Guadalupe
Correa-Cabrera.
Cuando
pienso en el concepto de vanguardia, me llega a la mente el nombre de Alejandro
Solalinde Guerra. Querido y admirado por muchos, pero también siempre criticado
por otros, y ahora más que nunca juzgado por algunas figuras clave en la
filantropía, el activismo y la prensa nacional e internacional, El Padre
Solalinde es, sin lugar a dudas, un actor fundamental en la lucha social, el
combate a la corrupción y la defensoría de los derechos humanos en México y más
allá. En fechas recientes, el conocido defensor de derechos de los migrantes en
el país ha sido objeto de innumerables críticas por parte de actores que se
identifican como progresistas y que hacen de la causa migrante su bandera o el
fundamento de su crítica política y social.
El problema
humano de la migración irregular no es nuevo, pero se ha agudizado a nivel
mundial por la profundización de modelos económicos que alimentan las
contradicciones, incrementan las desigualdades y deterioran la seguridad, atentando
contra la paz y la estabilidad de las naciones. En la era actual de migraciones
masivas y crisis de refugiados por conflictos armados o avances del
extractivismo, que dejan a poblaciones enteras sin hogar ni esperanza, se
alimenta la xenofobia, se justifican las políticas migratorias restrictivas en
naciones desarrolladas y son los países en desarrollo los que asumen el mayor
costo de los desplazamientos forzados y por la recepción de refugiados.
Es en este
contexto que surge la figura de Alejandro Solalinde, quien fuera considerado
quizás como el más importante defensor de los derechos humanos de las personas
migrantes que buscan el sueño americano y que transitan por un camino
peligrosísimo en México para lograrlo. El Padre Solalinde se hizo famoso por su
valentía e irreverencia; se subió a los trenes (a la conocida “Bestia”); se
enfrentó con autoridades corruptas, con maras y con zetas. Se le recuerda bien
cuando cerró simbólicamente las instalaciones del Instituto Nacional de
Migración y cuando organizó el primer viacrucis migrante—que se considera el
antecedente de lo que fueron, más adelante, las caravanas migrantes. Solalinde
fundó en 2007 el albergue Hermanos en el Camino en Ixtepec, Oaxaca y fue
pionero en el diseño e implementación un modelo de asistencia y protección a la
población migrante, operado desde la sociedad civil—y apoyado en gran medida
por la Iglesia Católica—en los tiempos de “La Bestia”.
Alejandro
fue siempre crítico de las autoridades; fue el defensor incómodo para el
Gobierno que encabezó la lucha por el tránsito libre, digno y seguro de los que
no tenían voz, ni podían documentar su estancia legal en México—provenientes
principalmente de las regiones más pobres e inseguras de Centroamérica.
Solalinde se colocó a la vanguardia y abrió brecha (camino) para la operación
de una red de apoyo a la migración irregular en tránsito por México. Su carisma
y liderazgo destacaban entre los miembros de una red solidaria de defensores y
casas del migrante que operaban relativamente bien coordinadas a lo largo de
todo el territorio nacional. Dicha red operó bien durante varios años,
proporcionó sustento provisional y seguridad a los caminantes, pero a la vez
facilitó—sin quererlo obviamente—el trabajo de mafias y traficantes que
encuentran en los albergues a grupos enteros de personas vulnerables con las
que lucran y a las cuales pueden explotar (en conjunto) más fácilmente.
Conocí
personalmente a Alejandro Solalinde en 2013, cuando ya era uno de los más
famosos defensores de derechos humanos en el país y fui testigo, en varias
ocasiones, de su muy loable trabajo y de su compromiso con los migrantes. Me
encontré con él en el albergue de Ixtepec y estuve ahí por varios días en el
verano de 2016. Ahí pude ver cómo se levantaba temprano y no descansaba hasta
que terminaba de atender a uno por uno de los migrantes que se formaban a
diario para expresarle sus problemas, sus deseos y (por qué no también) sus justas
demandas. Vi además cómo él personalmente daba seguimiento directamente a los
casos más complicados. Por ejemplo, yo pude constatar cómo El Padre fue a
comprar urgentemente él mismo las medicinas que necesitaba una joven migrante
hondureña que vivía lo que yo llegué a considerar, en ese momento, la “historia
más triste del mundo”.
Así, he
seguido el trabajo de Solalinde por todos estos años y hemos coincidido en el
camino en varias ocasiones. Actualmente me encuentro escribiendo un perfil (en
inglés y en español) de este hombre en el contexto de su alegada
transformación, de su acercamiento con el Gobierno de Andrés Manuel López
Obrador y en el marco de una lluvia de críticas feroces por parte de una buena
parte de la denominada izquierda, la prensa internacional y principalmente de
otros defensores que una vez caminaron y trabajaron con él en su labor pastoral
y de acompañamiento a las personas migrantes. He tenido la oportunidad de
escribir con él, co-autorar un par de artículos y entrevistarlo varias veces en
los últimos años. Lo conocí en sus años de mayor auge y ahora observo con
interés las fuertes críticas a su nuevo discurso y a su trabajo.
