Jorge Zepeda
Patterson.
De que es
surrealista, lo es. López Obrador informó este viernes que en la rifa del avión
presidencial el premio no será un avión, a pesar de que el boleto que se había
presentado días antes rezaba “premio mayor, avión presidencial” y la imagen de
la aeronave de Peña Nieto apenas cabía en el cachito de lotería diseñado. Los
100 ganadores obtendrán 20 millones de pesos cada uno, que saldrán del fondo
que existe en el Instituto para Devolver al Pueblo lo Robado (INDEP). ¿El
dinero recaudado servirá para pagar el avión? se preguntará usted. No, será
utilizado para equipar a hospitales y clínicas del Insabi. ¿Y entonces que
tiene que ver todo esto con el avión? Nada, después del sorteo el avión seguirá
a la venta, esperando la llegada de algún comprador.
¿Y para qué
seguirle llamando “rifa del avión”? En teoría, de lo recaudado se tomarán
200 millones de pesos por año que exige el mantenimiento del avión, aunque
también se dijo que las rentas ya comprometidas son de 200 millones con lo cual
se pagaría el mantenimiento.
En la
práctica no hay razón para hacer un sorteo con el pretexto del avión, salvo
intentar rescatar al Presidente del atolladero en que se había metido al hablar
de un sorteo del incómodo avión que no se había podido vender como se prometió
en campaña. La imagen del boleto presentado el viernes ya había cambiado, pero
la foto seguía siendo la misma, salvo que ahora afirmaba “equivalente al valor del
avión presidencial”. El remedio ha salido peor que la enfermedad. Es loable el
propósito presidencial deshacerse de una aeronave absurda y faraónica, símbolo
de la corrupción y el dispendio. Pero la manera en que se instrumentó el asunto
del sorteo resultó desastrosa por la improvisación y la precipitación.
Parecería que los deseos del Presidente corrieron más deprisa que el margen de
lo posible o la capacidad de sus colaboradores.
Bueno, al
menos la rifa habrá sido un buen pretexto para dotar de equipos médicos a los
hospitales públicos, dirá usted. Tampoco, el resultado económico del sorteo
será irrelevante por donde se le mire. Un simple ejercicio de sumas y restas lo
demuestra. De hecho, de manera involuntaria lo hizo el propio Jorge Mendoza,
director de Banobras cuando los reporteros le pidieron detalles: si llegase a
tener éxito total la venta de 6 millones de boletos se recaudarían 3 mil
millones de pesos, a los que habría que descontar 130 millones de gastos, otros
gastos no precisados (supongo que se refería a comisiones de vendedores de
lotería) y el pago de impuestos para que los ganadores se lleven los 20
millones de pesos libres, algo que AMLO había ofrecido. Mendoza dijo que
existen 3 tipos de impuestos, entre ellos el ISR que los organizadores tendrían
que enterar (al parecer 1 por ciento) y el 6 por ciento de un impuesto en la
Ciudad de México, lo cual significaría en total otros 140 millones. Pero a eso
habría que añadir 30 por ciento contra las utilidades del sorteo, que Mendoza
señaló pero no calculó: ascenderían en libros a cerca de 2 mil 500 millones, es
decir poco más de 700 millones de pesos de impuestos. Pero eso no lo dijo. De
sus palabras se desprende que la recaudación libre de gastos apenas llegaría a
los 2 mil millones de pesos (a menos que negocien el tema de impuestos cosa que
intentarían, afirmó), pero él se las arregló para decir que se entregarían 2
mil 400 millones a hospitales y quedarían 200 millones para alguna
contingencia. Del avión presidencial, ninguna palabra.
Dos mil
400 millones para equipo médico no está mal, incluso si resulta mucho menos,
¿no?. En efecto, pero para eso no teníamos que hacer una rifa. 2 mil millones
están saliendo del Instituto para Devolverle al Pueblo lo Robado; nos habríamos
ahorrados todo el tinglado si en lugar de pagar a los premiados ese dinero se
hubiera destinado a la compra de material médico. ¿Y los 400 adicionales?
Primero, está por verse si van a salir de los saldos de la rifa y segundo,
incluso si se consigue el milagro, habría que preguntarse si todo esto
justificó el costo político y el esfuerzo.
Se
estableció esa cifra (2 mil 400 millones, de los cuales en realidad 2 mil están
saliendo del INDEP) no porque haya posibilidades de llegar a ella con la rifa
sino porque ese es el valor de mercado del avión presidencial; eso permite
sostener el espejismo de que el sorteo equivale a trocar una aeronave
satanizada por equipos médicos tan necesitados. Pero en realidad se están
sacando los recursos de otro lado.
Justamente, es
tan endeble la operación económica, que se tuvo que recurrir a otros fondos
para llegar a una bolsa de 5 mil millones (2 mil del INDEP y 3 mil del sorteo,
en teoría) y poder asegurar la compra de 2 mil 400 en bienes destinados a la
salud pública. Algo que se pudo haber hecho por otras vías mucho más
eficientes. El Presidente ha dicho que se necesitan 13 mil millones para
equipar instalaciones médicas. Los 400 millones que se van a obtener si todo
esto tiene éxito (insisto, los otros 2 mil proceden del INDP), algo dudoso si
consideramos las cuentas alegres que se están realizando, habrán sido una gota
comparados con la inversión de tiempo y recursos.
Lo cual nos
lleva a la pregunta inicial. ¿Nos metimos en este berenjenal por la cobardía
o ineficiencia de algún colaborador, incapaz de sentarse con el Presidente y
hacerle ver la imposibilidad de la rifa de un avión antes de que él mismo se
enredara con sus palabras y sus buenas intenciones? ¿O se trata de una
estratagema brillante para que la conversación pública se obsesione con el tema
mientras su gobierno afronta problemas más urgentes?
Al
Presidente le urge ganar tiempo para que sus políticas de seguridad pública y
activación de la economía comiencen a dar resultado antes de que se frustren
las expectativas. Mientras nos preguntemos que haríamos con 20 millones y los
memes se ocupen del avión, la 4T consolida su Guardia Nacional, avanza el
proyecto Interoceánico en el Istmo y construye tren maya, aeropuerto y
refinaría, entre otros.
¿Genialidad
o tomadura de pelo?
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