Raymundo
Riva Palacio.
Fátima era
mujer, niña y pobre. Y sus padres, según las autoridades, tenían problemas
mentales. Cuando desapareció y presentaron la denuncia, no hicieron nada en la
Fiscalía de Xochimilco. Tuvieron que cruzar la ciudad para presentarla en
Azcapotzalco, pero ni así se activó la Alerta Amber.
Pasaron 24
horas –esas críticas 24 horas que dicen los investigadores son cruciales para
resolver casos–, para que comenzaran a hacer algo las autoridades. Avanzaron
los días con Fátima desaparecida. Cuando preguntó la prensa por ella el viernes
pasado a la jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum
respondió con un “ahora no”. Cuando le estalló en las manos su asesinato, del
“ahora no” su gobierno pasó a culpar indirectamente a la familia de ser la
responsable del crimen. Así es en este México al revés. Que la privaran de su
libertad, tiraran sus dientes a golpes y la mataran, era permisible. Era mujer,
niña y pobre.
Fátima es un
dolor con nombre y apellido, pero también un manotazo que recuerda que este
fenómeno criminal ha sido soslayado, minimizado y mal tratado por las
autoridades. Contra su propia idea del problema, Sheinbaum resistió las
demandas de que decretara una alerta de género, hasta hace 84 días, aunque sólo
lo hizo por violencia sexual, resistiéndose a pedirla por feminicidio. No se
comprende por qué. El año pasado hubo poco más de mil 300 desapariciones de
mujeres y niñas en la ciudad que gobierna. De ellas, 898 todavía no han sido
encontradas. Si el problema es tan grave, ¿por qué no ven su dimensión?
Políticos de
marquesina y reflectores, de tinta y de papel, reaccionan hasta que quedan
atrapados en polémicas y conflictos, a los que los lleva su falta de empatía
con las víctimas y su tardía reacción para enfrentar los problemas que les
saltan. Le tiene que explotar una crisis en las manos para que, llenas de
fuego, traten de apagarlo.
Hoy, lo
primero fue buscar la justificación ideológica. “El feminicidio es culpa del
neoliberalismo”, fue el primer brinco. Como no pegó, cercanos al presidente
Andrés Manuel López Obrador, trataron de desviar el caudaloso cauce de la
crítica.
Trazaron analogías
con la tragedia de la guardería ABC de Hermosillo, donde murieron 49 niños en
2009 y se había exonerado a 22 inculpados hasta que la presión de la prensa
ayudó a la condena de 19, y culparon al mítico Grupo Atlacomulco por el
feminicidio… en el Estado de México. Al final, como siempre, era culpa de la
“prensa corrupta”, que hace del desabasto de medicinas, las desapariciones y
los feminicidios, “un circo”.
Politizar el
feminicidio, como hacerlo con las estancias infantiles, el desabasto de
medicinas o la inseguridad, es un callejón sin salida. No conduce a nada salvo
a estrellarse con sus propias realidades. La incapacidad tiene el spin
presidencial del ataque a las fuerzas del mal que actúan contra su gobierno y
el de su protegida, pero al final del día el problema que afecta a personas que
defienden lo suyo, sin color partidista ni filiación ideológica, los vuelve a
acorralar.
El
feminicidio va a perseguir a las autoridades si no toman acciones concretas.
Personas afines al proyecto de López Obrador, alejadas de lo planfetario y de
la búsqueda de unicornios azules pintados de azul y de verde, blanco y rojo,
han estado recomendando al Presidente que atienda el problema en su justa
dimensión y con la prontitud que exige el caso.
María de la
Luz Estrada, coordinadora del Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio,
dice que se tiene que romper la cadena de impunidad. El caso de Fátima sería un
buen comienzo. En su escuela se ignoró el protocolo que les impiden entregar a
un menor a quien no está autorizado para ello. Si la madre se tardó 20 minutos
en recoger a Fátima, ¿por qué se lo entregaron a otra persona? El protocolo
indica que si no se presentan por el menor, lo lleven a la Fiscalía local para
minimizar el problema de la trata. Si no atendieron la denuncia con la
velocidad que se establecía, el siguiente eslabón de responsabilidad también
debe ser investigado y agotado. Si las cámaras policiales no funcionaban, ¿por
qué tampoco se buscaron inmediatamente las imágenes de las cámaras privadas? Si
la Fiscalía tardó más de 24 horas en actuar, ¿qué autoridad fue omisa o
negligente? Si todo esto no está conectado con una cadena de irregularidades
que deberían conducir a sanciones, entonces la línea de investigación podría
tocar las componendas entre autoridades y delincuentes.
Estrada
dice, a contracorriente de la línea de pensamiento que siguen algunas
autoridades, que los feminicidios no son de autoría de locos, sino de
abusadores, controladores y tratantes de personas. La Ciudad de México es parte
del corredor de trata que incluye dentro de su eje negro a Tlaxcala, Hidalgo y
el Estado de México. La solución, por tanto, no sólo en esta región sino en el
país, tiene que ser integral y transversal, en donde se combata las raíces del
feminicidio, que se encuentran en la desigualdad de género.
Una
estrategia requiere, como lo han sugerido diferentes expertos en el mundo,
empoderar a las mujeres, remover las restricciones para mejores servicios de
salud, transporte seguro, erradicación de la segregación sexual, y abrirles las
oportunidades para que puedan adquirir activos.
Las dos
grandes vertientes van juntas. Combatir la impunidad y romper los círculos
criminales de la trata, y el diseño de una política pública que combata al
feminicidio, con instrumentos, no con retórica ni demagogia desgastada. Fátima
era mujer, niña y pobre. Pero es una vileza de los moralmente miserables, que
su crimen, ícono de un problema incontenible, sea tratado con desprecio
institucional.
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