La “debacle”
de Solalinde, como así la consideran muchos, comienza cuando se opone a las
caravanas migrantes y se enfrenta con algunos alegados defensores de derechos
humanos que acompañan y facilitan las nuevas migraciones en masa que se
enfrentan con las autoridades (mexicanas o estadounidenses) en las dos
fronteras de México. Solalinde es implacable en su crítica a las caravanas y
caravaneros que, en su visión (que comparto, por cierto) ponen en riesgo a
personas muy vulnerables, las enfrentan de forma violenta con las autoridades y
han sido utilizadas para justificar políticas anti-inmigrantes estadounidenses
que restringen aún más la migración irregular e intentan terminar con los
sistemas de protección a refugiados—o eliminar el sistema de asilo a través de
una serie de medidas como los Protocolos de Protección a Migrantes (MPP, por
sus siglas en inglés) también conocido como programa “Permanecer en México”
(Remain in Mexico program).
Hoy, para
algunos, criticar las caravanas es algo más que un sacrilegio, pues te hace de
facto un xenófobo y hasta un teórico de la conspiración. Lo que también
enfurece a los críticos de Solalinde es su muy cercana relación con el actual
Gobierno de México y su muy favorable opinión sobre Andrés Manuel López
Obrador. Medios de comunicación diversos (principalmente representantes de la
prensa extranjera), miembros de la Red por los Derechos de la Infancia (Redim),
otros albergues de migrantes, el Programa de Asuntos Migratorios de la
Universidad Iberoamericana (PRAMI), entre otros, han expresado opiniones muy
desfavorables sobre Solalinde Guerra, acusándolo de traición a la causa,
desestimando su trabajo, alegando desatención en sus funciones y sugiriendo que
El Padre “ya no es autoridad en el tema migrante”. Una de las críticas más
severas surge después de una entrevista que le hace el portal de noticias El
Faro de El Salvador, conducida por el periodista Carlos Martinez que es
traducida al inglés y que tiene como encabezado una cita del propio Solalinde
que dice así: “Los migrantes son muy importantes, pero la prioridad es México”.
Esta frase
se reproduce de manera viral a través de las redes sociales y es retomada por
varios medios de comunicación—incluso por la revista Proceso y otras
plataformas de información internacionales. Las palabras de Solalinde,
capturadas por el influyente medio de comunicación salvadoreño (que ha recibido
financiamiento importante por parte de las Fundaciones de la Sociedad Abierta,
a cuyo fundador Solalinde ha señalado) enfurecen a una buena parte de la
opinión pública que simpatiza con la causa migrante. La bandera de la defensa
del libre tránsito, las fronteras abiertas y el activismo pro-migrante surge
recientemente como forma de resistencia simbólica o de abierto rechazo a las
políticas de Donald Trump, a la derecha estadounidense y de paso al Gobierno de
México. En este último caso, se alega complicidad y sumisión del Gobierno de la
Cuarta Transformación con Estados Unidos—a través de la utilización de la
recién creada Guardia Nacional como una especie de Patrulla Fronteriza a la
mexicana.
Solalinde se
defiende explicándome su nueva visión, su parte dinámica y la transformación de
su labor de acompañamiento a la población migrante. Él me dice que, en efecto,
el encabezado de la entrevista en El Faro representa su pensamiento; pero en mi
parecer, sus palabras se sacaron de contexto. Solalinde no concibe un buen
acompañamiento y un apoyo efectivo a la causa migrante desde un país sumido en
la inestabilidad y en la pobreza. Sólo se puede atender al migrante desde una
economía fuerte y desde un entorno seguro. Solalinde sí ve a México como la
prioridad para dar atención adecuada a la causa migrante. Pero lo más
importante es que Solalinde argumenta que dadas las nuevas condiciones que se
enfrentan en nuestro continente, los nuevos actores, los nuevos gobiernos y las
dinámicas más recientes, es preciso adaptarse y cambiar de estrategias y de
formas de acompañamiento.
Solalinde
siempre va a la vanguardia y cambia de postura dependiendo de una realidad que
siempre está en movimiento. Él me dice que cree que es preciso modificar la
antigua visión asistencialista del migrante y que le parece ahora crucial mirar
a la migración irregular como motor de desarrollo. De nada sirve acompañar a
los migrantes hasta la frontera con Estados Unidos, cuando no los dejarán
entrar y se les colocará en una situación de altísimo riesgo—donde carteles,
tratantes y traficantes están siempre al acecho. Para Solalinde, la respuesta
al desplazamiento forzado y la búsqueda de refugio está en un país próspero,
seguro y solidario que les proporcione a los migrantes una oportunidad real de
trabajo y desarrollo personal. Es por ello que México es “la prioridad”. Cabe
destacar también, por otro lado, que Solalinde ahora no ve al Gobierno mexicano
como un enemigo, sino como un posible aliado para ayudar a la causa migrante.
