Presidente. Los demás,
unos más que otros, han aceptado ser los Juanitos del mandatario: personajes
totalmente manipulables por el tabasqueño.
De tal forma
que tenemos a alguien que cobra de titular de Educación que pasará a la
historia por su activa complicidad en el desmantelamiento, sin explicación o
justificación pública, del sistema de construcción de escuelas públicas que
tenía México hasta 2018.
Ya se ha
escrito suficiente para demostrar lo irracional y negligente de dar así como
así a los padres de familia la responsabilidad de edificar planteles sin traza
ingenieril probada y segura, pero en la memoria de Esteban Moctezuma quedará lo
que pase con los niños y maestros en el futuro en esos inmuebles. No quiso
oponerse a una medida disparatada, y no tiene la voluntad para renunciar. Que
se ponga su banda tricolor en la cabeza y será idéntico a aquel personaje
llamado Juanito, que fue puesto como hombre de paja en una candidatura de
simulación en Iztapalapa.
Se sabe que
López Obrador no escucha razones de sus colaboradores. Pero no tenemos
suficiente información de que más de uno de esos colaboradores haya intentado
disuadir, reelaborar, reformular, plantear alternativas, mejorar o de plano
rechazar instrucciones que ponen no sólo al gobierno en una situación de franco
ridículo, sino que meten al país en polémicas estériles o frente a situaciones
de plano riesgosas.
Tiempo atrás
publiqué aquí que no había gabinete. Me corrijo: Sí lo hay. Está constituido
por personas en quienes, por lo visto en quince meses, no prima la razón o el
profesionalismo, ni la idea de generar diálogo plural o buscar las soluciones
en los lugares donde se encuentren las mejores opciones. Son Juanitos que sin
más cumplen la voluntad de ya saben quién. El peligro es que México no es
Iztapalapa.
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