Julio Astillero.
Es la
hora de los apresurados deslindes en la élite de lo que queda del Partido
Revolucionario Institucional (PRI) respecto de la situación de Emilio Lozoya
Austin, el ex director de Pemex caído no sólo en desgracia política, sino ahora
también caído en cárcel española en espera de que se defina si lo extraditan a
México.
Una de
esas voces de desmarque es la de Miguel Ángel Osorio Chong, quien fue
secretario de Gobernación durante la administración de Enrique Peña Nieto hasta
que fue postulado a una senaduría que actualmente ocupa. El ex gobernador de
Hidalgo ha sido enfático en señalar que él no tuvo ninguna relación verdadera
con Lozoya, pues las actividades de este no le tocaban, no era mi área.
A quien
sí le tocaban y sí era su área era a Luis Videgaray Caso, el virtual
vicepresidente del área económica que a lo largo del sexenio peñista sostuvo
una dura pelea con el encargado formal de los asuntos de gobernabilidad y de
política interna del país, como lo fue el citado Osorio Chong. Se mantuvo una
competencia fuerte entre ambos, aunque ha de decirse que usualmente la balanza
se inclinaba de manera marcada a favor de Videgaray, quien era el verdadero
poder operativo en Los Pinos, el estratega general, virtual cerebro sustituto
de quien ocupaba la silla presidencial muy bien peinado pero muy mal habilitado
para las artes mayores de la política y la economía.
Videgaray
Caso tuvo en sus manos de manera concreta el manejo de todo lo relacionado con la
economía y áreas contiguas que él agregó a su visión tecnocrática, como la
Secretaría de Relaciones Exteriores a la que pretendió potenciar como agencia
comercial y de intereses empresariales en el extranjero. Una de sus piezas
clave durante el peñismo fue José Antonio Meade Kuribreña, economista multiusos
que finalizó ese ciclo como candidato presidencial por el PRI, sin estar
afiliado a este, y que fue seleccionado justamente a causa de su debilidad
política evidente para ofrecer otro guiño de buena voluntad peñista a la
creciente campaña electoral de López Obrador.
No se
puede hablar de una complicidad entre Videgaray y el ahora defenestrado Lozoya
(defenestrar, según la Real Academia Española, tiene dos acepciones: Arrojar a
alguien por una ventana o destituir o expulsar a alguien de un puesto, cargo,
situación, etcétera). En realidad, el choque de criterios e intereses entre
ambos derivó en la renuncia de Lozoya al cargo, pero ello no significó la
supresión de prácticas corruptas en esos ámbitos petroleros, energéticos y
económicos en general, así fuera con otros nombres y apellidos y otros métodos.
Osorio
Chong tiene sus propias cuentas oscuras, en asuntos de represión policiaca y de
relaciones de poder político y policiaco con los poderes criminales que son
también un obligado factor de gobernabilidad. Ahora, el hidalguense encabeza el
puñado de senadores priístas que en términos numéricos constituye una
caricatura respecto de lo que fue el partido aplanadora o del carro completo en
cuestión de elecciones.
Parecería
difícil en otros tiempos que un 14 de febrero, Día del Amor y la Amistad, según
la costumbre mercantil impuesta en el ánimo social, pudiese etiquetarse tal
cual se suele corear en fechas simbólicas como el 2 de octubre o el 10 de
junio, que no se olvidan y son de lucha combativa. Hoy, mujeres de todo el país
están dispuestas, en acciones públicas, en redes sociales o en su
predisposición personal, a manifestar su enojo y hartazgo ante la violencia
barbárica que día con día se practica en su contra, en una espiral de
salvajismo que ha llevado a hechos terribles como el sucedido contra Ingrid
Escamilla, símbolo, pero ni remotamente un caso único de lo que están viviendo
las mujeres en esta época gravemente descompuesta.
Y, mientras
el otro presidente sedicente de Morena, Alfonso Ramírez Cuéllar, ha debido
salir al paso para negar que él o gente relacionada con él está provocando
protestas en la UNAM.
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