Solalinde dice que se puede ayudar más a los migrantes si el Gobierno y la
sociedad civil están dispuestos a trabajar juntos y si el gobierno decide tomar
su responsabilidad.
Es
interesante apreciar la transformación de Solalinde. El Padre ya no habla de
una confrontación sino de diálogo y cooperación con el nuevo Gobierno de
México. El Padre le está dando su voto de confianza al Presidente y al Gobierno
de la Cuarta Transformación en su conjunto. Sin embargo, reconoce sus posibles
limitaciones y no firmará un cheque en blanco. Solalinde cambia el
asistencialismo por una estrategia de inclusión al desarrollo de México; se
acaba la condescendencia y se reconoce la agencia y las grandes posibilidades
de la población migrante. Se reconoce su vulnerabilidad por supuesto, pero al
mismo tiempo se les considera como iguales y como humanos que tienen también en
sus manos su propio destino. Esto es lo que yo entiendo por las pláticas que he
tenido con Alejandro. Me parece una visión interesante, avanzada para su tiempo
y que efectivamente causa malestar y controversia. Así es la vanguardia y el
cambio que representa; por su puesto hay y habrá resistencias. Me gusta
reconocer en los migrantes su agencia, sin complejos de superioridad ni
condescendencia.
Ahora bien,
Solalinde no es monotemático, es un hombre dinámico, que se adapta a las
condiciones del mundo y que ha trabajado a lo largo de su vida en varios temas.
Este defensor de la vanguardia de casi 75 años de edad no sólo ha trabajado con
migrantes; trabajó con niños, con jóvenes, con alcohólicos anónimos, con
personas con adicciones. Marchó con César Chávez y acompañó caravanas migrantes
del sur del país a la Ciudad de México (nunca a la frontera norte). No se le
puede encasillar al Padre en una sola lucha o en un solo tema.
En estos
tiempos difíciles, Solalinde no resiente la crítica y avanza sin voltear atrás,
sólo mirando hacia el frente. Me dice que no guarda rencor, pero que no se
dejará intimidar por la crítica mal intencionada pues tiene sus convicciones y
continuará con nuevas formas de acompañamiento. Desataca también que los
señalamientos indicando que “El Padre ya no se sube a los trenes, ni se pelea
con las autoridades y ya casi no está en el albergue” son, en cierta forma,
ciertos. Al respecto, Alejandro hace algunas precisiones y se defiende bien
diciendo que ya no se tiene que subir a La Bestia pues “los migrantes han
encontrado otras formas de traslado y ya casi no se suben a los trenes”.
Tampoco desea pelearse con las autoridades pues piensa que bajo la actual realidad
política puede hacer más por los migrantes si Gobierno y sociedad civil
trabajan juntos y se coordinan adecuadamente.
Entender al
Padre Solalinde no es una tarea fácil. Alejandro y yo no compartimos
exactamente las mismas ideas, pero sí concordamos en algo y me parece relevante
contribuir al entendimiento de la importante labor de los que han marcado un
camino y que han sido pioneros en el activismo y en la crítica social de
nuestro tiempo. Solalinde siempre ha sido un personaje controvertido; es querido
por muchos y rechazado por otros, pero al final es un hombre comprometido con
sus causas y un activista incansable que siempre lucha y que no tiene miedo. Me
resulta curioso que muchos lo critiquen sin conocer a fondo su trabajo y sin
haber hecho en el activismo lo propio. Ojalá muchos de los nuevos jueces de
Solalinde, más que una crítica por escrito a las nuevas posturas de El Padre,
dedicaran algún tiempo a la defensoría de migrantes o a brindar apoyo real a
comunidades vulnerables.
Quizás sea
verdad que Solalinde pasa ya menos tiempo en el albergue, pero lo vemos
constantemente en Tapachula trabajando arduamente con comunidades migrantes de
afro-descendientes. Vale la pena también evaluar lo que han realizado él y su
equipo de voluntarios en fechas recientes en Oaxaca, Quintana Roo y
Guadalajara, así como el acompañamiento virtual que dan a los miembros de la
caravana de 2018 que decidieron quedarse en México y deben renovar sus papeles.
Alejandro
Solalinde hoy se reinventa y marcha a la vanguardia. Y para poder continuar con
su pastoral y con su lucha por la causa migrante, pese a quien le pese, la
prioridad debe ser México.
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